Conozca la historia de Cali hecha arte

Noviembre 20, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina / Reportero de Gaceta
Conozca la historia de Cali hecha arte

Esculturas y varias instalaciones hacen parte de la muestra.

La exposición 'Semilla, Herencia y Color', es un recorrido por 160 obras de 57 artistas caleños. Constituye, a su vez, una profunda mirada a la historia del arte en Cali. Pinturas, esculturas y montajes estarán hasta este viernes en la Biblioteca Departamental.

A finales del Siglo XIX el escritor francés Anatole France, que sería premio Nobel de Literatura en 1921, escribió: “Un buen retrato es una biografía pintada”. Los ejemplos abundan: ‘La Joven del arete de Perla’, del pintor holandés Johannes Vermeer; ‘Saturno devorando a su hijo’, de Goya; el ‘Autorretrato con la oreja vendada’, de Van Gogh o ‘La columna rota’, de Frida Kahlo.

[[nid:594647;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/11/gaceta-foto.jpg;full;{37 de los 57 artistas que fueron convocados para hacer parte de la muestra. Foto: Jorge Idárraga / Especial para El País}]]

Hay, por otro lado, retratos que son la biografía de un destino colectivo, de un país, de una época: el ‘Guernica’, de Picasso y ‘El grito’, de Munch, son algunos de los ejemplos más elocuentes y perturbadores de aquellos cuadros que retratan un sentimiento general. 

Si se sigue con la premisa del escritor francés, habría que decir entonces que el conjunto general de las obras generadas en determinada época retrata el espíritu de la misma; son una crónica hecha imágenes.

Eso, justamente, es lo que significa para Cali la exposición ‘Semilla, Herencia y Color’, que hasta el próximo 25 de noviembre estará en la Biblioteca Departamental: un conjunto de 160 obras de artistas caleños que contiene no solo la historia de las artes plásticas de la ciudad desde 1930, sino que constituyen una mirada a la historia general de esta ciudad, una mirada a su música, a su cine, a la historia de sus calles, de sus violencias, de sus temores, de sus esperanzas. 

[[nid:594642;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/11/gaceta-arte.jpg;full;{Escultura de dorsos desnudos que hace parte de la exposición. Foto: Jorge Orozco / El País}]]

Era el año de 1933. El maestro caleño Antonio María Valencia dirigía el Conservatorio de Cali, acaso el único resquicio para el arte en la que entonces era apenas una pequeña provincia con menos de 200 mil habitantes y que, tres años antes, había inaugurado su primer acueducto. 

Por esos días un joven de 25 años llamado Jesús María Espinosa, quien había nacido en Belalcázar, Cauca, y a los 21 años viajó a estudiar pintura en París, regresaba de Francia conmocionado por la experiencia de aquella ciudad en la que vivían y pintaban hombres como Matisse y Derain, y se podían encontrar las obras de figuras como Gauguin,  Monet o Cézanne. 

Espinosa llegó a Cali contactado por el maestro Valencia para iniciar una escuela de Artes Plásticas en la ciudad y en  1934, luego de que  la Gobernación del Valle fundara oficialmente la escuela, Espinosa   fue nombrado su director. El maestro, para entonces, tenía 26 años.

 Anthony Echeverry, maestro del Instituto Popular de Cultura y coordinador de la exposición ‘Semilla, Herencia y Color’, lo dice sin titubeos: “allí empezó la historia del arte moderno en la ciudad”. 

Para 1936, luego de que al maestro Espinosa se le unieron el escultor palmirano Gerardo Navia y el artista yugoeslavo Roko Matjasic, la escuela se bautizó oficialmente como Escuela Departamental de Bellas Artes. Empezaron a llegar adolescentes y jovencitos como Édgar Negret –precursor de la escultura abstracta en Colombia-, Hernando Tejada –autor de los famosos gatos– y Bernardino Labrada, uno de los artistas más importantes de las artes plásticas contemporánea.  

Fue un comienzo que coincidió con los arbores de  la modernidad  en el ámbito político en todo el país. Para entonces Colombia estaba polarizaddebatido entre dos extremos: los intentos de los gobiernos liberales de Enrique Olaya Herrera y Alfonso López Pumarejo por instaurar  en el país las ideas progesistas venidas de Francia, y la violencia partidista rural que ya empezaba a vislumbrar lo que sería años más tarde, luego de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. 

Para entonces, también, en Cali se estaban construyendo las carreteras que la unirían con Bogotá y con el puerto de Buenaventura.

Así que la historia de la Cali que nuestros abuelos vivieron y nos han contado estaba a punto de iniciar. En tanto, a la Escuela Departamental de Bellas Artes acudían los artistas que iban a pintar esa historia.

***

La etiqueta obliga a decirle maestro. Esta vez, sin embargo, la etiqueta es apenas eso, una formalidad innecesaria: Bernardino Labrada, uno de los expositores con más edad de los 57 que hacen parte de la muestra, es exactamente eso, un maestro. Habría entonces que tratar de definirlo. ¿Qué es un maestro?

Borges escribió que los clásicos son aquellos libros que los hombres de todos los tiempos leen y releen porque en ellos siempre encontrarán algo que les habla de su propio tiempo. Libros que no se agotan.  

Un maestro, entonces, podría ser eso: un hombre que sobrepasa su tiempo, un receptáculo que proyecta su herencia, que es pasado y futuro.  El maestro Labrada, entonces, explica. 

Para la década de los 60 y los 70, Cali recibía  el influjo de las revoluciones culturales y sociales de Europa y lo mezclaba con sus propias revoluciones: la salsa que se convertía en esencia de la cultura popular y la violencia que ya estaba instalada como el fondo común de todas nuestras vidas. 

Para los 70, los artistas caleños que buscaban darle voz a los estremecimientos sociales y culturales de su tiempo, se reunían en el café bar La Tertulia, un pequeño local bohemio ubicado en la Calle 5 con Carrera 5. 

 “Todos los jóvenes rebeldes, los que querían hacer la revolución, los socialistas, los que querían hacer literatura, los que pintábamos, nos reuníamos en ese café en largas noche de licor y cigarrillo”, cuenta el maestro Labrada. 

 Era un intento por tener su propia fiesta de París aquí, en Cali. Un intento por traer la bohemia al trópico.  Fue justamente allí, en el Café Bar La Tertulia - que años después le legaría su nombre al museo - en donde se gestó el primer Festival de Arte de Cali, en 1976. 

“Ese Festival fue iniciado por Bellas Artes y constituye un precedente dentro de la historia de las Artes Plásticas en Cali. Fue el primer espacio para visibilizar el trabajo que veníamos haciendo muchos artistas”, dice el maestro Labrada.

Luego llegaron los 80 y los 90. El narcotráfico con todas sus formas del infierno. El maestro Labrada, entonces, procura no guardarse nada, procura no ser políticamente correcto. 

“Uno tiene que ser honesto con estas cosas, y decir que el narcotráfico le significó a muchos artistas caleños la posibilidad de vender muchas de sus obras. Con el dinero de la mafia se produjo una gran demanda y los artistas de esos años supimos cómo satisfacerla”. 

Puede ser que se trate de una episodio que muchos prefieran mantener en la oscuridad. Una historia que convoque a la vergüenza. 

Visto en perspectiva histórica, podría tratarse de no más que otro episodio en el cual el crimen apadrinó el arte. Los antecedentes no faltan: los Medici y los Borgia que pusieron su dinero a disposición del Renacimiento italiano, por ejemplo. 

Pero aquella prosperidad siniestra terminó con la caída de los grandes carteles. La paradoja fue que los artistas plásticas se vieron cada vez más avocados al anonimato, a acumular sus obras en sus talleres, en sus casas.  

El arte por el arte en una de sus formas más indeseadas... 

[[nid:594645;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/11/gacet-arte.jpg;full;{Los desnudos, la violencia, la denuncia, la ciudad, el sexo, son temas recurrentes en estas obras.Fotos: Jorge Orozco / El País}]]

No es una exageración ni una fórmula retória: cada una de las pinturas, de las esculturas, de las instalaciones, contiene un fragmento de la historia de Cali y del país.

Pero no a modo de registro, sino de reflexión, de mirada profunda a una sociedad perpetuamente convulsa. Cronológicamente, las obras de la exposición recorren un período que abarca desde la violencia bipartidista de los años 50 y 60, pasando por el surgimiento de las guerrillas, los estremecimientos mundiales de la Guerra Fría, la conciencia del hombre moderno  subyugado por la máquina y  el auge y decadencia del narcotráfico en el país.

Allí están, por ejemplo, las obras de artistas como Oscar  Martínez  y  Phanor León, retratando los efectos de la violencia, ubicua, siempre presente, inevitable. 

O las pinturas con influencias del Surrealismo y el Pop Art de Walter Tello que proponen una crítica, no exenta de humor, de la “cultura” narco: mujeres voluptuosas que pierden la voluntad ante el dinero, hombres que imponen voluntades con armas, sangre, risas siniestras, sufrimiento, excesos.

También pueden observarse las plumillas de Martín Tascón Espinoza que retratan la ciudad en los años 60 y 70 como en un ensueño de nostalgia. 

El  espectador también puede encontrar emociones en abstracto en los  cuadros de César Correa, o retratos destinados a la contemplación pura, como los desnudos de Fredy Jiménez o las obras de Martha Posso.

 Anthony Echeverry,  organizador de la exposición y quien también expone varias de sus obras lo resume: “aquí están algunas de las obras más importantes de las artes plásticas caleñas”.

Mientras recorremos los tres pisos del Domo de la Biblioteca Departamental, en donde se encuentra la exposición, el pintor César Correa hace literatura: “el acto de exponer las obras le permite a los artistas ser en el mundo, exisitir en el mundo”. 

Pero justamente eso, esa posibilidad, es en Cali más un milagro que una actividad natural. 

Tanto él como el maestro Bernardino Labrada dicen que Cali es, sin duda, una hacedora de artistas pero - y esta es la ironía - una ciudad huérfana de galerías para sus obras.  

“Poco a poco los espacios para la exposición de las obras se han ido reduciendo al punto al que se puede decir que no queda ninguno. En lugares como el Club de Ejecutivos, por ejemplo, generalmente se expone de un día para otro. Ya no quedan galerías en esta ciudad”, dice Correa. 

Eso explica la necesidad de salir de Cali, de la búsqueda del destino de ser profeta en tierras ajenas. 

Vicky Barona, una de las artistas plásticas caleñas con mayor proyección internacional, concuerda con esa idea. Según Barona, lo que resulta más paradójico es que incluso en el exterior se tiene la percepción de que los artistas caleños están dotados de capacidades excepcionales.

“Es un poco decepcionante que, en general, sea necesario salir de la ciudad para poder desarrollar una carrera”, dice Barona. 

Ricardo Triana Balvin, radicado en EE. UU. y Adolfo León Rodríguez, quien vive en París, son dos ejemplos de creadores que decidieron  abandonar la ciudad para establecer sus carreras.

 El resultado de esa situación, sostiene el maestro Labrada, es que el arte esté pasando desaparcebido en la ciudad.

La ironía, entonces,  podría enunciarse así: Cali es una ciudad de artistas que no sabe valorar el arte.

***

Anthony Echeverry dice que desde que se inició la muestra el pasado 5 de octubre, alrededor de 3.500 personas la han visitado.

El pintor César Correa juzga que no está mal, que este puede ser el inicio de un cambio. Acaso, dice,  la exposición permita que los caleños descubran una riqueza artística que, aún permaneciendo en la oscuridad durante muchos años, se resiste al olvido.

 Acaso, entonces, nos convezamos de que entre tantos espejos en los que nos hemos mirado queda todavía uno, mucho más claro, mucho más profundo, más perturbador, pero también más esperanzador: el del arte.  

María Thereza Negreiros, Lucy Tejada, Myriam Bermúdez, Luz Elena Guerra, Mónika Herrán, Carmen Elisa Jiménez, Marta Posso y Luz Elena Villegas,   son algunas de las mujeres artistas que tienen obras en la exposición. 

“Los artistas vivimos jodidos, en una especie de crisis en la cual se origina nuestra obra. Visto así, el arte es una muy linda esclavitud ”, dice el maestro Bernardino Labrada, quien tiene su taller en San Antonio.

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