¿Cómo hacer de nuestros hijos buenos lectores?

¿Cómo hacer de nuestros hijos buenos lectores?

Marzo 29, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
¿Cómo hacer de nuestros hijos buenos lectores?

Yolanda participó de la colección ‘Los derechos de los niños’, proyecto liderado entre la Unicef y Alfaguara, editorial para la cual también ella ha dirigido colecciones como Nidos para la Lectura, dirigida justamente a los más pequeños de la casa.

La escritora Yolanda Reyes estuvo en Cali para conversar sobre un tema en el que es una verdadera autoridad en Colombia: la literatura infantil. ¿Cómo lograr en casa auténticos niños lectores? ¿Cómo los papás pueden cultivar ese hábito sin fracasar en el intento? Ella lo sabe.

La escritora Yolanda Reyes estuvo en Cali para conversar sobre un tema en el que es una verdadera autoridad en Colombia: la literatura infantil. ¿Cómo lograr en casa auténticos niños lectores? ¿Cómo los papás pueden cultivar ese hábito sin fracasar en el intento? Ella lo sabe.

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El de las letras infantiles es un capítulo de nuestra literatura que lleva relativamente poco tiempo escribiéndose en Colombia, apenas cerca de tres décadas. Ha sido, digamos, un cuento más bien corto.

Durante esos años un par de generaciones de autores e ilustradores asumieron la misión de abrir camino: de la primera hicieron parte nombres como los de Ivar Da Coll, Triunfo Arciniégas, Alekos y Olga Cuéllar y más recientemente una en la que se han hecho conocer Francisco Montaña, María Paula Bolaños, Jairo Buitrago o ilustradores como Rafael Yockteng y Diego Francisco Sánchez ‘Dipacho’.

En medio de todos ellos también se ha escuchado con insistencia la voz de una bumanguesa, licenciada en Ciencias de la Educación con especialización en Literatura, que ha consolidado una obra extensa volcada por entero a narrar historias para niños y para jóvenes. Que escribe por y para ellos.

Quizás muchos recuerdan a Yolanda Reyes por ‘El terror de Sexto B’, un encantador libro de siete relatos, contados en primera persona, en los que se asoman los típicos conflictos de la vida escolar. Apareció por primera vez en 1995 y desde entonces ha sido compartido y celebrado por padres y estudiantes de Colombia y otros países del continente.

Otros llegaron a sus historias a través de las páginas de ‘Los agujeros negros’, un cuento publicado cuatro años más tarde, con el que su autora asumió el desafío tremendo de hablarles de tú a tú a los más chicos sobre el conflicto armado colombiano, esa guerra que va dejando niños huérfanos.

Gracias a este libro Yolanda participó de la colección ‘Los derechos de los niños’, proyecto liderado entre la Unicef y Alfaguara, editorial para la cual también ella ha dirigido colecciones como Nidos para la Lectura, dirigida justamente a los más pequeños de la casa.

De la convicción de que sí es posible seducir a los muchachos con la palabra, así estos parezcan atados sin remedio más a sus apéndices electrónicos que a los libros, nació hacia 1986 la Librería Espantapájaros, en Bogotá.

Se trata de un espacio lúdico y cultural en el que ella se ha dedicado a demostrar con paciencia los beneficios de promover la literatura desde la primera infancia. Incluso mucho antes, desde que los niños viven plácidos en los vientres de sus mamás.

Muchas de esas madres son profesionales interesadas tempranamente en fomentar la lectura en sus hijos. En otros casos, acuden mamás sin formación, algunas incluso analfabetas, que terminan comenzando a leer al mismo tiempo que sus hijos.

Pero Yolanda sabe bien que, sin importar los títulos universitarios, una madre es la mejor promotora de lectura que pueda existir. “Ellas son simplemente cuerpos que cantan y que cuentan historias. A ellas se les enseña a descubrir por qué es tan importante acceder a las palabras y qué es lo que uno se juega como padre ahí. Aprenden que leer por leer no tiene mucho sentido”, asegura la autora.

Para hablar sobre esa experiencia Yolanda Reyes llegó hasta Cali, invitada por la Universidad del Valle. GACETA conversó con ella.

Por que es en ese momento de la vida cuando aprendemos a hablar y, antes de eso, aprendemos a comunicarnos. Adquirimos toda la estructura para tener una comunicación con otros seres humanos y además la habilidad para aprender después a leer y a escribir. Todo eso nos pasa más o menos antes de los seis años. Expulsado del cuerpo de su madre, el bebé necesita aferrarse a un orden distinto para estar con ella, y ese orden es el lenguaje.

Usted habla en el aprendizaje de la lectura de un ‘triángulo amoroso’ que involucra a papás, hijos y libros. ¿Cómo es eso?Es que los niños no llegan solos a los libros. En la infancia para ser lectores se necesita de un adulto, que es el que está en el medio entre el niño y el libro. Y eso se queda grabado de por vida. Se queda en la memoria poética: ese niño sentado en el regazo de su papá mientras él le lee. Para activar los libros necesitas el contacto y una voz que te los acerque.

Los niños me han contado que el mejor lector para ellos es su papá o su mamá. Yo como padre puedo hacer un doctorado en lectura, pero eso no le importa a un niño. Él siempre preferirá que ese momento de la lectura, ese momento en que le cuentan historias, lo haga con sus padres. No es un problema académico. Es de piel, de voz. Tener un adulto a disposición de ese niño. Para ese niño es importante la atención de sus papás. Ese triángulo amoroso lo que le permite descubrir a ese niño es que la palabra trasmite emociones. Es una experiencia es que también de afecto.

Lo que pasa es que creemos erróneamente que lo único que se ‘leen’ son los libros...En la primera infancia se lee de todo, cuerpos, voces, la música, la poesía. Lo primero que uno aprende a leer es la cara del otro. Las emociones que se proyectan en esa cara. Cuando tú le lees a un niño le estás diciendo que hay una manera distinta de usar la lengua, distinto a eso de “párate”, “siéntate”, “nos vamos”, “come”. Un niño aprende a leer desde mucho antes de que comience su vida escolar. Con eso me refiero a que cuando uno habla de lectura antes de los 6 años estamos hablando de familiaridad con las historias, entrar en el mundo de la literatura, el mundo del relato. Eso no quiere decir que los niños deban enfrentar situaciones precoces de aprendizaje de la lectura, de aprender a unir una letra con otra. Lo que sucede antes de eso es conectarse con una voz que te cuenta una historia. Eso le da una riqueza de lenguaje oral y escrito a ese niño y es una experiencia literaria que hará parte de la vida cognitiva y emocional de ese niño.

Es el pan de cada día. Aún la gente de mi generación en Colombia y los padres que en este momento puedan tener entre 30 años y 25 no crecieron, en su gran mayoría, con una experiencia agradable de la lectura. Son generaciones que no están familiarizadas con el placer de leer. Entonces comenzar a tener una experiencia lectora con sus hijos es recuperar o hasta descubrir que es agradable leer. Se le quitan todos esos miedos y resistencia que arrastra desde la infancia, porque a ese hijo no le importa si el papá lee mal o es tartamudo. Él solo va a pedir que le vuelvas a contar ese cuento. Solo es compartir. Para él es inicialmente, y sobre todo, una experiencia emocional y de acercamiento a ese padre. Para esas mamás es como devolverles la autoestima. La parte emocional de la lectura fue lo que nos quedó debiendo la escuela y nuestros papás a las generaciones que venimos de atrás. Solo les interesaba nuestro buen desempeño académico.

Es que en los primeros años todo va a la boca. Esa idea nació de la propia experiencia con nuestros hijos a quienes, cuando los llevábamos a librerías, veíamos cómo les repetían todo el tiempo de que los libros no se podían tocar. Otro error frecuente de los padres es que no les comparten los libros a los niños para evitar que los dañen. Lo que no saben es que, como parte de su proceso lector, un niño aprende también a cuidarlos cuando descubren para qué son y hay un padre amoroso que le enseña a pasar las páginas. Parte de esa formación como lectores implica que ellos manipulen los libros, así eso no necesariamente termine con libros en perfectas condiciones. En Espantapájaros tenemos una sección que se llama ‘Los más mordidos del mes’. Y los vendemos con descuento pues son libros que han sido manipulados por otros niños, pero que les dan una idea a los papás de cuan atractivos han resultado porque ya han sido ‘probados’, ya tuvieron lectores. Es como un guiño.

En parte tiene que ver con lo que hablaba hace un rato. Que ese papá entienda el poder que tiene la palabra. Cuando lo entienden, se lo trasmiten a su hijo. Poco a poco los niños aprenden a hablar y a nombrar la ausencia, a reemplazar con palabras lo que no está. Cuando los niños van aprendiendo a hablar, lo primero que hacen es aprender a pedir cosas que desean. Y ellos descubren que lo que adquirieron fue el poder de que con las palabras se pueden hacer cosas.

Sé que esa es la gran limitación de los padres de esta generación. Pero hay que sacarlo. Todo el mundo tiene tiempo para revisar el correo electrónico. De ver un noticiero. De darse un baño antes de dormir. Lo que hay que crear es un ritual diario antes de dormir. Entenderlo como un momento precioso de acercamiento: la lámpara con la luz tenue, poco ruido, nuestro hijo sentado entre nosotros con su libro favorito. Como dicen los franceses es como darse un baño de lenguaje. Lo que va a pasar es que al día siguiente ese papá y ese hijo van a querer repetir ese ritual.

Lo que pasa es que siempre a los niños les queremos evitar el momento difícil. Nos da miedo el dolor de los niños. Pero alguien tiene que hacerlo. La literatura es como una canción de cuna donde se pueden decir cosas terribles de una manera bella. Este libro cuenta la historia de Juan, un niño al que le mataron sus padres. Se inspiró en una historia real que leí en un periódico sobre la muerte de dos defensores de derechos humanos a los que matan, pero que logran salvar a su hijo porque lo esconden dentro de un armario. Pensé que en ese hecho había una metáfora muy potente para hablar con los niños de los tiempos difíciles. El libro hizo parte de una colección de Alfaguara y Unicef en la que autores de diferentes países debíamos escribir un cuento sobre un derecho de los niños. El mío era “los niños tienen derecho a ser los primeros en recibir protección y socorro”. Yo no quería escribir un cuento sobre leoncitos o ranitas. Con ‘Los agujeros negros’ sentí que los niños agradecían que un adulto les hablara de la muerte. Pero los padres creen que son ositos de peluche que en algún momento cobran uso de razón. Con los niños hay que hablar de tiempos difíciles y de las cosas que duelen.

Me pasó cuando mi hijo menor estaba en la adolescencia, un momento de la vida donde hay que reaccionar contra las cosas más preciadas e importantes para los papás. Eso hace parte de querer construir una identidad. En la adolescencia se volvió un niño teleadicto y aficionado a los juegos de computador. Y mientras tanto, yo le seguía leyendo, insistiendo. Hasta que un día arrancó solo y no ha parado. Hoy es el más lector de mi familia y además profesor de literatura.

Dejar que sean ellos los que decidan qué libros y en qué soportes quieren leer. Permitir que ellos mismos se sorprendan con los libros. 

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