'Ciro y yo': un documental para entender la guerra

'Ciro y yo': un documental para entender la guerra

Enero 28, 2018 - 08:21 a.m. Por:
Yefferson Ospina / Periodista de Gaceta
Ciro y yo

Ciro, su esposa Anita, y dos de sus hijos.

Especiales para El País

De nuevo: el documental. Si quisiéramos hablar del nuevo cine colombiano, o de la renovación del cine colombiano, habría que hablar del documental.

Entre 2016 y 2017, luego de esos sismos que fueron para la cinematografía colombiana ‘El abrazo de la serpiente’ y ‘La tierra y la sombra’, el género que se ha venido desarrollando con más fuerza es el de la no-ficción.

Se podría conjeturar mucho acerca de las razones: puede ser que íntimamente sepamos que en nuestro país la ficción jamás será más fascinante que la propia realidad, o que una nueva generación de cineastas -jóvenes nacidos y crecidos en las ciudades- esté volcando su mirada al campo y a las historias que allí se desenvuelven.

Las razones pueden pasar por consideraciones más prácticas: el cine documental, aunque más complejo, es también más barato. Un caso particular es ‘Señorita María’, cuyo equipo de rodaje estuvo compuesto por menos de cinco personas.

Sin embargo, al margen de esas razones, la certidumbre es una: en los dos últimos años las producciones cinematográficas colombianas que mayor resonancia han tenido son los documentales. Un dato: ‘Señorita María’ y ‘Amazona’ fueron las películas colombianas más vistas el año pasado en el país, después, por supuesto, de las comedias de fin de año.

La nueva obra de no-ficción se llama ‘Ciro y yo’, es dirigida por Miguel Salazar y se estrenó el pasado jueves. Salazar es un fotógrafo que 20 años atrás trabajaba realizando fotografías 360 sobre algunos de los parajes más bellos del país. En La Macarena, en Caño Cristales, conoce a Ciro cuando llega para fotografiar el río de los siete colores.

Aquel encuentro, en el que Salazar además conoce a toda la familia de Ciro, marca una amistad para siempre que a su vez será el inicio del documental: la historia de todas las violencias a las que Ciro ha sobrevivido durante su vida.

La factura técnica de las imágenes es impecable: la experiencia de Salazar como fotógrafo se despliega sobre todo en los planos hechos en Caño Cristales y en la apuesta estética de algunas de las entrevistas.
Por otro lado, la recopilación de imágenes de archivo también permiten entrever un vasto y minucioso trabajo de investigación que va mucho más allá de las imágenes que, a fuerza de repetición, llegaron a convertirse en lugares comunes en la televisión.

Atravesando la estética de Salazar y aquella reconstrucción ‘grosso modo’ de la cronología del conflicto armado, la historia de Ciro y su clan va apareciendo y configurando un fresco desgarrador y conmovedor: el espectador conoce a Anita, la esposa del personaje principal, y a los tres hijos de la pareja, y ve poco a poco la crónica de una destrucción a la que no todos sobrevivirán.

Uno de los errores del documental, sin embargo, puede ser la pretensión del director de hacer de la vida del personaje principal un relato totalizador de la violencia del país.  Al iniciar el documental, una voz en ‘off’ de Salazar dice: “Tras 20 años de amistad con él, comprendí que la vida de Ciro resume la historia de Colombia”.

No solo se trata de una afirmación innecesaria, sino también falsa.
Innecesaria porque el drama de Ciro y su familia no requiere convertirse en un relato colectivo para adquirir su valor como testimonio.

Eso lo supo muy bien Rubén Mendoza que se negó a convertir a su ‘Señorita María’ en una película reinvindicadora de las diferencias de género y en un discurso político, y prefirió contar la historia de las contradicciones, la soledad, la desesperación y la ternura de la mujer que vive en los márgenes de una montaña de Boavita.

Falsa, porque no es cierto que la crónica vital de Ciro Galindo encierre toda la historia de Colombia.  Entre otras cosas porque, como se sabe, no existe “la historia” de Colombia, sino las muchas historias de este país. Aunque Ciro haya padecido la violencia de las Farc, y también la de los grupos paramilitares y haya sido víctima de la negligencia del Estado y de los abusos de las Fuerzas Militares, su historia es en esencia radicalmente diferente a la que han vivido las comunidades indígenas de todo el país, o algunos integrantes de las minorías negras, o alguna de las madres de los jóvenes asesinados extrajudicialmente, o las víctimas de las bombas de Pablo Escobar.

La historia de Ciro es un fragmento de la historia de Colombia, de una familia, como tantas, destruidas por una guerra que cada tanto tomaba una forma diferente, y de un hombre que sobrevive con la única ambición de por fin vivir en paz.

El gran acierto del documental, sin embargo, fue otorgarle la perspectiva narrativa a Ciro. Aunque por momentos la voz en ‘off’ del director, que busca hacer un discurso más o menos oficial del conflicto armado, parece adquirir mayor preponderancia que la crónica del personaje, la impresión que sobrevive al terminar el documental es la de aquel hombre manso que no solo es capaz de reponerse al desplazamiento, a la muerte, al terror, a la pérdida de su tierra natal, sino también a la tentación del odio y la venganza.

Al final Ciro habla de aquella humilde ambición que ha mantenido durante toda su existencia: la posibilidad de una vida en paz. El documental termina con un final que no puede ser feliz, por supuesto, pero que cura una cierta tristeza que lo atraviesa completamente: el espectador puede llegar a pensar que la paz, por fin, ha llegado. Tal vez se trate de una ilusión. O tal vez al menos a Ciro le ha llegado el comienzo de una vida serena.

En realidad, no es más que una incertidumbre. Visto el documental en las condiciones actuales de todo lo que sigue ocurriendo en Colombia, resulta imposible asegurarle a Ciro y a su hijo que ha llegado la hora del sosiego.

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