Cine: una historia de amor narrada en tono índigo

Julio 06, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Claudia Rojas Arbeláez | Especial para GACETA
Cine: una historia de amor narrada en tono índigo

Audrey Tatou es la protagonista de 'Amor Índigo'.

En ‘Amor índigo’ hay una extraña mezcla entre felicidad y tragedia, entre seriedad y chiste, entre ligereza y profundidad. Esta historia de amor romántico, dirigida por Michel Gondry, goza de tanto derroche visual que puede llega a cansar.

‘Amor índigo’ es el nombre de la película francesa basada en la novela ‘La espuma de los días’ de Boris Vian, dirigida por un artista de las secuencias hermosas, el creativo y muy talentoso Michel Gondry. Este director, conocido por películas como ‘Eterno resplandor de una mente sin recuerdos’ (2004), ‘La ciencia de los sueños’ (2006) y uno que otro desacierto como ‘El avispón verde’, regresa al gran formato con una película en la que, sin duda, sabe regocijarse. Y lo hace mezclando de manera temeraria el romanticismo y la magia, a través de una historia que rebasa cualquier concepto lógico.‘Amor índigo’ narra la historia de Colin, interpretado por Romain Duris (‘El rompecorazones’, reseñada en GACETA, octubre 2011, y ‘Dobermann’), un millonario inventor que vive con su cocinero y amigo Nicolás (Omar Sy, conocido por la famosa ‘Amigos intocables’) y quiere enamorarse. En un baile, Colin por fin hace realidad su deseo, cuando conoce a Chloé (Audrey Tautou, la famosa ‘Amelie’, 2001) y el amor surge entre ellos de manera inmediata. El romanticismo aflora entre nubes, carros voladores, plumas, patinaje y canciones. El naciente sentimiento azul empieza a mutar por la paleta de colores, haciéndose más brillante en los momentos felices, compartidos con los amigos, y más intenso a medida que avanza. Para este momento Gondry ya ha puesto sus cartas sobre la mesa y ha mostrado la película que quiere contar: una que derrocha color, coreografías y efectos (varias secuencias con stop motion) y se inscribe dentro de ningún tono en particular.Estamos, pues, frente a una historia de amor convencional pero contada de manera extraordinaria. No tanto por su grandilocuencia sino más bien por de su originalidad no solo visual sino también dramática. Los iconos y personajes reconocidos a los que se hace referencia, podrían ubicar a ‘Amor índigo’ en el terreno de la comedia, pero el tono fantasioso que la impregna nos hace superar pronto una clasificación tan simple. De esta manera, ‘Amor índigo’ no conoce recatos narrativos lo que hace que por ratos se torne insulsa, infantil y abrumadora. Aquellos excesos, que al comienzo se veían como osados, interesantes y fascinantes, empiezan a sentirse repetidos y empalagosos. Producto más de un capricho que de un propósito dramático necesario para contarse. Los bailes de piernas largas, el timbre de la casa, la habitación redonda y el ratón, que al principio podrían parecernos divertidos, pierden sabor en una película que dura poco más de dos horas y que cambia de tono más allá de la mitad. Y sin ánimo de contar lo que sucede en esta película, solo hace falta saber que tanta felicidad solo puede ser el augurio de algo nefasto. Y esta no es la excepción. El azul pastel que vimos en el comienzo se oscurece cuando la feliz parejita descubre que ella tiene una extraña enfermedad que puede acabar con su vida. En uno de sus pulmones crece una planta. A partir de ese momento la película se convierte en otra cosa. Ante tal panorama y el exceso de gastos que acarrea la enfermedad, la fortuna del generoso Colin empieza a acabarse y el inventor se ve obligado a tomar algunos trabajos que le permitan correr con los gastos médicos. La bella historia de amor entre Colin y Chloé pronto se oscurece y los amigos que siempre estuvieron con ellos también empiezan a disolverse en una París que ya no es tan mágica como lo era al comienzo. Entonces ‘Amor índigo’ es una película en la que el genial director de videoclips hace gala de su audacia visual, logrando grandes momentos, pero que se agotan como una llamarada. Una película con momentos hermosos, ideal para los amantes de Gondry y del romanticismo francés, pero que requiere paciencia y exige perseverancia para llegar hasta su final. Habrá momentos en que el espectador puede pensar que no avanza, pero ahí va… y, bueno, el final premia a quienes perseveran.*Docente Universidad Autónoma de Occidente

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