Cine: Una enorme historia de infortunios

Julio 19, 2015 - 12:00 a.m. Por:
David Franco l Especial para GACETA
Cine: Una enorme historia de infortunios

El drama ruso ‘Leviathan’, ganador en Cannes y nominado a mejor película extranjera en los pasados Oscar, se desarrolla en un pueblo glacial del norte de Rusia habitado por seres hoscos, silenciosos, y en donde el Estado es el enemigo.

El drama ruso ‘Leviathan’, ganador en Cannes y nominado a mejor película extranjera en los pasados Oscar, se desarrolla en un pueblo glacial del norte de Rusia habitado por seres hoscos, silenciosos, y en donde el Estado es el enemigo.

Una película que ponga sobre la mesa la eterna pregunta del mal –¿por qué sufren los justos?– tiene muchas posibilidades de ser, por inercia y también por necesidad, una película dura y fría. No es coincidencia que el drama ruso ‘Leviathan’ –ganador en Cannes y nominado a mejor película extranjera en los pasados Oscar– se desarrolle en un pueblo glacial del norte de Rusia habitado por seres hoscos, silenciosos, en su mayoría groseros. 

En el marco austero de este pequeño pueblo, el infortunio se precipita con toda su furia y su ceguera sobre Kolya (Alexey Serebryakov), un mecánico simple y noble aunque torvo y alcohólico, pero que de ninguna manera merece la suerte que le ha tocado. Enamorado de su esposa, amigo de su hijo, responsable en su trabajo, Kolya representa al hombre rural agradecido por una vida sencilla en la que nada hace falta y tampoco hace falta hacerle daño a nadie.  

En torno a Kolya, sin embargo, se cerrará el puño despiadado del Estado, ese monstruo enorme que Thomas Hobbes trató de justificar en aquel famoso tratado de filosofía política de título homónimo al film. Si Hobbes, convencido de que “el hombre es un lobo para el hombre”, defendía la necesidad de un poder soberano y absoluto, la película de Andrey Zvyagintsev deja en evidencia los peligros de esta forma de pensar y plantea la pregunta del poder desde la orilla opuesta: ¿Qué pasa cuando el lobo no es el hombre sino el Estado? ¿A quién recurrir?

Pero el film de Zvyagintsev, ambicioso, descomunal, no se queda, ni mucho menos, aferrado a lo político. Así como al tratado de Hobbes, el título de la película hace referencia al Leviathan de la Biblia, la gigantesca bestia marina que encarnaba todas las desgracias que se ensañaban sobre el bueno de Job. Kolya, a su manera, menos casto y más vulgar, siempre con una botella de vodka al alcance de la mano, es  una suerte de Job contemporáneo.

Si hay una diferencia es que, en la Biblia, Job lo pierde todo en una prueba de fidelidad hacia Dios, mientras que en la película de Zvyagintsev, tanto a Kolya como al espectador les resulta muy difícil resolver el drama con una explicación teológica. En suma, la pregunta del mal en ‘Leviathan’ apunta en ambas direcciones: es al mismo tiempo una pregunta política y religiosa, un terrible animal de dos cabezas que, por más que uno quiera, es imposible ignorar. 

La historia, si bien es escenario de problemáticas gigantescas, en sí misma no deja de ser una historia sencilla. Kolya vive con su segunda esposa, Lilya (Elena Liadova) y su hijo, Roma, (Sergey Pokhodaev) de un matrimonio anterior, en una pequeña y acogedora casa en frente del mar que el alcalde del pueblo se ha empecinado en detentar a como de lugar.

Para resistir la embestida del poder local, Kolya pide auxilio a Dimitri (Vladimir Vdovichenkov), su mejor amigo de juventud, ahora abogado radicado en Moscú, guapo y sofisticado, tan opuesto a Kolya que resulta más fácil imaginarlo como su enemigo.

Los dos bandos formados –Kolya y Dimitri de un lado, el alcalde y su aparato político de otro–, el engranaje de la guerra legal se pone en marcha y pronto atraviesa sus cañones al terreno de lo ilegal. La estrategia de chantaje que utiliza Dimitri para proteger los bienes de su amigo parece funcionar, pero al mismo tiempo dispara la furia y el rencor del alcalde, Vadim (interpretado de manera brillante por Roman Madianov), personaje grotesco y temible.

Es entonces cuando el monstruo despierta de verdad.  En medio del huracán,  por si fuera poco, Kolya debe también lidiar con la rebeldía de su hijo, los silencios misteriosos de su esposa y claro, el trabajo pesado de todos los días.    

Hay que decir, sin embargo, que al tiempo que asistimos al desfile de calamidades, también somos testigos de un desfile de paisajes imponentes y poéticos, tomas firmes –muy limpias– del mar oscuro lamiendo la costa desierta, aves grises paseando en medio de balsas invertidas, el viento barriendo olas desordenadas, y sobre la arena, abandonado por la marea, el esqueleto monumental de lo que debió ser una ballena, los restos del gran monstruo del mar. Zvyagintsev pareciera querer recordarnos que el mundo no deja de ser un lugar hermoso por ser cruel. Que lo trágico puede ser sublime al mismo tiempo. 

Decía Kant que lo sublime es lo terrible contemplado desde un lugar seguro. De alguna manera es lo que sucede cuando nos instalamos cómodamente en nuestra silla a ver Leviathan. A pesar de la tragedia y la dureza de la narración, es difícil no sentirse atrapado en una inmensa ola de belleza. La experiencia de Leviathan, enorme como lo indica su título, abarca lo filosófico y también lo poético. No es frecuente encontrarse con películas de esta envergadura en cartelera.

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