Cinco 'golpes de suerte' que marcaron la vida de Gabo

Cinco 'golpes de suerte' que marcaron la vida de Gabo

Abril 25, 2018 - 11:45 p.m. Por:
Luis Ángel Muñoz Zúñiga / Especial para El País.
Gabriel García Márquez

El escritor Gabriel García Márquez acompañado de su esposa Mercedes Barcha.

Agencia EFE

En el cuarto aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez, varios colegas, algunos amigos y mis centenares de estudiantes me pidieron que refiriera algunas anécdotas del Nobel.

Al sentarme frente al teclado la primera idea que me fluye es destacar que, además de percibirse en sus ficciones literarias, el emprendimiento también está presente en su biografía porque desde que nació, estuvo predestinado por cinco golpes de suerte que transformaron su vida. De tal forma que se puede hacer una analogía entre las ficciones literarias de los personajes de las historias de Macondo y la vida real del creador de ese mundo mítico.

La suerte en su camino

La vida de ‘Gabo’ estuvo atravesada por cinco golpes de suerte que determinaron que se forjara ese gran escritor que trascendió en la inmortalidad. El primer golpe de suerte estuvo en el haber nacido en un pueblo pobre de la costa Atlántica y ser hijo de un telegrafista que la United Fruit Company trasladaba constantemente, circunstancia que obligó a dejar el niño al cuidado de sus abuelos maternos, mientras él y su esposa laboraban en los campamentos de la compañía bananera, estableciéndose temporalmente en distintos pueblos según las cosechas para exportar.

El segundo golpe estuvo representado por la suerte de ganarse una beca que lo obligó a radicarse varios años mientras estudiaba el bachillerato en la distante Zipaquirá, en un colegio que contaba con una gran biblioteca que conservaba las obras clásicas de la literatura universal.

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El tercer golpe lo fraguó él mismo cuando siendo estudiante asumió el difícil reto de participar en un concurso nacional de cuento convocado por el periódico El Espectador, cuyo director quiso descubrir entre la juventud a quienes tuvieran vocación de escritores. ‘Gabo’ ganó tal concurso con el cuento ‘La tercera resignación’, que le mereció titular en primera página.

El cuarto golpe de suerte, paradójicamente, estuvo representado por el Bogotazo de 1948, ya que al cerrarse la Universidad Nacional el joven halló la justificación para no seguir acatando la orden de su padre de adelantar estudios de Derecho. De no haber sucedido, tal vez García Márquez no hubiese pasado de ser un simple abogado absorbido por los litigios judiciales.

Desde el 9 de abril de 1948, cuando asesinaron a Jorge Eliecer Gaitán, líder popular y candidato mayoritario a la Presidencia, Bogotá ardió en llamas y destrucción. La pensión del hotelito donde vivía el joven García Márquez fue destruida y él quedó a la intemperie. Esto lo obligó a regresar a la costa y a abandonar su carrera de Derecho en el segundo semestre, ya que la Universidad Nacional fue cerrada por un tiempo.

El quinto golpe de suerte, estuvo representado por el cierre del periódico El Espectador por parte de la Junta Militar de Gustavo Rojas Pinilla. García Márquez no continuó en el oficio de corresponsal de prensa en París, ya que el periódico no pudo seguir girándole.

Fue así como empezaron a propiciarse las circunstancias para forjar su sueño de incursionar de tiempo completo en el mundo de la literatura y como profesional vivir de los derechos de autor. García Márquez decidió abandonar el periodismo para dedicarse a la literatura y entonces escribió ‘La hojarasca’, ‘La mala hora’ y ‘El coronel no tiene quién le escriba’.

Profecías del encantador con la palabra

Otra faceta a destacar es que ‘Cien años de soledad’, la obra cumbre de García Márquez, está cargada de narraciones proféticas. Sólo a ‘Gabo’ se le ocurriría, hace medio siglo, narrar que el joven José Arcadio Buendía mucho tiempo después de escaparse con los gitanos regresaba a Macondo con el cuerpo totalmente tatuado. En 1967, sólo los marineros exhibían en su brazo un ancla tatuada y, los reclusos, en la comisura entre sus dedos pulgar e índice se marcaban iniciales como señal de respeto en la cárcel.

Narrarlo hoy no tendría ninguna gracia porque el tatuarse es una moda social, pero hacerlo en un tiempo pasado arriesgaba a cualquier novelista a incurrir en charlatanería. ‘Gabo’ lo escribió proféticamente en ‘Cien años de soledad’.

Otra narración profética es la que refiere la anécdota del alcalde conservador de Macondo, Apolinar Moscote, conversando con su yerno Aureliano Buendía y que señala cómo los liberales eran masones y partidarios de la igualdad de los hijos, legítimos y bastardos, ante la ley de sucesiones. Tal episodio novelístico se anticipó proféticamente en el tiempo, pues quince años después, en 1982, el Congreso de la República aprobó mediante una ley la premonición de ‘Gabo’.

En 1967, eran todavía incipientes las comunicaciones y sólo pocos colombianos disponían de teléfono fijo en su casa; sin embargo, José Arcadio Buendía le argumentaba a Úrsula Iguarán que llegaría el día que desde Macondo se comunicarían al instante con cualquier lugar del mundo. Pasaron tres décadas para que Internet, los celulares, WhatsApp y las redes sociales confirmaran otra de las profecías de Gabo.

Ejemplo de emprendimiento

Desde chico demostró su innato espíritu emprendedor. El adolescente que jamás había salido de Aracataca, afrontó el reto de tener que viajar sólo en tren hasta Bogotá. No viajó timorato entre los extraños, sino que por el contrario se animó a alegrar a los pasajeros cantando vallenatos para ganarse algunas monedas.

Su padre lo había enviado con escasos pesos a Bogotá donde supuestamente le darían una beca para hacer el bachillerato, olvidando que en la capital sólo estudiaban becados los hijos de los políticos. Uno de los pasajeros era el jefe de becas y se encantó con el estilo juglar del muchacho. Al otro día el funcionario, cuando lo reconoció esperando turno en su oficina alistándose para la entrevista, quiso compensar al muchacho por deleitarlo en el tren, autorizándole la beca con orden de matrícula para el Liceo de Zipaquirá.

Si la distancia entre Aracataca y Zipaquirá no le determinan tener que quedarse los fines de semana en el lugar, tal vez el muchacho no hubiese hallado el camino apropiado que le despejaría la ruta hacia su destino de escritor.

Todo escritor antes de serlo, tiene que vivir una meritoria etapa de buen lector. El rector Carlos Martín, atendiendo su petición le permitió apersonarse de la organización y la clasificación de los libros en los anaqueles. Los fines de semana le entregaba las llaves de la gran biblioteca del colegio y así ‘Gabito’, placenteramente, pudo leer los clásicos de la literatura universal. Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982, atendiendo una de las entrevistas que le hizo la prensa mundial, García Márquez respondió que quién lo guio por la historia de la literatura y le enseñó a criticar las obras fue su profesor de Lenguaje, Carlos Julio Calderón Hermida.

Al cumplirse el cuarto aniversario del fallecimiento de Gabriel García Márquez, el mejor homenaje que podemos tributarle a su memoria será asumir el compromiso de emular a su maestro Carlos Julio Calderón Hermida. ¡Gabo vive!

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