Carlos Arcieri, el lutier colombiano que restauró violoncelo de los reyes de España

Carlos Arcieri, el lutier colombiano que restauró violoncelo de los reyes de España

Mayo 26, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal Garcés | El País
Carlos Arcieri, el lutier colombiano que restauró violoncelo de los reyes de España

Carlos Arcieri Ripoll, lutier colombiano.

Por las manos del colombiano Carlos Arcieri han pasado joyas musicales tasadas en millones de dólares. Recientemente restauró violoncelo de la colección del Palacio Real de Madrid.

Hace más de un siglo Vicenzo Arcieri dejó las tierras de su Calabria, envuelto en un aura de pesadumbre y secándose a manotazos un vaho de lágrimas. Meses más tarde recaló en Puerto Colombia como tantos inmigrantes que vinieron a “hacer la América” y a labrar para sus hijos un mejor futuro. Muy lejos quedaban las bellas costas tirrenas y jónicas, los pueblos medioevales y las ruinas arqueológicas de la cuna de la Magna Grecia. De familia de músicos, Vicenzo no solo tocaba con virtuosismo el bombardino, sino que traía consigo la experticia de los finos ebanistas de la comarca, maestros talladores y doradores de altares, catalogados como obras de arte. Su hijo Manlio se enamoró perdidamente de una colombiana morena, descendiente de catalanes, cuyos ancestros se destacaban en el arte de fabricar guitarras. Además de sorberle el seso, Ana Ripoll le presumía con orgullo que uno de sus parientes había estado en la firma del Acta de Independencia de Cartagena. Escrito estaba pues en sus genes que a pesar de haberse propuesto ser ‘el mejor pintor del mundo’ después de estudiar pintura en la Escuela de Bellas Artes de Barranquilla, Carlos Arcieri Ripoll, uno de los siete hijos de la pareja, terminaría por convertirse en un verdadero ‘As’, pero en el arte de la fabricación y reparación de instrumentos de cuerda, en Nueva York, a donde llegaría en 1967. De allí se desprende la historia de un sueño frustrado pero no abandonado, pues él aspira a jubilarse algún día para retomar sus pinceles a la orilla del mar, con la brisa salada del Caribe acariciando su piel curtida. Pero la historia no es tan sencilla: su vida ha sido una sucesión de tesón, coraje, logros, frustraciones y mucha suerte. Arcieri vendió sus dibujos y acuarelas hasta que uno de sus compradores lo llevó a conocer la mítica Casa Rembert Wurlitzer, la más importante del mundo en fabricación y restauración de instrumentos de cuerda. Allí oficiaba Simón Saconni, respetado como el mejor lutier del siglo XX, quien lo introdujo en los secretos del arte a lo largo de una amistad entrañable, que duró hasta la muerte del maestro a los 78 años. Rembert cerró y Arcieri heredó una extensa y selecta clientela dispersa por todo el mundo. Abrió su taller cerca del Carnegie Hall, en Manhattan, fundó con otros colegas la Federación Americana de Violines y Arcos y fue elegido miembro de la Sociedad Internacional de Maestros de Lutería Artística. Por sus manos anchas y sabias han pasado verdaderas joyas tasadas en millones de dólares, fabricadas por genios como Stradivari, Amati, Guarneri, Guadagnini, Vuillaume o Ruggeri, que le han sido confiadas por genios musicales como Szymon Goldberg, Pinchas Zuckerman, Tossy Spivakovsky, Zara Nelsova, Joseph Fusch, Nathan Milstein, Yo Yo Ma, Yehudi Menuhin, y las orquestas sinfónicas de Nueva York, Israel y Berlín. También repara y hace el mantenimiento periódico de la colección de instrumentos musicales del Museo Metropolitano de Nueva York. Un momento cumbre de su carrera fue cuando le llevaron el violín más amado de Niccoló Paganini, al que el gran músico bautizó: ‘Il Cannone’ – El Cañón- por la potencia y robustez de su sonido, una obra perfecta, construida por Antonio Guarneri en 1742. Y en los tiempos actuales, el “no va más”, se le presentó cuando el director de Patrimonio Nacional de España lo llamó para restaurar un violoncelo de la Colección del Palacio Real de Madrid, fracturado el año pasado durante una sesión de fotografía. El instrumento hace parte del conjunto de los llamados Stradivarius Palatinos, compuesto por dos violines, una viola y un violoncelo, y fabricados por Antonio Stradivari, cuya maestría no ha sido nunca igualada. El encargo le fue hecho al maestro de Cremona por Felipe V y le fueron entregados a la Corona durante el reinado de Carlos IV. Como era de esperarse, con el anuncio se creó una expectativa mundial y hubo recelo entre los restauradores españoles, que se preguntaban por qué no se les adjudicaba a ellos la tarea de devolverle el esplendor a esta joya de US$25 millones.¿Por qué el Palacio Real de España lo escogió a usted?El que yo hice no fue un trabajo convencional porque ese violoncelo está totalmente decorado en la tapa con figuras de Cupido disparando sus flechas contra Capricornio y tiene incrustaciones de marfil y madreperla. La restauración consistió en sustituir el mango anterior por uno nuevo, hecho a medida. Se presentaban unas dificultades añadidas porque el margen de error en los cortes y encajes era cero. Teniendo en cuenta las incrustaciones de los aros y la importancia y valor de la pieza, no se podía recortar, ni añadir nada respecto a lo que hace casi 300 años hizo Stradivari. El encaje debía ser perfecto porque no se podían añadir cuñas, ni suplementos.¿En qué consistió el proceso?En extraer el mango quebrado, limpiar bien la zona y prepararla para encajar el mango nuevo. En el extremo opuesto había que realizar otra operación muy delicada: cortar el mango roto a la altura de la cabeza, de forma muy precisa y quirúrgica, y encajar el mango de tal manera que no modificara, ni recortara la cabeza original. Una vez encolados los dos extremos, rebajar y pulir la madera hasta darle la medida adecuada. Se pudo aprovechar el mismo diapasón de ébano y, una vez terminada la reconstrucción, se hicieron los retoques de barniz con pigmentos naturales. Quedé tan satisfecho con el trabajo, que en la conferencia de prensa, ante 50 periodistas y tres canales de TV., dije que quería ver cuál lutier del mundo podría haber hecho el mismo trabajo, y los reté. (Risa).¿Se sintió nervioso?No, me sentía muy seguro. Mientras trabajaba, pensaba que alguien estaba guiando mis manos porque cada corte me salía perfecto. Y eso que la circunstancia de haber tenido que realizar el trabajo por fuera de mi taller, lo hizo mucho más complicado, porque uno se acostumbra a trabajar con la misma luz, las mismas herramientas, las mismas distancias. A ciegas uno puede estirar la mano y agarrar la herramienta que necesita: gubias, limas, formones, escoplos, cepillitos y pinceles. Todo se hace a mano, tal como se construyeron en los siglos XVI y XVII. ¿Por qué tuvo que trabajar en el Palacio Real?Porque los instrumentos no pueden salir del Palacio, que tiene alrededor de 27 salas de restauración orientadas al sur, donde la iluminación no es buena. Mi condición fue trabajar en una sala muy bien iluminada, que diera al norte, así que me permitieron usar la Sala María Cristina, al lado de la Capilla del Rey. ¿Qué maderas utilizó?Una de arce que tenía desde hace 20 años. Las maderas que se usan en la construcción de violines son el abeto, con el que se hace solo la tapa, y el arce que es la madera más dura, con el que se hacen el fondo, el mango y la cabeza.¿De dónde vienen, y cómo sabe usted si son óptimas?El arce viene de los Balcanes y el abeto de los Alpes. Y sé cuáles son aptas porque tengo una experiencia de más de 40 años. En Nueva York soy el más viejo y quizás el último de los lutiers de mi generación. Ya todos mis compañeros y colegas han muerto y hoy todo el mundo se ha dedicado a estudios científicos del oficio, pero a mí me gusta hacer las cosas al modo tradicional, en el que la intuición también juega un papel importante. Mientras para mí las maderas deben tener como mínimo quince años de añejamiento, ahora los reducen a siete años a través de secados con luces infrarrojas y otros recursos.¿Quién fue Antonio Stradivari y por qué sus instrumentos son inimitables?Fue el más famoso constructor de instrumentos de cuerda en la historia de la música, alumno de Amati, a quien superó, porque hizo alteraciones en los modelos de los violines de su maestro, y porque era un genio. Nació en Cremona en 1644 y murió allí en 1737. La forma latina de su apellido Stradivarius se usa para nombrar sus instrumentos, cuyas características sonoras son consideradas únicas. Hay muchas hipótesis, ninguna probada, sobre qué permitió su sonido particular: desde un tiempo especialmente frío durante la época en que se construyeron, hasta ciertos barnices, aguas, minerales, etc.¿Aparte de ‘il Canonne’, el Stradivarius de Paganini, hay otros famosos, con nombre y dueño?Claro que sí, Stradivari fabricó unos 1100 instrumentos de los cuales se conservan unos 600. Fuera de ‘El Cañón’, hay muchos con nombre propio, como El Mesías, el Hammer, el Condesa Polignac, que utiliza Gil Shaham, el Lady Tennant. La Casa Christie’s ha rematado Stradivarius muy famosos, y también piezas de otros maestros, como el Vieuxtemps Guarneri, llamado La Monalisa de los violines, vendido en US$17 millones. Geoffrey Fushi dijo una vez que ese instrumento es “un ser viviente”, y otros músicos piensan que el violín les dicta cómo deben tocarlo. Otros violoncelos Stradivarius famosos son el Davidoff de Yo Yo Ma, y el Dupont de Rostropovich.¿Hay buenos lutiers en Colombia? Desde luego que sí. En el Festival Internacional de las Artes de Tunja (fantástico) me encontré con un grupo grande de lutiers de todo el país invitados a exponer sus instrumentos. Hay una enorme cantidad de fabricantes de guitarras de muy buena calidad en Valle, Antioquia y Santander, con sus propias ideas y gran imaginación. Yo voy con frecuencia a Colombia a dictar talleres.¿Ha restaurado algún instrumento completamente destrozado?Sí, un violín extraordinario cuya dueña tropezó y le cayó encima. Al día siguiente me estaba esperando en la puerta con la cara desencajada y llorosa. Logré reconstruírselo y quedó muy agradecida. La reparación costó US$65.000, que pagó el seguro.El lutier colombiano relata anécdotas y enseña varios de los instrumentos que han sido consignados este año en su taller: en una gran caja fuerte reposa un Amati construido en 1623, otro, de US$350.000, espera por una nueva barra armónica, y en un ingenioso “perchero” cuelgan etiquetadas dos docenas de violines que esperan turno para ser reparados antes de regresar a las privilegiadas manos de sus intérpretes.Mientras tanto, Carlos Arcieri sabe que algún día no muy lejano regresará a Colombia con Rosanna, su esposa italiana, para vivir en una casa que construyó junto al mar. Que llevará sus lienzos y sus pinceles y cumplirá la cita con la musa de la pintura, que ha postergado por tantos años.

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