Cambiando libros por sonrisas

Cambiando libros por sonrisas

Agosto 24, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
Cambiando libros por sonrisas

Diariamente llegan a la biblioteca de Desepaz entre 120 y 150 niños de toda la Comuna 21.

Olga Lucía Ramos Cortés convirtió la Biblioteca de Desepaz en un espacio que va más allá del préstamo de libros: hoy es el principal punto de encuentro de este barrio del oriente caleño. Su labor fue reconocida con el premio Nacional de Bibliotecas.

Olga Lucía asegura que en los últimos cinco años el milagro aquí dentro se ha repetido varias veces. Pensando en una historia al azar, está la de Andelfo Herrera. Es un señor de 89 años que todos los días, sin falta, camina una hora desde su casa del barrio Manuela Beltrán para llegar hasta la Biblioteca de Desepaz. Su arribo es sobre las nueve de la mañana. Entonces busca una mesa y se sienta a placer a leer El País. Hora y media más tarde emprende las calles de regreso. Otros 60 minutos, claro, como si en realidad no caminara con tantos años encima del cuerpo sino que fuera uno más de los niños que a esa hora revolotean por el lugar. Antes de despedirse, se lleva consigo algunas revistas bajo el brazo, casi siempre de salud o de ciencia, porque una de sus vecinas, que trabaja sin descanso en su propia panadería, le dice a cada rato que disfruta de la lectura, pero que no le queda tiempo para ir, como él, a escoger entre miles de libros. Olga piensa también en Sebastián. El chico tiene 13 años y ama las historias de TinTín, la famosa historieta belga. No siempre fue así. Felisa, su mamá, pasó mucho tiempo en casa rogándole que leyera. Al menos un libro. Lo hizo hasta que un día, pagando una factura de servicios públicos en el Cali 21, se dio cuenta de que en el edificio contiguo entraban y salían, felices, niños grandes y pequeños, amas de casa, pelados, abuelos. Fue así como descubrió que a pocas cuadras de su casa había estado siempre un lugar repleto de libros. De historia, de animales, de tiras cómicas, de amor. La mujer comenzó a prestar varios de esos textos, la mayoría infantiles e ilustrados, con la esperanza secreta de lograr seducir al hijo con tantas páginas. Pero no hubo caso. Los libros regresaban intactos. —Tráigalo, que yo acá lo enamoro, le dijo entonces Olga. Y pasó. Hoy Sebastián no solo es el custodio de la colección de doce libros de TinTín que tiene la Biblioteca de Desepaz, sino que en el último año ha llevado a casa, en préstamo, al menos tres títulos por mes. Y ha conseguido entusiasmar a sus amigos. Sebastián toma la vocería y es hoy el que les lee y les explica cuando no entienden. Antes de contar la propia, Olga piensa en otra historia. Una más, quizá para que le crean que eso de los milagros que ocurren al interior de esta edificación de 106 metros cuadrados es verdad. Que sí hay gente que se enamora perdidamente de los libros. Es la de Sugey Angulo, de 18 años, una joven tímida, muy tímida. Ella solía huir de las clases del colegio para refugiarse en la biblioteca y así distraer las horas muertas. Entonces comenzó a buscar la palabra. Neruda. Paz. García Lorca. Benedetti. Eran de poesía, claro. Un día quiso escribir sus propios versos y resultó que quedaron tan bien logrados, tan rimados, que el año pasado se quedó con el primer lugar de la categoría infantil y juvenil de un concurso que promueve el Festival de Poesía de Cali.Todo esto ocurre en un país que, cuentan los que saben, no lee. Las cifras más optimistas estiman que un colombiano no termina ni dos libros en un mismo año. 1,9, sostiene el Dane. Ocurre también en un país que se raja en educación y que nos produce vergüenza. En las dos últimas pruebas Pisa, que miden qué tan cualificados están los bachilleres que se gradúan en todo el mundo, Colombia ha terminado en los últimos lugares.¿Cómo consigue entonces Olga Lucía el milagro? ¿Cómo logra que Angie Longa, otra vecinita de Desepaz, a sus diez años se haya leído dos veces ‘Cien años de soledad’ y vuelva por más? ¿Que centenares de chicos de los barrios Alirio Mora Beltrán, Potrero Grande, Los Naranjos, Valle Grande y Suerte 90 prefieran estar en este lugar y no en sus casas, como otros niños, más pendientes del televisor y de los juegos de pelota?La respuesta está en su infancia, dice. Sus recuerdos van apareciendo en un salón pequeño y pulcro de la Biblioteca, que en otros días funciona para capacitar en diferentes oficios a la comunidad. Porque la de Desepaz es lo menos parecido a una biblioteca: aquí el bullicio campea, aquí se escuchan voces a volumen alto, aquí hace un calor tan denso que da la sensación de que puedes tocarlo con las manos. Esa infancia transcurrió en Cartago, el pueblo del norte del Valle donde se crió. Sucede que Olga Lucía siempre palidecía en las clases de educación física porque se asfixiaba con facilidad. No podía correr mucho. Su profesor no le creía y, a manera de castigo, la mandaba a la biblioteca del colegio.Y esa biblioteca, recuerda Olga, no se parece en nada a este lugar donde está sentada ahora. “El castigo era leer libros de educación física, ¡imagínese! Ni siquiera eran de literatura. La persona encargada de prestar los libros, no nos permitía a los estudiantes acercarnos a ellos. Nos resignábamos a verlos de lejos en los estantes pues solo ella los podía escoger. Además, todo el tiempo nos mandaba a callar”. Y así, en esas condiciones, piensa Olga, “era fácil para una joven como yo pensar que las bibliotecas no eran otra cosa distinta que espacios aburridos donde uno no se puede divertir. Por eso, cuando llegué aquí, a Desepaz, quise que los niños sintieran otra cosa, que aprender era tan entretenido como salir al parque a jugar”. Ocurrió hace cinco años, después de haber trabajado nueve como profesora en varios jardines infantiles de Cartago. Es que Olga estudió educación preescolar en el Politécnico Empresarial Colombiano. Fue una carrera técnica, pero no quiso dedicarse a otra cosa porque intuyó, desde hace muchos años, que se quería ganar la vida “amando a los niños”.Con esa expectativa se presentó a una convocatoria de la Red de Bibliotecas Públicas de Cali. No sabía de gestión cultural. No sabía qué era eso de administrar recursos. Solo que se sentía especialmente capaz que de seducir a un niño con un libro como el flautista de Hamelin lo hace con la música. Le pidieron escoger entre las bibliotecas de Villa Luz, de Los Naranjos y de Desepaz. Para ella daba lo mismo. Cali era en ese entonces una urbe desbordada e intimidante y el Oriente un paisaje hostil y olvidado por el resto de la ciudad del que le habían contado las más macabras historias. —Acá llegué un poco a ciegas, sí. Y Desepaz me parecía aterrador. En más de una oportunidad pensé “en qué me metí”. Después comencé a verlo como un desafío, porque la gente me fue acogiendo bien, a pesar de que hace cinco años la biblioteca no era más que un saloncito que debíamos cerrar con la baranda de una cama y un viejo candado.Pronto comenzaron a llamarla La Profe. Otros más La Madrina. Y pasa que cuando ella quiere cerrar la puerta, ya sobre las siete de la noche, va advirtiendo con sus ojos pardos a niños que salen a esconderse detrás de los estantes porque no están dispuestos a regresar a su casa. Una de esas noches, recuerda ahora, los confrontó. Les preguntó por qué querían quedarse si ella no les daba de comer, si en el lugar no había televisión, solo libros. “Uno de ellos se me acercó y me dijo que dentro de estas paredes encontraban algo que no les daban en la casa: amor. Así que por más cansada que esté, trato de que ellos disfruten del lugar hasta que las fuerzas del día me alcancen”.No hace mucho, un joven mulato le entregó a Olga Lucía un cd entre las manos. No está en una caja, luce envuelto en un plástico transparente. Es el álbum que un par de chicos de Desepaz grabaron con canciones de salsa ‘choque’, hechas por ellos mismos. Se hacen llamar ‘Maxiflow FT Dinámico’ y su ilusión es que la profe Olga no solo lo escuche sino que les ayude a contactar gente en Bogotá que promueva su música. Cosas así le pasan todo el tiempo. Y a veces no son tan gratas. A esta biblioteca no solo llegan niños deseosos de aprender de la buena literatura. Algunos buscan a Olga para contarle sobre padrastros que maltratan y dejan cicatrices en el alma. Otros más para hablarles de papás que los abandonaron porque empuñaron el fusil y se fueron para la guerrilla. Algunas son adolescentes que se enfrentan con horror a la tarea de contarle al mundo su identidad sexual. Olga los escucha siempre con oídos benévolos y hace, no se explica cómo, que el tiempo le alcance para visitar a un psicólogo del Bienestar Familiar y poner en manos suyas esas pequeñas tragedias. En otras ocasiones busca apoyo en sus propios libros. Olga Lucía conoce con exactitud los tres mil títulos que componen la Biblioteca de Desepaz. Cuando el asunto es que un niño ha sido reprobado en el colegio por su falta de talento para los números, ella se acuerda de ‘Madilta matemática’, un texto de la colección Torre de Papel, de Norma, que enseña que sumar, dividir y resolver ecuaciones es más divertido de lo que parece. Cuando el asunto es que los pequeños quieren saber cómo llega una persona al mundo acude a las páginas de ‘De dónde venimos’ o ‘De dónde vengo yo’. Sienta a los pequeños a su alrededor y entonces les explica que amarse es tan natural como tomar el sol o beber un jugo. Escenas así ocurren también fuera de la biblioteca. Olga Lucía interrumpe su relato y abre una gran maleta negra de pasta dura en la que esconde decenas de libros de cuentos infantiles y otros más de Gabriel García Márquez. La bautizó ‘La maleta mágica’ y con ella termina, varios días de la semana, sentada en parques, hospitales públicos y colegios de todo el oriente caleño para hacer promoción de lectura con jóvenes y niños. Dentro de la maleta —muestra— hay una chaqueta negra, un sombrero de arlequín y unos zapatos de colores. Es el atuendo que luce Olga Lucía para personificar a Rin Rin Renacuajo, el célebre personaje de Rafael Pombo que sale en las mañanas “muy tieso y muy majo”.De esa labor callada se enteró, hace cerca de un año, Francisco Bolaños, asesor de Planeación de BiblioTEC, una entidad que trabaja en la ciudad por el mejoramiento y dotación tecnológica de las bibliotecas públicas. Fue Francisco quien postuló, en abril pasado, a Olga Lucía al premio Nacional de Bibliotecas, creado este año por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional. “Más que una bibliotecóloga o gestora cultural, Olga Lucía es una líder comunitaria que entendió que una biblioteca, más que un sitio para prestar libros o simplemente leer, es un lugar de encuentro para los vecinos. Lo valioso es que nadie le pidió que lo hiciera. Pronto comprendió que era la manera más eficaz para que la gente de Desepaz se apropiara del lugar y lo cuide como sucede hasta hoy”. El fallo del jurado se conoció hace un par de semanas: allí se lee que esta caleña de figura pequeña y rostro dulce quedó en el tercer puesto, gracias a varios programas impulsados por ella. Porque por esta biblioteca pasan abuelos que se dedican a contarles cuentos a los más chicos; pasan jóvenes de todos los estratos, los domingos, que se reúnen a hablar de videojuegos, anime y cosplay; pasan muchachos que estudian música y encuentran en el lugar libros especializados.Son, acaso, otros de esos milagros que Olga Lucía Ramos sabe bien que ocurren todo el tiempo en este rincón de Desepaz. Aquí donde el señor Andelfo se hace feliz leyendo las noticias del día. Aquí donde Sebastián va siguiendo con su pequeño dedo índice la vida de ese chico de gran copete llamado TinTín, que camina por el mundo viviendo aventuras con su perro Milú.

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