"Cali fue la vanguardia de las artes plásticas en los años setenta": Katia González

"Cali fue la vanguardia de las artes plásticas en los años setenta": Katia González

Mayo 04, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa | Editora de GACETA

Inmune a la nostalgia que solemos sentir los caleños por esa ‘diosa’ Cali de los años setenta, una investigadora barranquillera se empeñó en desvelar qué hubo detrás de ese boom artístico que explotó por esos días en la capital del Valle. La respuesta suena sensata: la cinefilia -esa pasión desbordada por el cine- permeó a una generación de artistas que aprendió a ver de otra manera. Ciudad de 'mirantes'.

La Cali que Katia González conoció a finales de los años noventa ya poco tenía que ver con ese sueño atravesado por un río que alguna vez describió Carranza. En realidad, la ciudad se parecía más a un mal sueño, uno lleno de nostalgia que iba camino de una profunda agonía.Eso era, al menos, lo que percibía en aquellas tertulias a las que asistía en compañía de su pareja, el agudo cronista y escritor caleño Arturo Alape, con quien solía visitar a grupos de artistas y escritores que se habían quedado en la ciudad no tanto para proponer nuevos rumbos sino más bien para añorar un pasado que le provoca envidia al presente. Maestra en artes plásticas, Katia se preguntaba entonces qué había sido de esa época brillante en la que Cali figuraba no solo como epicentro de las artes gráficas en el país sino a la vanguardia en América Latina. “Yo descubrí a Cali tardíamente y es una lástima. Porque fui de las que leyó ‘Que viva la música’ en el colegio e hice de Andrés Caicedo un mito. Pero las cosas se dieron así, de la mano de mi pareja, muchos años después, y fue el momento de preguntarme qué había motivado esa ebullición en el arte de Cali en los años setenta. Por qué esa particular mirada de ciudad, tan urbana, coincidía en ámbitos artísticos tan diferentes como la literatura, el dibujo, la fotografía y el documental?”, explica. Para entonces candidata a una maestría en historia y teoría del arte, Katia se dejó seducir por esos ‘años maravillosos’ de Cali y, tras una investigación juiciosa —sumergida en bibliotecas frente a pilas de documentos escritos y audioviusales, más una decena de entrevistas con protagonistas de la época— llegó a una conclusión que, más que sorprendente, hoy resulta sensata: el papel fundamental que la cinefilia jugó en las diferentes manifestaciones artísticas de la ciudad. Sin esa pasión desbordante por ver, por hacer y entender el cine, por “mirar” de otra manera, las artes quizá habrían sido otra cosa en la ciudad.Su investigación, titulada ‘Cali, ciudad abierta, arte y cinefilia en los años setenta’, acaba de ser publicada por el Ministerio de Cultura como parte de la Convocatoria de Estímulos 2012 y será presentada en la Feria del Libro de Bogotá el próximo 8 de mayo. Durante una breve visita a Cali donde entregó las primeras copias, hablamos con Katia sobre este proceso. Katia ¿cuál es el disparador de su investigación?Los años que compartí con Arturo Alape fueron fundamentales para acercarme a Cali y para interesarme en el movimiento artístico de la ciudad. Sin embargo, fue un documental que vi por televisión sobre Ciudad Solar lo que disparó mi interés en el fenómeno ocurrido en la ciudad en los años setenta. Recuerdo que aparecía Miguel González frente a esa vieja casona de La Merced hablando de lo que había sido ese centro cultural y para mí fue una especie de revelación porque no tenía idea qué había sido. Gracias a Alape entré en contacto con Pakiko Ordóñez y Hernando Guerrero y empezó una investigación que luego crecería muchísimo más allá de la misma Ciudad Solar. ¿En qué sentido creció?Yo ya tenía cierta cercanía por los procesos artísticos de Óscar Muñoz, Fernell Franco y Ever Astudillo, quienes en 1979 habían realizado una exposición de dibujo y fotografía en La Tertulia con una mirada muy urbana en la que la ciudad era su eje temáticos: la calle, la cuadra, los interiores de los inquilinatos, las prostitutas. No en vano, eran llamados la generación urbana, y eso me interesaba. Sin embargo, de los tres, había decidido investigar la obra de Astudillo porque era el que menos visibilidad había tenido. Yo siempre me he inclinado por mirar lo que queda al margen, lo que no se ve, lo que las historias del arte no le han dado mucha relevancia y en ese sentido Ever Astudillo resultaba interesante. Así que tenía la posibilidad de unir ambos trabajos. Pero resulta que en una sentada de dos días en la videoteca de Cali, descubrí esa producción documental impresionante de la ciudad que sentí que no podía dejarla por fuera. Así que escogí ‘Oiga Vea’, el documental que Luis Ospina y Carlos Mayolo hicieron sobre los VI Juegos Panamericanos desde una posición crítica, mirándolo como un evento que excluyó a buena parte de la ciudad. Cuando reuní estos tres aspectos, supe que allí había algo por descubrir. Y eso que descubrió es la cinefilia, una pasión desbordante por el cine que permeó muchas expresiones artísticas de Cali. ¿Cómo se dio?Por un lado, el cine era el pasatiempo de la época de quienes nacieron en los años cincuenta. No había internet y muy poca Tv. El caso de Ever Astudillo es muy revelador. Dueño de una memoria magnífica sobre su ciudad y su infancia en el Saavedra Galindo, él se acuerda de películas, directores y actores de esos años. Pero, claro, si a unas pocas cuadras de su casa le quedaba el Teatro María Luisa, a otras tantas el Belalcázar, que hacían parte de su cotidianidad y que luego dibujaría con tanta maestría. Algo curioso es que él nunca me habló de sus referentes artísticos, cosa que es común con los artistas contemporáneos. Luego entendí que su referente había sido el cine mexicano. Y es esa estética del cine, con películas como ‘Chucho el remendado’ o ‘Quinto Patio’, que se ve en su obra. Luego están los que hacen cine. Usted tuvo la fortuna de hablar con Carlos Mayolo antes de su muerte. ¿Qué papel jugó su visión en esta investigación? Fue fundamental, a pesar de haber sido un Carlos Mayolo que ya estaba en sus últimas. Fue él quien me ayudó a aprender a ‘mirar’ a Cali. Quienes lo conocieron saben que él tenía esa cosa poética con el paisaje, pero más allá de eso, me puso en el ejercicio de venir a Cali en las tardes a aprender a ver la ciudad. Me decía: “Viva la ciudad, no se ponga en esa distancia, hay cosas que tiene que sentir”. Y así fue. En esa Cali de la luz y la penumbra entendí por qué la cultura cinematográfica de esa generación es brutal. ‘Oiga Vea’, por ejemplo, es el inicio de un trabajo que harían conjuntamente Mayolo y Ospina a lo largo de muchos años y que estimuló en otros artistas la mirada crítica sobre la ciudad. Usted también menciona la importancia del cineclubismo...El cineclubismo fue crucial. Y por supuesto Andrés Caicedo. Los boletines de Ojo al Cine fueron unos dispositivos tremendos de formación de público, ya quisiéramos que hoy existiera algo así. Eso marcó una escuela de autoformación y permitió, entre otras, la influencia del cine negro, la nueva ola francesa, el cinema verité y autores como Bergman, Buñuel y Fellini en las películas de Ospina y Mayolo y de otros tantos. ¿Le aportó algo la figura de Andrés Caicedo a la investigación?Como dije, yo ya conocía su obra, pero me enfoqué en leer su crítica de cine, a desentrañar cómo es que este hombre tenía esa erudición y lograba armar esos análisis. Y lo lograba porque se dedicaba a ver cine dos o tres veces al día, luego escribir y finalmente discutir sobre cine. Era una escuela de formación. Allí surge mi hilo conductor: la cinefilia, que es esa pasión desbordante por el cine, por conocerlo todo, por saberlo todo, que define la ruta de varias generaciones, cada uno desde su lugar: Ever desde el sur oriente, Ciudad Solar desde La Merced y Ospina y Mayolo como representantes de la burguesía. Así, temas como la noche, el hampa, las prostitutas, los billares, la vida nocturna, el miedo atraviesan toda esta generación en sus distintos formatos: el dibujo, la fotografía, el cine y las letras. Y a su vez, esas luces y esas penumbras presentes en el arte van generando en el espectador la forma de ver la ciudad, la ciudad de los olvidados.Este libro tiene un valor adicional y es la reinvindicación de la provincia o de la región como protagonista de fenómenos culturales y políticos...El solo hecho de hablar de región ya es un acto político en Colombia, un país en donde lo que no pasa por la capital no existe. Y eso para mí es importante pues también vengo de una región. Pero quizá lo más interesante de esta época en Cali, es que antes de intentar conectarse con la capital, Cali logró conectarse con América Latina. Cali fue, sin duda, la vanguardia de las artes plásticas en los años setenta. Luego vendrían los terribles años ochenta, el narcotráfico, el éxodo de artistas, la nostalgia. Sin embargo, hoy se siente un resurgir en los procesos artísticos en Cali. ¿Qué percepción tiene usted? Desde la creación de Lugar a Dudas Cali ha vuelto a estar en la mira internacional. Acabo de llegar de Buenos Aires y el sueño de muchos artistas allá es venirse a una beca de residencia en Cali. ¿Por qué? Han hecho las cosas bien: se han conectado con curadores de talla internacional importante, hacen convocatorios, están vinculados con las dinámicas de ciudad. Pero es increíble que la administración local no los apoye, ni la empresa privada.Es que a Cali le falta superar eso de echarle la culpa de todo al narcotráfico; ese nunca fue el problema. Para mí, la culpable ha sido la burguesía caleña que se ha mirado a sí misma para beneficio personal, no como los empresarios de Antioquia que cierran filas en torno a sus artistas para beneficio colectivo. Ya es hora de que superen eso.

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