Cali es la meca del ballet: estos son los sacrificios de los bailarines caleños

Cali es la meca del ballet: estos son los sacrificios de los bailarines caleños

Junio 10, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Camilo Osorio Sánchez | Reportero de El País

En el marco del Festival de Ballet de Cali 2015 aprovechamos para mostrar el esfuerzo de los bailarines ejemplares que hacen enormes sacrificios antes de salir a escena. ¡Buena esa caleños!

[[nid:302184;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2014/06/bailarines-ballet-734.jpg;full;{Dos de los mejores bailarines de Incolballet narran la historia de sus sacrificios para triunfar en un arte exigente. ¿Qué comen? ¿Cómo se cuidan? Conozca la historia de estos apasionados del ballet.Periodista: Camilo Osorio Sánchez, Videografo: Álvaro Pío Fernández}]]

Ya había sonado el tercer timbre del teatro y algunos seguían entrando, buscando el número de su silla y tratando torpemente de desactivar el sonido del celular. El telón ya estaba arriba y la bailarina, en la mitad del escenario, danzaba lentamente al son del silencio, aunque algunos seguían tosiendo y contestando mensajes de texto.

La coreografía se tomó 40 minutos de una rutina sin descanso entre saltos, prolongados estiramientos del cuerpo y suspensiones en el aire. Algunos se fueron después de unos minutos de aplausos, aunque ellos ya completaban ocho horas en ese lugar para mostrar un espectáculo impecable. Por eso para ser un bailarín de ballet se necesita ser puntual, ensayar el repertorio con horas de anticipación y ser cuidadoso con su vestuario. La dedicación es una ley inquebrantable, así ese sea un día festivo, su cumpleaños o la fecha de un importante compromiso.

“Mientras todos descansan, los artistas trabajan”, dice Andrea García Cáceres, bailarina solista de la Compañía de Incolballet. Pero compartir con la familia y los amigos es solo uno de los primeros tachones de la lista de sacrificios de un bailarín, entre los que también se enumeran decirle no a una cerveza, alejarse de una hamburguesa y rechazar un Mcflurry.

Las grandes subidas de pierna o los imparables giros, son otro gran desafío. Leonardo Ramírez, bailarín de la primera categoría de la Compañía afirma que no tiene las condiciones físicas para este arte, en comparación con “superbailarines” como Fernando Montaño o Carlos Acosta. Pero la práctica diaria desde sus 8 años le ha permitido desafiar las reglas del ballet y lograr aplausos en escenarios holandeses, alemanes y hasta rusos. A veces le duele el sacro y siente fatiga en las piernas, pero es un dolor con el que ha aprendido a convivir y que olvida cuando recuerda que en el escenario es feliz.

Esas leyes también jugaban en contra de Andrea. De niña bailaba tanto que su mamá decidió inscribirla a Incolballet y sólo aprobó una de las tres pruebas de aptitud que se necesitan para ingresar. Mide menos de 1.70, no tiene el cuello largo, ni largas piernas, pero insistió tanto que venció el rechazo y se transformó en bailarina solista de la Compañía. Entre los sacrificios de su lista, cuenta que alguna vez tenía las zapatillas tan rotas que su mamá tuvo que arreglarlas con esparadrapo hasta dejarlas presentables, pues no contaba con dinero para comprar unas nuevas.

“Las zapatillas de ballet colombianas son muy duras y cuestan cerca de $100.000, pero una bailarina las acaba rápidamente. Por zapatillas más suaves y de mejor calidad, traídas del extranjero, pagamos cerca de $250.000, cuando en compañías de otros países las regalan”, cuenta Andrea.

En Incolballet, la única institución del país que combina la formación secundaria con la enseñanza del ballet, el 94% de los estudiantes vive en barrios de estratos 1, 2 y 3 de Cali. Muchos de ellos necesitan de padrinos que apoyen su destreza en un arte que antes solo bailaba la nobleza, recurso con el que pagan las zapatillas, la alimentación y hasta el bus que los lleva desde sus barrios, hasta el kilómetro 4 de la vía a Jamundí, donde queda la sede.

El año pasado, Incolballet tuvo dificultades para funcionar por la tardanza en el desembolso de recursos. Pero no fue este un obstáculo para seguir adelante.

Hoy, sus bailarines siguen bailando más de seis horas diarias, seis días a la semana, sin descanso, cuando futbolistas como Cristiano Ronaldo entrena tres horas de cinco días a la semana y se reclama 12 horas sagradas de descanso. “Si se acabara Incolballet se acaba mi sueño”, explica Leonardo, “tendría que salir del país a audicionar, porque en Colombia no hay otra compañía como esta”. 

Por Incolballet Leonardo es un gran bailarín, ha conocido más de 4 países y también ha logrado comprarse un carro. Por esta institución hay más de 46 vallecaucanos bailando profesionalmente en varios países del mundo. Y entre los más de 225 egresados, hay otros como Andrea que decidieron quedarse en Cali, para enseñarle a bailar a los que acaban de aprender a caminar.

“Sin embargo es triste que los teatros no se llenen, ni cuando se regalan las boletas”, dice Andrea, pues “durante las presentaciones de la compañía en otros países, la sala está completa”.

El año pasado, el Festival Internacional de Ballet logró convocar a bailarines de 13 países para conquistar a Cali con clásicas sinfonías y músicas contemporáneas, y lo han logrado poco a poco. Al final de la función el público aplaude hasta el cansancio, algunos absortos por enterarse que Cali es potencia en ballet desde hace más de 35 años. Por eso el verdadero sacrificio es seguir bailando.

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