Azuquita pa' mi gente caleña: conozca más sobre la tradición de las macetas

Azuquita pa' mi gente caleña: conozca más sobre la tradición de las macetas

Junio 30, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Paola Andrea Gómez | Jefe de Información de El País

"Durante un par de semanas y justo por estos días, aparece el maguey (una base proveniente de la flor de la cabuya) tupida de papelillos de colores y en la cima, el ringlete, esa caleñísima expresión con que llamamos a los molinos de papel, que se mueven con el viento".

La Negra María fue la primera portadora de la tradición. Hasta su casa, en el barrio San Antonio, llegaron San Pedro y San Pablo, en un final de junio del Siglo XIX. Ese día le enseñaron que si moldeaba una mezcla donde el azúcar es la reina, era posible darle vida a curiosas figuras, que al colorearlas se convertirían en la alegría de los niños de la época.Pero claro, debía preservar ese ritual sólo para las fiestas de los ahijados y explicarles a los padrinos que ésta era la forma perfecta de congraciarse con esos niños que cargaron en la pila bautismal.La leyenda de la Negra María es quizás una de las más fuertes que se conoce sobre el nacimiento de la que es sin duda la más auténtica tradición de nuestra tierra: la maceta. Tradición que ha viajado por más de un siglo y que en un abrir y cerrar de ojos, siempre al final de junio, aparece como el más bello elemento decorador de nuestro paisaje. Como los guayacanes y los gualandayes que tapizan en febrero y septiembre las calles de la ciudad. Como los farolitos de Navidad. Así, durante un par de semanas y justo por estos días, aparece el maguey (una base proveniente de la flor de la cabuya) tupida de papelillos de colores y en la cima, el ringlete, esa caleñísima expresión con que llamamos a los molinos de papel, que se mueven con el viento. Prendidos del maguey están los reyes de la fiesta: los alfeñiques. Algunos preservan su más genuina presentación, en círculos ascendentes, mientras otros adquieren formas como la pitufina o el león de Madagascar, para atrapar la atención de los niños. Los más ortodoxos, los que veneran la maceta, no perdonan la piña, un dulce gordo y grande, que es sin duda antiquísimo en el manjar de los ahijados.Hace un par de días me llamó mi padrino Héctor Caicedo a decirme que si quería maceta. Entonces volvieron a mi memoria decenas de recuerdos de infancia, donde ella estuvo presente. Me vi por un momento corriendo en el patio con el ringlete para hacerlo girar. O disfrutando la delicia de sentir cómo el dulce se deshacía en mi boca. Hasta sentí el dolor de barriga, por alguna sobredosis del mecato sin igual.Recordé también las veces en que lloré cuando no aparecía. Y muchos años después, la sonrisa burlona de mi comadre, al ver que de manera imperdonable, mientras mi ahijado era muy niño, le entregaba su maceta. Ella no creía mucho en el ritual, pero a mi ahijado le encantaba.Hoy espero ansiosamente que aparezca la maceta de mi hijo. Y lo llevaré al Festival de Macetas, que este fin de semana florece en distintos rincones de la ciudad. Lo haré porque creo y quiero esta tradición, que evoca la pujanza de los corteros en los cañaduzales, la dulzura de las matronas maceteras, la alegría y el don de gentes que nos distingue. Eso también tiene que ver con nuestro fruto dulce.Y sé que los caleños de raza, aquellos a los que nos corre azuquita por las venas, sabremos conservar una tradición que hoy busca convertirse en Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Entonces, el esfuerzo de la Negra María y de tantos padrinos caleñísimos habrá valido la pena.

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