“Aún no tenemos el país que nos merecemos”: William Ospina

Diciembre 01, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros I Periodista de GACETA
“Aún no tenemos el país que nos merecemos”: William Ospina

Después de la trilogía de ‘Ursúa’, ‘El país de la canela’ y ‘La serpiente sin ojos’, Ospina regresa al ensayo.

El poeta, novelista y ensayista estuvo en Cali presentando su más reciente libro, un ensayo que reconoce haber escrito con más indignación que el ya célebre ‘¿Dónde está la franja amarilla’’. Diálogo con un intelectual que no pierde la fe.

La vieja Colombia murió el 9 de abril de 1948, la nueva no ha nacido todavía. De eso está convencido el escritor William Ospina.Las razones de esa creencia, de ese pálpito de que “aún no tenemos el país que nos merecemos” atraviesan las páginas de ‘Pa que se acabe la vaina’, ensayo que confiesa haber escrito con mayor indignación que ‘¿Dónde está la franja amarilla?’, que vio la luz hace ya 17 años.El título lo tomó prestado del vallenato más celebrado de todos, ‘La gota fría’, que nos entrega una historia en la que los juglares Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta se miden en un épico duelo de versos.William encontró así una manera de rendir homenaje a la cultura popular y a una fe secreta como autor: en Colombia “tarde o temprano lo que era guerra aprenderá a ser diálogo, lo que era violencia aprenderá a ser exigencia y reclamo, lo que era silencio podrá convertirse en relato”.GACETA conversó con él durante su reciente visita a Cali. Hace 17 años usted publicó un ensayo que marcó a toda una generación. Después de tantos años, ¿seguimos sin encontrar nuestra franja amarilla?Debo reconocer con tristeza que la razón por la cual ese libro aún sigue leyéndose es que el país no ha cambiado en estos 17 años. Creería, más bien, que los males que señalaba se agudizaron. La dirigencia sigue siendo la misma, igual de egoísta y mezquina con el pueblo. Y la mayoría de colombianos siguen en una pobreza igual o mayor. La gran paradoja es que cuanto mayor crecimiento económico hay, mayor es la pobreza. La violencia tampoco da tregua. Y, mientras eso pasa, vivimos en un Estado que no le facilita la vida al ciudadano sino lo está hostilizando permanentemente: le exige mucho en términos de control social e impuestos y le entrega muy poco a cambio: ni seguridad, ni salud, ni educación.Será por eso que en ‘Pa que se acabe la vaina’ uno siente a un William Ospina más indignado...Sin duda. El tono con que está escrito tiene más indignación, también más urgencia y convocatoria a una reacción decidida de los ciudadanos para ver si la franja amarilla por fin aparece.Usted venía de una larga trilogía de novela histórica y regresa al ensayo, que parece el género de sus afectos, después de la poesía.Ni cuando escribo novela abandono la poesía, ni cuando hago poesía abandono el ensayo. Libros como ‘¿Dónde está la franja amarilla?’ y ‘Pa que se acabe la vaina’ me dan felicidad porque logran que la gente, especialmente joven, regrese al ensayo, género que no se lee mucho. Es que como escritor e intelectual me siento responsable de proponer temas de reflexión; siento que nuestra labor consiste también en poner la capacidad de escribir al servicio de la búsqueda de un país mejor. Tal vez su acierto es haber ‘desacralizado’ un género que siempre parece encadenado al rigor del pie de página... Yo agradezco que se tenga esa mirada porque hay un esfuerzo de mi parte en eso. Un escritor, decía Borges, tiene la obligación de no ser aburrido. Si un libro no es ameno, así tenga muchas virtudes carece de la más importante. Por eso, Borges hablaba también de la “sencilla complejidad” con la que deben escribirse algunas cosas. Y el ensayo, en un tiempo como este, que tiende a trivializar y volver frívolo todo, es una necesidad. Hay una frase potente en este libro: “La vieja Colombia murió el 9 de abril de 1948: la nueva no ha nacido todavía”. ¿Por qué hemos postergado tanto esa tarea?Una de las cosas que descubrí escribiendo este libro es que todos los países de América Latina que fueron fundados sobre el discurso liberal de la Revolución Francesa, en realidad lo usaron como señuelo para lograr la Independencia, pero no porque fueran países modernos. Todos necesitaban hacer grandes reformas liberales, como la hizo México, a finales del Siglo XIX con Benito Juárez, como la hicieron Roca e Yrigoyen en Argentina y Eloy Alfaro en Ecuador. Pero a Colombia nunca llegó. Aquí ha habido gente que se ha llamado a sí misma liberal, pero no ha hecho esa reforma y a veces, por el contrario, fue más conservadora que los conservadores. En 1930 por fin el liberalismo propuso una que incluía distribución de la tierra, educación, productividad y el país se llenó de ilusiones. López Pumarejo la llamó Revolución en Marcha. ¿Y qué truncó ese entusiasmo?Se olvida que en 1938 subió al poder Eduardo Santos y decretó una pausa de esa reforma. Y cuando el país se dio cuenta su indignación fue enorme, sintió que los liberales abandonaban la causa. Gaitán lo que logra es despertar entusiasmo popular alrededor de esas reformas liberales, pero el 9 de abril frustró de nuevo ese sueño. Entonces la realidad es que llevamos en pausa 65 años y girando alrededor de una violencia cada vez más atroz....Por eso es que esa nueva Colombia no ha nacido aún...Claro, porque las grandes reformas que han tenido que hacerse no ocurrieron. Y el precio de no haber iniciado esa tarea es una seguidilla de violencias, criminalidad, narcotráfico, corrupción y un Estado que, impotente, cree que solo con armas solucionará los problemas. Por eso este país que tenemos no es el país que merecemos. William, este libro plantea una verdad a gritos: nos hemos pasado mucho tiempo buscando responsables de nuestros problemas, pero no soluciones...Es que quizás por nuestra formación religiosa no solemos buscar causas sino culpas. En este libro planteo que la verdadera responsable de todo es una dirigencia que no le ofrece caminos a la gente, que empuja a millones de colombianos al delito y la marginalidad. Esos muchachos que andan atormentando las barriadas de las grandes ciudades serían otra cosa si hubieran tenido oportunidades. ¿No será, más bien, que hemos esperado demasiado de nuestra dirigencia?Sí, es verdad. La gente se la ha pasado esperando a que quienes tienen el poder les hagan el favor de transformar al país. Y es lógico: los que tienen privilegios y oportunidades y se lucran del Estado deberían tener la iniciativa de cambiar las cosas. Pero, no, lo que hacen es encarar con torpeza el progreso: aquí, por ejemplo, llegan los autos, pero no las carreteras. Pero, siento que algo está cambiando, que hay un nuevo pueblo que está emergiendo y buscando su propia luz. Muchos ya entendieron que ese papel de tomar la iniciativa les corresponde a ellos.Este libro vuelve de nuevo la mirada sobre una de sus grandes preocupaciones: la falta de identidad latinoamericana...Todas mis reflexiones sobre este continente tienen que ver con quiénes somos y cómo se formó nuestra identidad. Ha habido un esfuerzo persistente por negar lo indígena y lo africano. Otros han negado el aporte español. No hemos entendido que esta es una época en que las culturas dialogan y se mezclan y el mundo no camina hacia ningún tipo de pureza racial ni étnica. Es más, los mestizajes son el futuro y nos preparan para enfrentar ese mundo de diálogos complejos. Lo que sucede es que no somos uno de esos países donde predomina un rasgo del continente: en Argentina predomina el legado europeo; en México y Bolivia, lo indígena, en Brasil, lo negro y mulato. Pero en Colombia, como somos tan mestizos, nos miramos y no terminamos de sentirnos de ninguna tradición. ¿Por qué nos cuesta tanto?Es que la élite que dirigió al país siempre se creyó blanca europea, de humor británico y de muebles vieneses y eso deformó la identidad y negó las civilizaciones que había antes de que llegara Europa. Aquí hemos divinizado mucho la Conquista, mientras en México es difícil hallar una estatua de un conquistador. Esa es la razón por la cual no se valoran las tradiciones indígenas y negras. Lo que creo es que debemos tener una lectura más compleja de lo que somos para enriquecer nuestro diálogo con el mundo. Llama la atención el título de este libro, robado del vallenato más célebre de todos: ‘La gota fría’... Había pensado inicialmente ‘Yo sueño un país’, que tiene parentesco con una frase de Martin Luther King y que alude a una frase de ‘¿Dónde está la franja amarilla?’. Pero, por el tono de indignación con que está escrito, decidí tomarle prestada esta frase a Zuleta y su ‘La gota fría’, quizá para eludir ese estilo grandilocuente y retórico de la dirigencia colombiana que usa frases ampulosas y falsas como ‘las instituciones republicanas’, ‘el tercer debate’, ‘la cuarta instancia’. A nuestros políticos siempre les ha parecido más importante la grandilocuencia de lo que dicen que realmente lo que están diciendo para fascinar a su electorado. ‘Pa que se acabe la vaina’ es también una manera de rendir homenaje al lenguaje y la cultura popular, tan menospreciada en otra época. Fíjese que en los grandes salones de Barranquilla estuvo prohibido por años que se tocaran porros, pues se creía música del populacho. En vez de eso, le hacían venía a las grandes orquestas internacionales. Tuvieron que gritarnos desde el exterior que nuestro vallenato era valioso para que nos sintiéramos orgullosos. Más allá de la jocosidad de la letra, ojalá esa frase de ‘La gota fría’ algún día se nos haga realidad y se nos acabe esta vaina y al fin tengamos el país que nos merecemos.

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