Así es Mónika Herrán, la fotógrafa que salió del cuarto oscuro

Noviembre 10, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Por Beatriz López y Aura Lucía Mera, especial para El País
Así es Mónika Herrán, la fotógrafa que salió del cuarto oscuro

Mónika Herrán, autora del libro ‘Cuarto Oscuro, Cuarto Claro’, que compendia su trabajo fotográfico de 30 años.

La artista acaba de lanzar el libro ‘Cuarto Oscuro, Cuarto Claro’, que compendia su trabajo fotográfico de 30 años y en el cual se capta no solo la gran influencia del pintor Pedro Alcántara, sino su su proceso evolutivo tras la lente.

Almas gemelas

Jamás pensaron Pedro Alcántara y Mónika Herrán que sus vidas se juntarían para siempre en Medellín, durante la Bienal de Coltejer en 1981, cuando se vieron por primera vez, a pesar de existir un fuerte lazo genético que los unía: ambos eran hijos de dos hermanos gemelos, biznietos del presidente de Colombia, general  Pedro Herrán Martínez de Zaldúa (1841-1845) y de Amalia Mosquera de Arboleda (hija del general Mosquera). Pedro la vio, le tomó la mano y desde entonces ese amor, casi incestuoso, fue sublimado a través de la pasión por el arte. 

Han vivido experiencias traumáticas como cuando salieron del país, a raíz del asesinato de Bernardo Jaramillo en 1989. El General Bonnet aconsejó a Pedro que se fuera de inmediato del país porque su vida estaba en peligro. El pintor, ganador de cinco bienales nacionales,  no solo pertenecía al Comité Central del Partido Comunista sino que era Senador de la República en representación de la UP. 

Vivieron dos años largos en Alemania y Portugal. Estando en Europa, de la embajada de EE. UU. le informaron a la familia, en Cali, que la visa de ambos había sido cancelada.    

En agosto de 1992, cuando Pedro estaba a punto de cumplir 50 años, la pareja regresó a Colombia.  Entonces pudieron hacer su vida normal, “sin chaleco antibalas, sin escoltas, sin Policía, sin Das y sin F2”, y caminar tranquilos a un teatro del centro, donde viven hace mas de 20 años.

Conocen cerca de 35 países y Mónika recuerda el día en que se quedaron en un desierto africano, metidos en un carro, mientras una tormenta de arena casi los sepulta, o la vez que en Varsovia corrieron varias cuadras  para escapar de las bombas lacrimógenas que lanzaron los tanques rusos contra los manifestantes católicos que llenaron las calles de rosas y velas. También fueron testigos de la caída del Muro de Berlín. 

Ella viajó cuatro veces a Cuba, y  la última vez lo hizo  con su profesor y tutor Fernell Franco, de quien aprendió muchos secretos del oficio de la fotografía. Durante un Festival  de Cine, tomando fotos por el Malecón, llegaron a un sitio vedado. La Guardia Civil  cubana les decomisó los rollos y casi los dejan presos. 

Frente fotográfico

En los años 80 se creó el grupo Frente Fotográfico, integrado por Mónika, Silvia Patiño, Beatriz Torres y Mercedes Sebastián (quien murió de 50 años, víctima de un cáncer). “Yo andaba trabajando muchísimo en la fotografía experimental”, recuerda Mónika. 

Las integrantes del Frente Fotográfico  fueron invitadas a varias exposiciones en Cali: en la Cámara de Comercio y el Museo de Arte La Tertulia. En 1988  su trabajo fue expuesto en Berlín, durante la exhibición de Fotografía Contemporánea Femenina de Colombia. Entre todas las fotos, los alemanes escogieron una de MóniKa, la de “Adriana embarazada”, que quedo como el afiche de la exposición.

En esa época Fernell Franco la nombró su Asistente en el laboratorio de Fotografía. Cuando García Márquez gano el Nobel, Hernando Guerrero trajo 40 rollos del evento y Fernell la puso a prueba. “Sudé sangre con la angustia de que se me fuera a dañar alguno rollo, pues ese material era histórico”. El trabajo quedo perfecto. “Tuve una experiencia muy linda al trabajar con él, era muy callado y había que interpretar sus silencios”.

Además, Fernell le enseñó a colorear con lienzos las fotografías. “Me invente una técnica que era pasar los contrastes de la película ortocromática que hacía que los negativos se pasaran a alto contraste, o sea que los grises desaparecieran. En eso trabajé casi 10 años con el grupo de mujeres del Frente Fotográfico”.

A su regreso a Cali, Mónika incursionó en el cine. Interpretó a la Virgen en ‘La Virgen y el fotógrafo’, de Luis Alfredo Sánchez, con Amparo Grisales como antagonista. Después participó en la toma de fotos en la filmación de ‘El día que me quieras’, de Sergio Dow y ‘A la salida nos vemos’, de Carlos Palau.

Un testimonio vital 

[[nid:592727;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/11/cuarto_oscuro.jpg;full;{Jorge Orozco l El País}]]

‘Cuarto Oscuro, Cuarto Claro’ es más que un libro de fotografías. Es el testimonio vital de una mujer que como diría García Lorca “está poseída por el duende”, ese intangible que toca de vez en cuando a seres que se salen del molde.  No solo es técnica y disciplina.

Cada foto es onírica, nos cuenta un cuento y podemos fantasear con ella. Hace volar la imaginación. ‘Enfoque Natural’ lleva un mensaje implícito en cada hoja, cada flor, no solo es el lente experto que captura el objeto sino la invitación a que nos cuente historias.}

La concepción ‘Cuarto Oscuro Cuarto Blanco’ duró dos años y medio hasta llegar a la impresión en Ingeniería Gráfica S.A. y su lanzamiento  se lleva a cabo en Proartes y en la Biblioteca Departamental.

El libro empieza con unos epígrafes y con el texto biográfico que escribió Pedro sobre Mónika, donde narra con lujo de detalles los periplos de su vida, entrelazados con los de él, y que están visibles en los distintos capítulos del mismo: Campos Visuales, la Cocina, Espectros sensoriales o la Mirada del otro. Cada foto es una experiencia individual. Esos Nudos, esas Manchas esas imágenes de Pance con las señoras gordas que se bañan confiadas y se volvieron sus amigas los fines de semana, cuando iba a tomarles fotos. 

Mónika cita en su libro una frase de Baruch Spinoza: “No podemos conocer a nadie más que por sus obras”.  Y es, hojeando y volviendo a mirar cada fotografía, como  descubrimos a la mujer que, al nacer, estuvo marcada por pinceladas del destino que la llevaron a experimentar la magia de los colores, de los atardeceres, de aventuras diferentes y de ese caminar haciendo camino. Se fue forjando golpe a golpe, verso a verso este ‘Cuarto Oscuro-Cuarto Claro’, una obra que sobrepasa los cánones rigurosos de un libro de fotografías y  catapulta hacia lo misterioso, hacia esas sensaciones que van más allá del lenguaje escrito, porque cada imagen es una historia completa.

¿Cómo fue el proceso del libro? 

Desde diciembre de 1979 estoy tomando fotos, negativos analógicos, es decir, con las cámaras de antes con procesos químicos, hasta el 2001, que me pasé al sistema digital. Tenía todo guardado con mucho rigor. Lo primero que hice fue escanear en alta resolución  los negativos, teniendo ya los negativos digitalizados.

Nunca trabajé con guantes, por eso mis manos están tan desbaratadas.  Ahora, con el Photoshop lo que yo hacía en 6 horas se hace en 30 segundos. 

Saqué copias en tamaño postal de todo el material,  e hice la primera selección. Cuando me di cuenta de que estaba saturada de imágenes llamé a un queridísimo amigo, experto en artes visuales, Germán García, y lo nombré mi curador. Pusimos las fotos en el piso y él empezó a separarlas por temas, y quedó conformado el primer equipo de trabajo: Germán, Pedro y yo. Buscamos  un diseñador con buen criterio y  apareció Juliana Jaramillo, hija de Florencia Buenaventura, una de las mejores diseñadoras de Cali. Le dimos unos trazos de lo que queríamos y conformamos  el diseño general del libro, que quedó impecable.

De Acapulco a Medellín

Mónika Herrán Restrepo es hija de Rafael Herrán Olózaga, hermano gemelo del papá de Pedro, y de Blanca Restrepo Uribe, ceramista y escultora, mujer vanguardista, dueña del Taller de Cerámica ‘El Búho de Barro’, en Medellín, donde se reunía toda la intelectualidad de la década de los años 70 y 80. El abuelo fue Roberto Restrepo, casado con Irene Uribe. 

Rafael Herrán era químico y comerciante. Tenía sedes de su negocio en Panamá, Acapulco y Alemania. Mónika se crió en Acapulco desde los 6 meses hasta los 8 años.  “Vivía en pelota, solo con unos calzoncitos, metida en el mar. Los amigos de mi mamá me chocholeaban, era como su ‘pet’”.

El padre murió joven, dejando a Blanca viuda y con tres hijas. Hubo un terremoto en México en 1966, y el tercer piso donde habitaban se derrumbó. La Cruz Roja las rescató y las cuatro fueron a dar a Medellín donde el abuelo y la abuela Irene, quien se empeñó en que Mónika estudiara en un colegio bilingüe para que aprendiera el inglés, la matriculó en el Colombo-Británico.

Antes de hacer su carrera en Diseño Gráfico, y sin terminar el bachillerato, se fue a Venezuela “como para un año sabático”, y se quedó tres. Allá trabajó y se enamoró de un artista venezolano, nacido en Barinas. 

"Me tocaron las dos etapas con las cámaras análogas y las digitales. Cuando empezó la era digital lloré de tristeza de pensar que los rollos se iban a acabar”,  Mónika Herrán,fotógrafa.

Un amor simbiótico

¿Cuándo y dónde conoce a Pedro?

Fue en 1981. Él estaba con María de la Paz Jaramillo en ese momento. Durante la Bienal de Coltejer, en Medellín, Pedro me vio, me tomó la mano delante de ella y me dijo: “Usted va a vivir conmigo toda la vida”. Yo zafé la mano, muerta de la pena. Él  regresó a Cali y ese mismo día cogió una cajita de cartón donde metió sus cuatro pertenencias y le dijo a María Paz: “Que pena, me voy de aquí, porque conocí a mi prima hermana y  me quedo con ella”.

Todos los libros y los cuadros se quedaron en la casa de  ella y yo dejé la Universidad, a mi mamá, dejé todo y llegué a Cali donde no conocía a nadie sino a Pedro y a  su mamá,  Angelita Martínez, que me acogió con mucho cariño, como una mamá. Ella también fue una mujer de vanguardia.

¿Cómo ha sido la influencia de Pedro en la fotografía y en su vida?

Fundamental, sobre todo en literatura. He leído toda mi vida, desde la adolescencia, y me encontré con un compañero que ha leído mucho más. La literatura te lleva a todas las vertientes del arte, te abre el espíritu, la razón, te justifica y le lleva a dos mundos.

¿Cuáles han sido sus aportes en el transcurrir pictórico de Pedro? 

Lo curioso es que cuando yo lo conocí, él no pintaba a color, hacia caras imaginadas, desfiguradas, en blanco y negro, pero cuando  me conoce, es tanto el amor y tanto el enamoramiento que empezó a utilizar fotografías mías.  Hacíamos un collage con las imágenes de caras que yo tomaba, las imprimíamos en papel muy delgadito, lo pegaba con colbón sobre el lienzo y ahí empezaba a hacer sus retratos y cosas raras, ya con sus borrones y sus juegos inventados. Empezamos a trabajar en equipo y él introdujo la figura reconocida ya con caras e inició su era del color.

Y, ¿qué pasó con el Pedro político?

Estando en Portugal, renunció al Partido Comunista. No le interesaba la política, por razones que algún día se conocerán. Mandó una carta  al presidente del Partido, Gilberto Vieira,  renunciando a todos sus derechos, incluyendo su curul en el Senado por la Unión Patriótica, por 3 años. Eso cayó durísimo en el partido, porque era un militante ejemplar desde que llego de Italia, como pensador y como artista.

Nos despedimos de esta pareja que todavía se toma de las manos. Van a cine juntos, se emocionan con los atardeceres de los Farallones cuando los recorren en el “pichirilo” blanco,  y viven felices con sus dos gatos: Kaksi e Iksy (uno y dos en Irlandés).

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