Andrés Ospina desempolva la vida del periodista José Joaquín Jiménez

Noviembre 03, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de GACETA
Andrés Ospina desempolva la vida del periodista José Joaquín Jiménez

Ximénez en El Chico, restaurante del Greenwich Village de Nueva York. De izquierda a derecha le acompañan Bradley Kelly (director de arte cómico del King Features Syndicate); Lee Falk (dibujante de comics); y Joseph V. Connoly (presidente del King Features Syndicate y de su servicio internacional de noticias). 17 de agosto de 1943. Archivo de José Joaquín Jiménez Muñoz.

Diálogo. El periodista José Joaquín Jiménez logró, en su breve vida, la celebridad. Pero no precisamente de manera ortodoxa. Dueño de una fina prosa, no tuvo problema en crear personajes para sus crónicas. Tampoco en inventar la coincidencia de que todos los suicidas del Salto de Tequendama tuvieran en sus bolsillos poemas de un mismo vate. Hablamos con Andrés Ospina, autor de ‘Ximénez’.

Con su pelo ensortijado y una barba insipiente, Andrés Ospina recuerda que nunca fue un estudiante aventajado. Siendo muy joven, dice, estudiando literatura en la Universidad de los Andes, solía escaparse de clase para hacer algo que lo apasionaba más: sumergirse en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional para pasar tardes enteras hipnotizado por el olor a naftalina de los periódicos viejos. El asunto era casi un ritual: llegaba al mostrador y, de forma aleatorea, pedía un tomo de cualquier año, de cualquier mes, guiado solo por la curiosidad de descubrir cómo diablos habían vivido las gentes de esa pequeña Bogotá antes de que se hubiese convertido en urbe. El resultado, confiesa, nunca dejaba de sorprenderlo. Y fue justamente gracias a esas andanzas en el pasado, a través de hojas amarillentas y ajadas, que Andrés Ospina llegó a un personaje fascinante que terminó por seducirlo: José Joaquín Jiménez. O mejor, Ximénez. Ese nombre, escrito así, con X, era el que utilizaba un reconocido periodista bogotano que, entre 1932 y 1946, firmó las mejores crónicas judiciales de la época. Y ese nombre, también con X, es el título del libro de Andrés Ospina. Se trata de la historia novelada de quien fuera uno de los pioneros de la crónica en Colombia.No es la primera vez, hay que decirlo, que Andrés Ospina habla del pasado. Ya en su haber se cuentan historias como ‘El silbón’, una novela gráfica de terror para niños basada en una leyenda de los llanos colombo venezolanos. También un diccionario del español bogotano titulado ‘Bogotálogo’, que no es más que una suerte de reflexión literaria, con elementos cómicos, sobre Bogotá. En su paso por Cali, GACETA habló con este escritor de 37 años.Andrés, usted ha contado que era una especie de ratón de biblioteca que husmeaba en los archivos de periódicos viejos. ¿Recuerda cuál fue la noticia que le sembró esa curiosidad por Ximénez?Un día de 1998, estando en la Biblioteca Nacional, pedí un periódico de 1935. Empecé a mirarlo página por página y en una de esas historias estaba la del suicidio de una mujer cuyo nombre era Aminta Munar. Decía: Aminta Munar se suicidó en su casa de Chapinero. Me llamó la atención la redacción que tenían los textos, casi folletinescos. Pero lo mejor fue que al final de la historia decía que en los bolsillos de la suicida se encontraron unos poemas del célebre poeta Rodrigo de Arce, y yo me quedé pensando quién era Rodrigo de Arce...¿Qué hizo entonces?Empecé a buscar en libros y antologías de poesía. Mis profesores no sabían quién era. Tampoco aparecía en Altavista, que era el buscador de la época. Después de muchas vueltas me di cuenta de que Rodrigo de Arce era un seudónimo de un periodista de los años 30 y 40 llamado José Joaquín Jiménez, o Ximénez, con el que justificaba el hecho de que todos los suicidas tenían un poema en su bolsillo. Si uno revisa cuidadosamente los archivos, se da cuenta que los suicidas que aparecieron en el periódico El Tiempo entre 1935 y 1946 todos tenían un poema en el bolsillo y todos eran de Rodrigo de Arce. Fue entonces cuando el personaje se me metió a la cabeza. Sin embargo, no lo escribió entonces... No. Escribí antes otros libros. Cuando estaba trabajando en el libro del español bogotano volví más metodológicamente a revisar la prensa colombiana, por lo menos El Tiempo y El Espectador. Y se me volvieron a aparecer las crónicas de Ximénez sobre suicidios y crímenes. Luego supe que Ximénez había muerto muy joven, de 34 años, víctima de una pulmonía. Entonces ya no pude parar. Quise saber quién había sido él, qué familiares de él aún existían. ¿Y a quiénes encontró?A través de los obituarios que aparecieron en la prensa, encontré nombres que empecé a rastrear. Y di con algunos en un libro que se llama ‘Genealogías de Bogotá’. Finalmente llegué a un pariente que, aunque no sabía quién había sido Ximénez, me condujo donde una sobrina que sí tenía archivos de él, muchos álbumes y detalles y anécdotas de lo que había sido su vida. En el libro usted inicia contando un lado oscuro, triste, que le tocó vivir. El repudio de la sociedad bogotana del que fueron víctimas sus padres por no haberse casado... Por alguna razón sus padres no se casaron, y concibieron a sus dos primeros hijos en unión libre. Es decir, ellos fueron lo que se conocía como ‘hijos naturales’. Eso generó el rechazo de la sociedad bogotana de la época. Los repudiaban. Sin embargo, a los 4 años decidieron casarse para evitar el desprecio por sus hijos. Eso marcó la vida de José Joaquín, quien finalmente fue bautizado. Su padrino fue Marco Fidel Suárez, entonces miembro del Partido Conservador. Fue una figura que lo influyó de manera importante y lo condujo a dedicarse al periodismo y a la escritura.Son famosas las crónicas de Ximénez por el fino manejo del lenguaje. Una de ellas está incluida en la antología de crónicas de Juan José Hoyos. Sin embargo, no era un periodista en todo el sentido de la palabra. Se sabe que inventaba personajes y hechos... Exacto. Ximénez era un periodista completamente salido de lo que se consideraría hoy ético. Él no respetaba o no conocía los protocolos de las fuentes, del apego a la verdad. Él era un escritor, un fabulador atrapado en la piel de periodista. Quien lea una crónica o un reportaje de él, tiene que hacerlo con suma atención porque él se inventaba un 40% del texto; se inventada personajes. Se inventó, por ejemplo, un ladrón que se llamaba ‘rascamuelas’ y puso a toda Bogotá a hacer una redada para atrapar a un ladrón que, en realidad, solo existía en su mente. ¿Por qué cree que él decidió tomar ese camino?Lo primero es que, cuando finalmente sus padres decidieron casarse, también bautizaron a sus hijos, pero les restaron 4 años. Esto con la intención de borrar la huella de que habían sido concebidos fuera del matrimonio. Por eso, aunque Ximénez nació en 1911, oficialmente aparece nacido en 1915. Él vivió pues en una mentira toda su vida. Así las cosas, desde muy pequeño entendió que la mentira era una forma más interesante de articular la realidad. Descubrió que si salpimentaba de alguna forma lo que escribía resultaría más interesante. Leerlo a él era como leer a Truman Capote o a Edgar Allan Poe. Su uso del lenguaje era extremadamente genial. Él llegó a hacer cosas como publicar una entrevista a Rodrigo de Arce, el poeta, qué era él mismo. Gracias a él las ventas de El Tiempo aumentaron. A la gente le gustaba leerlo. ‘Ximénez’, su libro, ¿es una biografía, es novela histórica? ¿Qué es? Yo decidí imitar las conductas de Ximénez, así que tal vez un 40% de lo que yo cuento ahí es ficción, respetando en la mayoría de los casos fechas históricas reales. Pero hay, por ejemplo, diálogos inventados, conversaciones, creadas sí con mucha verosimilitud. Por lo tanto, esto no es una biografía ni una novela histórica. Yo diría más bien que es una historia novelada. Finalmente, después de años de investigación, ¿qué es lo que más destaca de este personaje?Que fue alguien que nos dio perfecta cuenta de cómo una sociedad que estaba despertando de su pasado republicano fue convirtiéndose en la urbe grande que llegó a ser lo que hoy es.

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