Andrés Neuman, un escritor que busca que sus personajes le hablen al oído

Noviembre 21, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Juan Andrés Valencia Cáceres | Especial para GACETA

Es tan prolífico como compulsivo e igual de estructurado como apasionado. Este autor argentino, que acaba de presentar su novela ‘Hablar solos’, nos habló de su oficio, ese de cuyas fórmulas líricas y narrativas huye para seguir sorprendiéndose a sí mismo y a los demás.

Andrés Neuman se declara maniaco obsesivo y esto lo saben sus editores, que cada vez que termina un libro –ha escrito 23 entre novelas, cuentos, poemas y no ficción– deben sufrir sus excesos. Entonces envía un manuscrito, pide que se lo devuelvan, lo corrige, luego lo manda modificado, le devuelven más pruebas de imprenta, vuelve a enviar otro editado y en esas se la pasa hasta completar diez manuscritos diferentes sucesivamente corregidos. Después de ser publicado, no quiere saber más nada.Andrés Neuman siempre se ha debatido entre una y otra frontera. Es de España y de Argentina, de aquí y de allá, habla con acento ibérico y rioplatense, aquí y allá, y se mantiene caminando orillas para descubrir mares y quedarse ahí, quieto, casi anclado, mientras algunas veces se sienta y otras se zambulle: “Así como el cuento sería la forma más natural de escribir poesía y narrativa al mismo tiempo, quizás traducir sea la única forma posible de leer y escribir (también) al mismo tiempo”, dice, sobre sus más hondas pasiones.Andrés Neuman tiene 35 años, vivió 13 en Buenos Aires y lleva 22 radicado en Granada. En 1998 publicó su primer libro, al año siguiente fue finalista del Premio Herralde con ‘Bariloche’, en 2003 repitió con ‘Una vez Argentina’ y seis años después se consagró con ‘El viajero del siglo’ al ganarse el Premio Alfaguara. Su nombre brilló en los listados de escritores recomendados de Bogotá 39 y Granta, y ahora lo sigue haciendo con su última novela, ‘Hablar solos’.¿Que sus padres hayan sido músicos influyó en el ritmo y la musicalidad de su escritura?Ojalá fuera cierto. Estudié violín supongo que por complejo de Edipo, ya que mi madre fue violinista. Quise seguir sus pasos y fui un completo fracaso. Un día mi dijo que no me afligiera porque mi formación musical la había desplazado hacia la palabra. Siempre lo tomé como un comentario maternal, como la piedad que toda madre tiene con su hijo. En mi opinión, la literatura no se lee con el ojo sino con el oído, así que siempre he tenido la sensación de que escribir es un acto de armonía y de ritmo, no solamente por la sonoridad de las palabras y el trabajo musical con el lenguaje, sino porque para narrar hay que saber observar y escuchar.Usted es argentino de nacimiento y español por adopción. ¿Cuando lee alguno de sus textos lo hace con cuál de los dos acentos?Es una pregunta trágica porque no lo sé. Depende del libro y del personaje. He escrito novelas que suceden en Argentina como ‘Bariloche’ o ‘Una vez Argentina’ y en ambas los personajes me los leía en voz alta con acento argentino. La duda es más bien cuando la historia no sucede en ningún lugar concreto, que es lo que me pasa cada vez más, producto, quizás, de esta duda fronteriza en la que vivo. Es decir, siempre que localizo una historia en Argentina me hace falta España y viceversa. Entonces para no infligirme esa especie de amputación geográfica escribo libros que como ‘El viajero del siglo’ o ‘Hablar solos’ suceden en lugares imaginarios pero que podrían pasar perfectamente en esos dos países o muchos otros. El título de la novela, ‘Hablar solos’, es sencillo y contundente... El propio título, dicho así, en plural, señala una paradoja, que es que para hablar solo la condición es no estar con nadie más, entonces se genera una extraña compañía, hablar solos nos hace compañía. Lo cual explica su estructura de capítulos que son monólogos de sus personajes... Las tres voces de la novela abordan las tres modalidades básicas del habla: la mental, del niño; la oral, en el caso del padre; y la escrita, en el caso de la madre. Esas tres formas de expresión generan tres estilos y tres sintaxis muy distintas. La novela no solo cuenta tres puntos de vista, sino que trata de trabajar con tres tonos que tienen que ver con tres formas de hablar solos. Pensar, entonar y escribir. Lo hice así porque la historia escenifica muchos conflictos íntimos, complejos y emocionales. Para narrarlo me pareció mucho más honesto que cada personaje defendiese su proceder y se explicase por su cuenta para que se confrontaran las versiones de cada uno. Pero además no son tres monólogos que se suceden completos sino que se entrecruzan una y otra vez, y creo que parte del atractivo de la historia es ese contraste a veces violento porque la novela pasa, en pocas páginas, de la voz juguetona, imaginativa y graciosa del niño a la voz terrible, oscura y angustiada de su madre. Vivente Luís Mora elogió su sensibilidad psicológica para describir personajes. ¿Cómo hace para crearlos creíbles y atrapantes?En mi caso necesito escucharlos, que me puedan hablar al oído y que yo los pueda escuchar claramente. Me la juego en esa búsqueda de sus voces que es como sintonizar una emisora de radio hasta escucharla con nitidez. También necesito entender qué es lo que se callan porque los personajes, al igual que las personas, se engañan, se justifican, se contradicen, y sin darse cuenta, se mienten. Entonces tomo nota de ellos durante bastante tiempo y no me lanzo a escribir la historia cuando tengo decido el argumento sino que los sigo como si fuera un detective que tiene la misión de espiar a unos personajes imaginarios, observando sus costumbres, sus comportamientos, sus secretos y sus relaciones. Esto lo hago durante un año o dos, y cuando empiezo a escribir ese conjunto de notas ha formado un magma que me permite sentir cierta intimidad con ellos. ¿Quiere decir que en ‘Hablar solos’ nacieron primero los personajes y luego la historia? Trabajé en los dos planos simultáneamente. Por un lado me interesaba mucho contar una historia de carretera. Es una tradición que adoro pero que me parecía opresivamente masculina. Desde la mitología griega hasta Cormac McCarthy el reparto de roles es claro: el héroe masculino sale de viaje y el personaje femenino no está o se limita a esperar. Entonces quería contar la historia de un viaje entre un padre y su hijo que salen a la carretera a fabricarse un recuerdo emocionante pero también me interesaba contar la historia de la madre y esposa que en lugar de quedarse esperando se sumergen en una historia sexual inesperada y empieza a convertirse ella en protagonista. En su caso, ¿cómo es el cambio de género uno a otro? Alternar de un género a otro me ha permitido mantener una sensación de sorpresa e incertidumbre al escribir. No creo en el concepto de dominar el oficio de la escritura. A veces como elogio se dice de un escritor que es “dueño del oficio”. ¡A mí me parece una aberración que alguien domine su oficio! Creo más bien que la escritura tiene que ver con el desaprendizaje, la desautomatización. San Juan de la Cruz decía “un no se qué que queda balbuciendo”. Ese no se qué que balbucea para mí es la escritura, entonces cuánto más escribes, menos sabes cómo decir las cosas. Por eso mis libros no se parecen mucho entre sí, porque trato de escribir textos que tengan estructuras y formas radicalmente distintas para recuperar, quizás, la sensación de no saber cómo hacerlo. ¿El género lo condiciona al escribir o mientras lo hace la escritura le va indicando a qué género debe pertenecer? Uno puede tener un recuerdo que cree que merece un poema y luego se da cuenta que no, que en realidad debe ser un cuento, y termina siendo el final de una novela. Me pasó con una anécdota de mi infancia muy conmovedora e importante que fue cuando mi abuelo, que se llamaba Mario, al igual que el personaje de ‘Hablar solos’, me invitó a plantar un árbol. Yo tenía seis años y él se estaba muriendo y lo sabía. Lo último que hice con él fue eso. Es una de las memorias más ricas de mi infancia porque me di cuenta que mi abuelo me había legado ya no un árbol sino una metáfora, y esa pequeña anécdota la conté en un poema que se llama ‘El jardinero’. Después traté de escribir un cuento con ella que nunca salió bien y terminó siendo el final de mi novela ‘Una vez Argentina’. Lo cierto es que la mayoría de las veces uno sabe el género en el que va a escribir, y creo que tiene que ver con un instinto adiestrado. ¿Cuál es su fijación con el cuento? He escrito cuentos, he hecho antologías de cuentos, he realizado estudios sobre el cuento y he escrito prólogos de cuentistas clásicos. No sé porqué pero se me ocurre que para alguien que no puede ni quiere elegir entre la poesía y la narrativa, el cuento es, precisamente, una posible frontera para estar. ¿De dónde nació la idea de notas al pie comentando sus cuentos? Me gustan los ‘bonus tracks’ de los discos y los extras de los DVD, siempre he sido un fanático de saber un poco más de lo que veo. Desde ese punto de vista me di cuenta que los libros no tenían ese paralelo del ‘bonus track’, entonces me pareció divertido incluir un pequeño epílogo a manera de ‘making of’ que en mis libros de cuentos sirviera como teorías jocosas, como bromas con fondo teórico. Su blog Microrréplicas deja en claro que se trata de reflexiones escritas en 100 palabras. ¿Es un elogio a la brevedad? Aclaro que no son 100 palabras exactas porque eso no sería brevedad sino una patología psiquiátrica. Son entradas aproximadas de 100 palabras y sí, es un elogio a la brevedad. A mí Twitter, por ejemplo, me parece fascinante por el pensamiento aforístico y la simultaneidad, pero también se queda corto contra la capacidad argumentativa. Así que el blog es un medio camino entre un ‘tweet’ y una columna de opinión. ¿Lee sus textos después de publicados? Solo cuando me obligan. Me parece una experiencia atroz y desagradable. Primero porque de todos los libros que quiero leer los que menos me interesan son los míos, y en segundo lugar porque cuando publico uno estoy tan susceptible con todos los cambios y correcciones que le he hecho que desarrollo una especie de alergia hacia mis propios textos.

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