Álvaro Restrepo: maestro del cuerpo

Álvaro Restrepo: maestro del cuerpo

Noviembre 03, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros I Periodista de GACETA
Álvaro Restrepo: maestro del cuerpo

‘Las 7 visiones del amén’ es el montaje que trae el Colegio del Cuerpo a la Bienal Internacional de Danza de Cali.

Perfil. De cómo un filósofo y bailarín tardío se convirtió en un grande de la danza contemporánea en Colombia y en el hombre que transformó los barrios pobres de Cartagena, a través del Colegio del Cuerpo, en una esperanzadora pista de baile.

El maestro Álvaro Restrepo hace ya bastante tiempo comprendió que, tal como sucede con muchas otras cosas en la vida, solo hay dos tipos de danza: la buena y la mala. No existen términos medios. Vino a reafirmarlo al final de la presentación de un grupo de alumnos de danza contemporánea, cuando un padre de familia lo abordó para soltarle una frase perfumada de ingenuidad: “Profe, no entendí nada, pero me encantó. Lloré viendo a mi muchacho bailar; no sé porqué, pero lloré”.Sucede igual que con la poesía, eso pensó el maestro. “Tú la lees y no te obligas a entenderlo todo. Así que no se necesita tener conocimientos teóricos o ser un intelectual para acercarse a una obra de arte contemporáneo. No se preocupe, le dije al señor, no se preocupe porque, si lloró, la danza cumplió su propósito”. Y eso ha venido sucediendo con frecuencia durante los últimos veinte años en Cartagena. Desde 1993, cuando Álvaro fundó, junto a la coreógrafa francesa Marie France Delieuvin, un proyecto que ha llegado incluso a inspirar la tesis de grado de una sobrina de la Reina Isabel II de Inglaterra, candidata a una maestría en antropología social de la Universidad de Oxford: el Colegio del Cuerpo.La historia de cómo nació su colegio, porque él se resistió a llamarlo escuela o academia, ya se ha contado varias veces. Que repartiendo su vida entre Europa y Estados Unidos, entre Barcelona y Nueva York, en el momento más brillante de su carrera como bailarín y coreógrafo, un día Álvaro Restrepo decidió regresar a la tierra donde su abuela María Cristina le enseñó desde niño a amar las artes. Aquello sonaba a delirio: ¿acaso era posible que miles de chicos pobres de La Heroica transformaran “toda esa inteligencia corporal, ese don del baile silvestre” en un proyecto de vida? Álvaro pudo. Lo hizo de espaldas a la Cartagena de Indias de postal. La que visitan reinas y políticos de medio mundo. El Colegio del Cuerpo nació en esa otra ciudad que no promueven las agencias de turismo: la de los barrios Nelson Mandela, El Ponzón, La Boquilla, Arroz Barato, La María y Bazurto, que conforman el 70 % de una Cartagena que se las ingenia para sobrevivir como puede por debajo de eso que los economistas bautizaron la línea de pobreza.Nació, pues, en la Cartagena negra que no ha parado de escribir “un apartheid silencioso”, como lo lamenta Álvaro: “Cartagena es una ciudad alucinante, pero de una belleza trágica, donde los contrastes entre frivolidad, opulencia y miseria se vuelven casi obscenos”. Nacido en Medellín hace 56 años, se crió en Bogotá, pero desde muy pequeño aguardaba con ilusión las vacaciones que terminaba pasando siempre al ritmo del piano alegre de la tía abuela María Cristina de León de Luna —Maruja, a secas, como la llamaban con cariño en la familia—, organista de la Catedral y directora de la Escuela de Música de La Heroica.Fue ella la que inoculó en el niñito Álvaro el afecto por la danza, la poesía, los libros, la música culta. Porque nada de eso, seguro, ocurrió en el Colegio San Carlos de Bogotá, donde “una educación de hierro” dejaba poco espacio para “pensar en dedicarme a algún oficio del arte. Si aún hoy, cuando un papá se entera de que su hijo quiere ser bailarín, piensa que eso es simplemente rumba, imagínese cómo era la cosa hace medio siglo”. La cosa era complicada, claro. Como complicado fue echar a rodar en 1993 la idea de hacer un centro de danzas para jóvenes sin oportunidades. El asunto arrancó en el Colegio Inem, con 480 de sus alumnos. De entre todos ellos, Marie France y Álvaro eligieron a los más talentosos y disciplinados hasta depurar la lista. Solo 22 integraron finalmente el grupo piloto experimental, que ensayaba en el Convento de San Francisco, construcción del Siglo XV prestada por padres jesuitas. Álvaro para entonces era un tipo de 40 años y un extraño caso, acaso un milagro, para la danza: es un bailarín tardío que arrancó su carrera a los 24. Muy tarde, siguen creyendo algunos. Antes, mucho antes de que decidiera ser bailarín profesional, estudió piano y filosofía y letras en la Universidad de los Andes, siguiendo un consejo de Ramón de Zubiría. Fue así hasta que vendió su piano y se marchó a Europa sin saber muy bien qué camino tomar. Un día recogía manzanas, al siguiente recolectaba uvas y semanas más tarde estaba trabajando en una fábrica de detergentes de Holanda.A inicios de los 80 regresó a Colombia para terminar sus estudios, pero el impulso se prolongó lo mismo que una breve primavera y con sus sandalias de peregrino bien amarradas lo dejó de nuevo todo para viajar al Chocó, donde consiguió trabajo como maestro en una escuela de Capurganá. Allá lo sorprendió el sacerdote italiano Javier de Nicoló con dos barcos llenos de niños que buscaban hogar en una finca de Acandí. Nicoló, lo sabemos, es el padre de Bosconia, programa que en diferentes regiones ayuda a chicos en condición de extrema pobreza. Álvaro lo acompañó en esa aventura durante 8 meses. Esa, pues, fue la semilla social del futuro Colegio del Cuerpo. “Después de la experiencia en el Chocó —recuerda el maestro— regresé a Bogotá para estudiar en la Escuela Nacional de Arte Dramático. Y estando ahí descubrí que tenía un cuerpo con músculos flexibles y largos. Solo hasta ese momento vine a reconocer que tenía un cuerpo, un cuerpo además hecho para la danza. Había pasado toda mi vida con un concepto muy bajo sobre mí y mi única preocupación había sido la cabeza, por eso la filosofía. Me había pasado toda la vida utilizando mi cuerpo solo para transportar esa cabeza de un lado a otro”. El patito feo advirtió que podía ser un cisne blanco, justo por los días en que llegó al Teatro Colón la compañía ‘Jennifer Muller / The Works’. Álvaro Restrepo acabó escribiéndole a Muller para que lo recibiera en su prestigiosa academia de Nueva York. Ella dijo sí y el Icetex lo becó. Así que el filósofo acabó ensayando junto a grandes como Martha Graham y Merce Cunningham. También con Cho Kyoo-Hyun, un maestro coreano que, de visita junto a Álvaro en Cartagena, intuyó el talento para la danza que se desperdiciaba en cada niño que veía vendiendo cigarrillos y pescado en los mercados callejeros.El alumno hizo caso. Y el resto de la historia ya la conocemos. También se ha contado mucho. Por el Colegio del Cuerpo han pasado ya tres generaciones y 8 mil chicos. Muchos de ellos “son ciudadanos del mundo que hablan varios idiomas y se dedican a la pedagogía o han montado sus escuelas. Cuando comencé me inspiraron mucho procesos como el de Incolballet, de la maestra Gloria Castro. Yo la veía a ella luchar con sus muchachos y yo pensaba entonces que era la misma lucha que yo podía dar en Cartagena”. Todo esto lo cuenta el maestro paisa, muchísimos años después, sentado en una sala pequeña de la Casa Proartes en Cali. Álvaro Restrepo y su Colegio del Cuerpo están invitados a la Bienal Internacional de Danza de Cali que se inicia este 4 de noviembre. Llega a esta ciudad con ‘Las 7 visiones del amén’, un precioso montaje inspirado en una composición de Olivier Messiaen, uno de los más grandes de la música contemporánea de Francia que compuso la mayoría de sus creaciones mientras estuvo preso por los nazis. El montaje fue uno de los ganadores de las tres becas de creación entregadas por la Bienal. Serán siete bailarines en escena, explica, dos de ellos caleños. Bailarines que harán lo suyo mientras las pianistas españolas María José de Bustos y María José Barandiarán harán sonar las notas de Messiaen. El maestro Álvaro está seguro de que, dentro del público, tal como ese padre de familia hace varios años, muchos no entenderán del todo su montaje. Pero está confiado. Ya nos lo advirtió: solo hay dos tipos de danza, la buena y la mala.

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