Alberto Manguel, el escritor que fue los ojos de Borges

Alberto Manguel, el escritor que fue los ojos de Borges

Abril 12, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
Alberto Manguel, el escritor que fue los ojos de Borges

Viene a la Feria del Libro de Bogotá el novelista, ensayista y traductor argentino Alberto Manguel, quien durante su juventud le sirvió de lector al escritor Jorge Luis Borges. Memorias de un lazarillo dichoso.

Viene a la Feria del Libro de Bogotá el novelista, ensayista y traductor argentino Alberto Manguel, quien durante su juventud le sirvió de lector al escritor Jorge Luis Borges. Memorias de un lazarillo dichoso.

Bastaba atravesar la Calle Maipú de Buenos Aires para quedar frente a la fachada de mármol rojo del edificio donde vivía el célebre poeta. Tres veces a la semana, al terminar su turno en la Librería Pygmalión,  Alberto Manguel presionaba el botón demarcado con el 6B a la espera de que Fanny, la devota empleada del escritor, abriera la puerta y le indicara el camino.

Del fondo de la casa, moviéndose entre los muebles con pasmosa habilidad, Jorge Luis Borges recibía al joven porteño, por entonces de unos 15 años, vestido de manera impecable y con su infaltable corbata amarilla, el único color que extrañamente le permitían ‘ver’ las sombras de su ceguera; “el color de sus amados tigres, el color de las rosas que más le gustaban”, recuerda Manguel.

El ritual de ser los ojos de Borges, de ser el tipo que repasaba en frente suyo las líneas de clásicos  como Joyce, se repitió durante casi un lustro, entre 1964 y 1968. Hacía muy poco, Alberto había regresado desde Israel, en donde transcurrió buena parte de su niñez. Allí, su padre fungió como el primer embajador argentino de ese naciente país.

 Allí, también, había aprendido a leer, arrullado por la voz siempre cálida de Ellin Slonitz, una niñera checa de origen judío alemán. Ella le enseñó el poder de la palabra;  lo ensayaba en inglés y en alemán, hasta que el niño supo cómo tejer una palabra enseguida de la otra. Y al regresar de sus largos viajes por el mundo, los padres del pequeño hacían lo propio, solo que en francés y en español. Así, pues, Alberto Manguel se convirtió con el tiempo en un heredero natural de esos años providenciales de la infancia: un políglota que se declara antes que cualquier otro oficio, un lector. Un rabioso lector.

 Por los años en que le sirvió como lazarillo literario al padre de El Aleph, Borges ya era el gran Borges, el que leían los muchachos en los colegios y el eterno candidato al Nobel que distraía la vejez y la falta de vida de sus ojos, “esas dos formas de la soledad”, trabajando como director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

Algunas veces, a la salida de la biblioteca, pasaba por la Librería Pygmalión, ubicada sobre la Calle Corrientes, con la secreta esperanza de encontrar a un lector de ocasión. “Lo que pasa es que mi mamá ya está rondando sus 90 años y se cansa mucho”, les repetía a todos el poeta, por entonces de 66 años.

Uno de los que escuchó esa excusa entre las estanterías fue precisamente Alberto, quien para ese momento ya había intuido su vocación por las letras y soñaba viajar a Europa a iniciar su carrera de escritor. “Ahora puede parecer sorprendente, pero en esa época fuimos muchos los lectores de Borges. No sé cuántos vivamos aún para contarlo, eso sí. Pero él realmente no necesitaba ni buscaba gente ilustrada para eso; solo pedía amablemente unos ojos y una voz ajenos”, dice Manguel.

  Los ojos azules y la voz afelpada del nuevo lazarillo le leyeron a Borges los libros que este mismo escogía sin más razones que su estado de ánimo. Porque a pesar de su tremenda limitación, el poeta y cuentista recorría con absoluta precisión la geografía de su biblioteca; sabía el camino exacto para llegar a cada uno de los libros de su casa,  unos 600; literatura inglesa y clásicos argentinos casi todos.

“Algunas veces —cuenta Alberto— lo vi incluso enrrollar billetes y dejarlos en medio de ciertas páginas. Entonces, cuando sabía que debía pagar algún recibo, recordaba con exactitud el libro en donde había dejado su dinero. Aquello nunca dejó de sorprenderme”. 

Tampoco las técnicas de lectura del poeta. Aquello de que debía leerle sin mayores énfasis, con las pausas necesarias, pero sin mucha dramatización en los diálogos de los personajes. Borges  —le decía al chico durante estos encuentros— prefería él mismo encontrar el tono adecuado de cada lectura. Solo pedía una tregua cuando creía necesario subrayarle a su novel guía las costuras del texto, la manera en que había sido confeccionado. 

Lo hizo  cuando repasaron las páginas de Stevenson, de Webster, de Kipling. Y a veces también cuando Borges sentía la necesidad de componer algún poema. Entonces comenzaba a dictarle al muchacho verso tras verso. Terminaba y enseguida “te pedía que se lo leyeras hasta cuatro y cinco veces. Como si en cada repaso buscara afanosamente el verbo mal empleado y la palabra chueca”. 

  Alberto evoca uno: “Ya no es mágico el mundo, te han dejado, ya no compartirás la clara luna ni los lentos jardines, ya no hay una luna que no sea espejo del pasado. Cristal de soledad, sol de agonías”...

Y así transcurrió la vida de los dos hasta que Manguel se marchó por fin a Europa para comenzar su carrera de letras. Primero trabajó como lector para varias editoriales, entre ellas Denoél, Gallimard y Les Lettres Nouvelles en París, y para Calder & Boyars en Londres; y luego como crítico literario para medios como The New York Times y Washington Post.

De recuerdo conserva todavía una frase que —está seguro— fue definitiva en este oficio de lector romántico al que no cree ser capaz de renunciar: “el escritor es aquél que escribe lo que puede; el lector, en cambio, lee todo lo que quiere”. 

Conserva además un ejemplar que había sido comprado por Borges mismo, muchos años atrás, en Ginebra: ‘Stalky and Co’, una colección de cuentos editada por Ruyard Kipling en 1899. 

Ahora ese libro es uno de los cuarenta mil que tiene su espacio fijo en la inmensa biblioteca de Alberto Manguel. El hombre vive sobre la colina de un pueblo francés, Le Presbytere, en una suerte de granja medieval desde la que pisa todos los días la tumba del rey inglés Ricardo Corazón de León. Vive allí junto a la única biografía que se conoce sobre Sancho Panza, publicada en 1723 y todas las ediciones que caprichosamente ha atesorado de La Divina Comedia, su libro favorito. Desde hace diez años, cada mañana, se propuso leer uno de sus cuentos. Y cuando se acaban arranca de nuevo. “Es el único caso en el que siento que además de leer, me gusta releer”.  

Sería en esta misma casa en la que se hizo traductor y editor célebre y en la que  escribió gran parte de su obra literaria: ‘News from a foreing country came’, su primera novela, que apareció en 1992; ‘Stevenson bajo las palmeras’ y ‘La puerta de marfil’. También los ensayos ‘Nuevo elogio de la locura’, ‘El diccionario de los lugares imaginados’, ‘Guía de lugares imaginarios’ y ‘Una historia natural de la curiosidad’, el más reciente, que viene a presentar precisamente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que se inicia este 21 de abril.  

Sería aquí mismo donde se convirtió en oficial de la Orden de las Artes y las  Letras de Francia y en donde  vio la luz el libro que le daría notoriedad: ‘Una historia de la lectura’, un poderoso ensayo en el que repasa el noble oficio de los lectores, “desde las primigenias tablillas de arcilla sumerias hasta el cd-room, pasando por los monjes de la Edad Media, los antiguos escribas y la revolución de Gutemberg”.

Con una vida de envidiar, rodeado de libros, en sus constantes viajes por el mundo lo han interrogado sobre esa falsa profecía de que los libros, la palabra impresa, tiene sus horas contadas: “Pero yo no puedo imaginar un futuro sin ellos; es como imaginar un futuro sin transporte o sin ropa. Eso sucederá a menos de que nos convirtamos en una sociedad oral, cosa que nunca va a ocurrir porque el mundo se dedica cada vez más a perder la memoria, no ha recuperarla. Lo que cambia es el soporte. Pero el libro seguirá vivo para seguir contando su historia”.

   Fue quizás algo que —Alberto Manguel no lo sabe con certeza— le aprendió a Borges.    “Él  me dio la confianza que yo necesitaba para entender que una biblioteca tiene como rol ser la memoria de sus lectores. Y para decidir vivir entre libros, para degustarlos con la misma minucia que él lo hacía, así necesitara una voz y unos ojos ajenos”.

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) es uno de los autores internacionales invitados este año a la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Ha sido escritor, traductor, crítico literario y colaborador habitual de importantes diarios y revistas.

Sabe que este año el país ‘invitado’ a la feria es Macondo. Para Manguel se trata “del gran mito de América Latina que reemplaza en la imaginación universal a la famosa leyenda de El Dorado de los conquistadores españoles. Macondo es América nombrada desde adentro”, dice.

  Debido a su larga trayectoria literaria, a ser miembro de la Unión de Escritores Canadienses, de PEN, de la Fundación Guggenheim, de la Academia Argentina de Letras y de la Royal Society of Literature, Manguel será este año uno de los jurados de la segunda versión del Premio Gabriel García Márquez de Cuento que ya tiene abierta su convocatoria.

 

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad