Aída Fernández, el retrato de una dama

Julio 26, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
Aída Fernández, el retrato de una dama

Aída Fernández llegó a Cali, desde su natal Barcelona, huyendo de la dictadura de Franco.

Aída Fernández llegó a Cali, desde su natal Barcelona, huyendo de la dictadura de Franco. Aquello fue hace medio siglo y desde entonces ha ayudado a escribir la historia del teatro caleño en el TEC y Bellas Artes. Escenas de una vida poco contada.

Cualquiera puede hacerlo. Recordar, estrujar con fuerza la memoria para volver a ciertas escenas del pasado. Aída Fernández lo hace justo ahora. Se ayuda con una decena de fotografías a blanco y negro que ha seleccionado cuidadosamente entre una caja en la que reposan por lo menos un centenar. Cualquiera puede hacerlo, claro, pero cuando una actriz recuerda sucede algo distinto: porque resulta que en cada foto hay un personaje. Seres inventados. Entonces cuando una actriz hace memoria lo que aparecen son recuerdos de otras vidas que un día nacieron gracias a ella. Ficción que un día fue real solo porque ella así lo quiso.

En una de las fotos que sostiene entre sus manos delicadas y de uñas pulidas aparece junto a Fanny Mickey. Jovencísimas las dos. El recuerdo que hay detrás de ese retrato corre veloz hasta los años 70 y a la escena que protagonizaron para una adaptación que por aquella época hiciera el Teatro Experimental de Cali de ‘La fierecilla domada’, un clásico de Shakespeare.

“Mire esta otra, qué bonita es. Aquí estoy en ‘La discreta enamorada’, de Lope de Vega, uno de mis primeros trabajos en el teatro de Cali. Este que está aquí es Pedro Martínez, ¿lo reconoce? Fue un actor y director argentino”.

Hay enseguida otra imagen. Sobre un costado sobresalen las figuras de un par de actores. Es Aída junto a su hermano, el recordado actor de teatro y televisión Elios Fernández. Es un instante que alguien congeló y en el que ambos le daban vida a La Autopsia, obra escrita por el maestro Enrique Buenaventura por los días en los que andaba con el delirio de fundar una compañía de teatro en una ciudad que para entonces contaba con unos pocos actores aficionados, más dedicados en realidad a la radio que a las tablas.

—Un sueño loco del que Enrique terminó por contagiarnos a todos y que hicimos realidad, reconoce Aída.

Y muestra enseguida otra foto, una más. En ese trozo de papel se asoma una mujer, vestida de túnicas, que levanta con la mano derecha un palo de madera. La mujer actúa junto al mismísimo maestro Buenaventura en una pieza dramática que ella escribiría y montaría junto a su hermano, ‘El maravilloso viaje de la mentira y la verdad’.

La historia de Aída Fernández en el teatro había comenzado a escribirse mucho antes y a muchos kilómetros de distancia, en Barcelona, donde nació el verano de 1936, exactamente quince días después de que un grupo de generales, liderados por Francisco Franco, se levantaran contra el gobierno republicano y dieran inicio a uno de los capítulos más amargos de España: la Guerra Civil.

En medio de la represión, la mayor de las hermanas Fernández tenía una liturgia inaplazable cada tarde de domingo: asistir en compañía de Elios y de Libertad, los niños menores de la casa, a las funciones de teatro que organizaba, en el barrio La Gracia, la Compañía de Tejedores a Mano, una suerte de asociación de artistas que ofrecía espectáculos familiares.

El padre de los tres chicos, Domingo Fernández —que se ganaba la vida como pintor y como dueño de una litografía— estaba enfermo de amor por el arte y solía distraer las horas muertas actuando en pequeñas obras de teatro y cantando en reuniones y recitales. A veces también hacía zarzuela.

“Y fue así como nuestra niñez transcurrió felizmente entre ensayos de actores aficionados”, cuenta Aída. “Barcelona, por esa época, ya con Franco en el poder, resistía a la dictadura a través del arte. Y la gente se volcaba a las calles buscando música, poesía, literatura. Y quienes querían hacer teatro tenían la gracia de contar con sitios especializados en los que podías alquilar a buenos precios desde los libretos de una obra de Quevedo y de Cervantes, hasta el vestuario, la escenografía y la joyería. Eso era maravilloso”.

Mientras llegaba la dicha de un nuevo domingo, Aída se recuerda a sí misma jugando con sus hermanos a recrear sus propias obras de teatro. Las montaban, convocaban como actores a otros niños de La Gracia y al final las presentaban en escenarios improvisados delante de vecinos y de los padres de todos.

Otras veces, en un tiempo en el que todavía los tres hermanos no sabían leer ni escribir, don Domingo les conseguía discretos papeles en las obras en las que él participaba. Los hacía practicar en las noches. Y ellos, gustosos, aceptaban el extraño reto de hacer parte de ese mundo de grandes.

A nadie se le hizo raro entonces que, muchísimos años más tarde, tres hermanos de una misma familia hubiesen terminado abrazando la actuación para siempre. Lo que no tuvo mucha lógica, tal vez, era que lo lograran en una pequeña ciudad de Colombia, al otro lado del Atlántico, en una época en la que el teatro parecía aquí un asunto tan recién inventado que no contaba con ninguna compañía seria de actores.

Apostada en el comedor de la casa en la que vive desde hace cuarenta años, en La Base, al nororiente de Cali, Aída Fernández posa ahora sus ojos pardos en una fotografía que parece saludar desde la entrada del lugar, sobre una pequeña mesa de la sala. Libertad, Elios y ella cuando trabajaban ya como actores profesionales, bajo la influencia paternal de un lúcido maestro formado en arquitectura, en filosofía y letras, en pintura y escultura, Enrique Buenaventura.

La culpa de que eso haya sido así, dice la actriz, es de don Domingo, quien casi vencido por la escasez económica que vivía España por culpa de la guerra, decidió aceptar la propuesta de trabajar en una ciudad de la que apenas si había escuchado el nombre.

Le ofrecieron un contrato de solo dos años. “Él siempre había querido conocer Latinoamérica porque fue un anhelo que nunca pudo cumplir mi abuelo, que también fue artista. Movido por eso, empacó sus cosas, su máquina de litografía y se marchó como si fuera a descubrir un nuevo mundo”.

Hasta Barcelona comenzaron a llegar decenas de cartas. Largas esquelas en las que don Domingo les hablaba a su esposa y a sus hijos de una ciudad escoltada por montañas, fundada a lo largo de un río y habitada por “gente buena”.

Al cabo de esos dos años, el hombre terminó tan amañado que estuvo seguro de querer continuar su vida en estas tierras. Y se los hizo saber en otra carta que llegó desde Cali.

El primero en empacar sus maletas fue Elios, quien una vez en Colombia descubrió la escuela de teatro del Instituto Popular de Cultura, el IPC, y comenzó su formación.

Aída no pudo emprender ese mismo camino. No todavía. Con 17 años recién cumplidos, la dictadura de Franco les exigía a las mujeres una suerte de ‘servicio militar’ en el quedebían cumplir seis meses de labor social en hospitales, escuelas o ancianatos. Un requisito indispensable si quería salir de España.

A Cali terminaría por arribar en 1958. Ya Enrique Buenaventura preparaba actores en el Instituto de Bellas Artes y hacía montajes con sus propios alumnos y los más talentosos del IPC. Aída trae al presente varios: piezas de Chéjov y de Shakespeare, obras como ‘El misterio de la adoración de los Reyes Magos’, que se estrenó en un diciembre. Y una legión de actores que salían a recorrer los barrios. Que un día podían tomarse la loma de San Antonio y al siguiente robar aplausos en un parque de San Fernando.

Una legión en la que algunos acariciaban también el sueño de llegar a Bogotá para aparecer en ese trasto aparatoso del que ya todos hablaban a finales de los 50: la televisión.

Sin decidir en qué escuela le resultaría mejor formarse, Aída —que venía de aprender actuación con José María Miret, uno de los fundadores de Radio Barcelona—, alternaba clases en el IPC y en Bellas Artes. Y en ese desorden vivía, hasta que un día el maestro Buenaventura le pidió que le ayudara en ‘A la diestra de Dios padre’, un cuento de Tomás Carrasquilla adaptado por él, que acabaría convertido en uno de sus montajes más celebrados.

La obra contaba con la música en vivo de Santiago Velasco Llanos, quien años atrás le había regalado su himno a esta ciudad. Pero resultó que Velasco, por culpa de la escenografía, no podía ver con claridad el movimiento de los actores. “No sabía en qué momento debía entrar la música. Y como yo había ido a los ensayos, Enrique me pidió que le ayudara así no estuviera matriculada en Bellas Artes. Me convertí en el ‘transpunte de música’, la persona que sabe cuando tiene que entrar una canción en una obra”.

Poco tiempo después Aída acabaría sentada en un salón del Instituto, de donde se graduó en 1962 junto a la primera promoción de estudios profesionales en arte escénico e interpretación, que tiempo después participó del nacimiento del Teatro Escuela de Cali.

Eran tiempos gratos. El tiempo de los poetas Nadaístas, del nacimiento de La Tertulia, de los hermanos Tejada y el Grupo Taller. De los Festivales de Arte de Fanny Mickey. De la negra Mercedes Montaño que movía las caderas mientras preparaba sancochos épicos en la sede de lo que un día fue el TEC, el Teatro Experimental de Cali, y esa escuela entrañable que marcó a varias generaciones con un modelo que la distinguió: la creación colectiva.

Un todos ponen. Nadie se sabía más erudito que el otro. El maestro Buenaventura escribía obras y cada uno aportaba desde lo que sentía. Un teatro construido a varias manos. Un teatro de calidad y sin concesiones, hecho desde las entrañas.

A veces sucedía que la pieza escrita por el maestro acababa convertida en otra cosa. Aída ríe cuando piensa, por ejemplo, en la vez en que Enrique se apareció en el TEC en un ensayo, con su hermano Nicolás. La obra que se montaba era ‘La orgía’.

Solo tenían algunas escenas bien logradas. “Pero Enrique insistió. Cuando terminamos, estaba consternado y nos dijo: ‘¿Esa obra la escribí yo? ¡Increíble!’. Es que en el TEC una cosa era el texto escrito y otra cuando llegaba a escena. No le cambiábamos una sola palabra, pero la propuesta sobre el escenario se replanteaba radicalmente”.

‘La orgía’ es una crítica mordaz y divertida sobre este país. Es la historia de una prostituta que añora su época de grandeza cuando iba a palacio con el gobernador y sus ministros. Con los años, ya pobre, ella reúne a sus amigos mendigos, a quienes les da comida y unos pocos centavos para que actuén. Los roles son precisamente el del gobernador, el del general, el del señor obispo. La obra estuvo en repertorio en el TEC durante 17 años y recorrió México, Polonia, Francia y Estados Unidos.

Una obra, cree Aída, como debería ser “el teatro siempre: que divierta, pero que te obligue a pensar, a no tragar entero”.

Es el único teatro en el que cree. La única forma de actuación que reconoce y que la llevó, muchas veces, a rechazar papeles en televisión. “Es como en cualquier arte: solo hay música mala y música buena. Hay cine bueno, televisión buena, teatro bueno. Porque, claro, por dinero no siempre se hacen grandes cosas”.

En televisión trabajaría para Pepe Sánchez, Jorge Alí Triana y Carlos Mayolo en ‘Azúcar’. Pero al final siempre le quedaba sedimentada en el alma la insatisfacción de no haber podido aportarles más a sus personajes, de tener que conformarse con una sola oportunidad para grabar. Porque en televisión cada minuto es una fortuna de dinero.

Entonces, después del temporal, regresaba siempre al teatro. A puerto seguro. Con el TEC permaneció hasta el año 90 cuando se metió de lleno a la docencia. Fernando Vidal, profesor de arte teatral en Bellas Artes, dramaturgo y director, no duda en que Aída fue el ángel tutelar de varias generaciones de actores que se formaron allí. “Y con el peso de haber sido una de las fundadoras de la mayor escuela de teatro que ha dado esta ciudad”.

Aída misma lo sabe. Por eso usted se la puede encontrar fácilmente en montajes hechos por actores que ella misma formó. Con sus alumnos ha estado en obras como ‘Luna bruja’, que fue invitada al Festival Iberoamericano de Teatro. En ‘El canto de la cigarra’, que escribió en colectivo junto a varios estudiantes. O en ‘El silencio’, una obra de Diego Fernando Montoya que por años estuvo de temporada en Cali Teatro y ahora hace parte del Teatro del Presagio.

Es que a la única cosa a la que le teme Aída Fernández es a bajarse de los escenarios. A sus casi 80 años no le teme a esa muerte que ya se llevó a su hermano Elios; a su esposo Luis Fernando Pérez —también actor, también del TEC—; al maestro Buenaventura. A todos ellos que, como en el buen teatro, les llegó ya el último llamado.

Gabriel Uribe, amigo y actor, quien comparte elenco con ella en ‘El silencio’, piensa en una frase que se le soltó de pronto, improvisando, mientras su personaje miraba al de Aída: “Lo que pasa es que usted, señora, es una viciosa del teatro”.

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