Agatha Christie, la reina del cianuro

Noviembre 15, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Catalina Villa | Editora de GACETA
Agatha Christie, la reina del cianuro

El libro fue publicado en Inglaterra.

Arsénico, ricina y fósforo fueron algunas de las sustancias tóxicas que la escritora inglesa Agatha Christie utilizó para asesinar a la mayoría de los personajes a lo largo de sus 83 novelas. Sin embargo, fue el cianuro uno de sus predilectos. Al celebrarse los 125 años de su natalicio, un libro desvela su afición por los venenos, sobre los que aprendió en un hospital de la Primera Guerra Mundial.

Que cerca de 300 personas hayan encontrado la muerte a lo largo de sus más de 80 novelas no fue una casualidad. Ese fue, de hecho, el eje alrededor del cual gravitaron sus apetecidas historias policíacas: un asesinato, unos sospechosos, una autoridad que resuelve el misterio. Su nombre, claro, Agatha Christie. Su apodo, la Reina del Crimen. 

No obstante, al celebrarse los 125 años del nacimiento de esta célebre escritora británica, bien podría decirse que fue Christie la Reina del Cianuro o, cuando menos,  del veneno,  pues por encima de los disparos o las  puñaladas que muchos de los protagonistas recibieron en sus páginas, las pócimas tóxicas ocuparon siempre un lugar predilecto en la imaginación de la autora, quien no ahorró detalles al describir sus letales consecuencias.   

De ello da cuenta un reciente libro publicado en Londres bajo el título ‘A is for Arsenic’, (algo así como ‘A de Arsénico’), de la química Kathryn Harkup, quien, siendo una apasionada de su obra desde que era una adolescente, decidió releer 83 de sus novelas, pero esta vez bajo la lupa de una científica. Lo que encontró, dice, fue fascinante. 

“Nunca ningún escritor policíaco   describió en sus libros de  manera tan frecuente  y precisa tantas sustancias tóxicas. Su lista  suma más de 30 compuestos diferentes”, cuenta la autora desde Londres.

La explicación a esta fascinación por los venenos se remonta a octubre de 1914 cuando Christie hizo parte de las 90.000 mujeres que se enlistaron como enfermeras voluntarias para ayudar en la Primera Guerra Mundial.  

Y si bien no le fue asignada la tarea de curar a los enfermos, sí fue ella la encargada del dispensario del hospital, tarea que repetiría años después en la Segunda Guerra. 

“Christie se entrenó y trabajó en una época en que las fórmulas se preparaban manualmente y era potencialmente peligroso equivocarse. De ahí que tuvo que estudiar química, tanto teórica como  práctica, y pasar  varios exámenes antes de ser admitida como dispensaria. Desde entonces, ese interés por las drogas y los medicamentos lo mantuvo hasta el punto de reunir una biblioteca considerable de toxicología”, cuenta Harkup. 

Esos libros, con seguridad, fueron claves al momento de hilar sus historias. Allí está, por ejemplo, su primera novela ‘El misterioso caso de Styles’, publicada en 1920, en la que Christie usa tres componentes diferentes en el asesinato de    Mrs. Inglethorp. “Dos de las drogas combinadas, estricnina  y bromuro, produjeron una dosis letal que se quedó en el fondo de la botella del medicamento que ella usaba.  La última dosis del remedio la mató. Pero además, Christie usó una tercera droga, un narcótico, que retrasó el efecto de la estricnina,  con el fin de confundir a la policía sobre el momento en que había sido asesinada, proporcionándole así una coartada al asesino”. 

Harkup, una química que descubrió que se divertía más escribiendo sobre ciencia y dando conferencias al respecto que pasando sus días en un laboratorio, decidió el año pasado emprender la tarea de descifrar la obra de Christie  bajo la lupa de la ciencia. Su amor por dichas historias, sin embargo, había estado presente desde hacía muchos años.   “Yo empecé a leer sus libros siendo una adolescente, y luego amé la serie televisiva sobre Poirot que se presentó en el Reino Unido. Así que estaba muy familiarizada con sus historias desde mucho antes de escribir el libro. Aún así,  releí cada una de las 83 novelas  con ojos de científica. Tenía un marcador en la mano con el empezaba a subrayar apenas veía que un personaje empezaba a sentirse mal o alguien se quejaba de que su té sabía un tris extraño”.

Una de las novelas que siempre recomienda es ‘And Then There Were None’, que en español ha sido traducida como ‘Diez negritos’, escrita en 1939. En ella aparecen diez personas en una isla y, de repente,  alguien empieza a asesinarlos uno por uno. Hay estrangulamientos, disparos y, por supuesto, envenenamientos. “La idea es brillante;  es el perfecto ejemplo de lo que Christie sabía hacer mejor: plantear problemas aparentemente sencillos, señalar un número limitado de sospechosos, dejar pistas claramente detalladas y, aún así, es increíblemente difícil descifrar al asesino”, añade Harkup.      

Pero, ¿se equivocó alguna vez Agatha Christie al administrar las pócimas letales? Según Harkup, Christie era increíblemente precisa y tuvo muy pocos errores. Las pocas fallas  que en efecto cometió fueron relativamente menores. No obstante, advierte que uno de sus cuentos cortos, ‘The House of Lurking Death’ (inédito en español) es quizá el menos preciso. “En esta historia, Christie usó ricina para asesinar a sus víctimas pero su método de uso no es el más plausible. El tiempo que se demoran las  víctimas en morir y la velocidad en la que fue identificada la sustancia fue demasiado rápida. Pero hay que tener en cuenta que Christie escribió esta historia casi 50 años antes de que se conociera el primer asesinato cometido con ricina   (Georgi Markov en el puente de Waterloo, en Londres), así que no es de sorprender que algunas cosas las hubiera descrito mal.  No obstante, un montón de cosas más las escribió de manera acertada, como por ejemplo de dónde el asesino extrajo la ricina y cómo otras personas podían comer los mismos sándwiches y sobrevivir. 

Si se suman las muertes ocurridas en la obra completa de  Agatha Christie la cifra supera las 300, cien de las cuales ocurren a causa de un envenenamientos. Su veneno más utilizado fue el cianuro, con el que asesinó a 19 de sus víctimas, casi siempre administrado de forma diferente y, eso sí, muy creativa. Champaña,  whisky, sales de mar, cigarrillos, un suculento pastel de moras, espinacas, un vaso de agua, una taza de café e, incluso, inyecciones que semejaban la picadura de una abeja fueron vehículos perfectos para cerrar sus crímenes con broche de oro. 

- Kathryn, ¿no teme que personas usen su libro para envenenar a alguien o envenerarse a sí mismas?

El libro es definitivamente de información y no de recomendación. Espero que quienes lo lean  entiendan que envenenar a alguien no es una buena idea.

La misma Agatha  Christie fue acusada de dar  ideas a los envenedadores, pero en esos casos concretos los asesinos habían realizado muchas investigaciones que iban más allá de los libros de Christie.

Lo que me parece en realidad más interesante es que a Christie se le reconoce el haber salvado dos vidas, gracias a las precisas descripciones que hace en sus libros. Se trató de un caso en el que la intervención médica fue posible porque los síntomas fueron reconocidas como los mismos de  ‘El misterio de Pale Horse’.  Es una muestra de que la información sobre sustancias tóxicas puede ser usada como preventiva.

En todo caso, y por fortuna, hoy en día es mucho más difícil envenenar a alguien porque las sustancias peligrosas son más complicadas de conseguir que en los días de Christie. Ahora, por si las dudas,  la ciencia forense ha hecho grandes avances, de manera que muy pocos pueden salirse con la suya.  

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