A la sombra de un Rayo

A la sombra de un Rayo

Agosto 23, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Claudia Liliana Bedoya S. | Reportera de El País
A la sombra de un Rayo

En el Hotel Intercontinental se pueden apreciar 40 cuadros.

Esta es la historia de Vicente Rayo, el hermano menor de Ómar Rayo, que por estos días exhibe sus pinturas en el lobby del Hotel Intercontinental de Cali. También, claro, es la historia de su obra, que tomó forma y color propio a la sombra de un árbol muy alto.

Por primera vez veía a su hermano Ómar Rayo con los brazos cruzados. Estaban en el patio de la casa. A Ómar se le deslizaron las gafas sobre la nariz hasta llegarle a la punta, mientras miraba el cuadro por encima de la montura.

Ómar quiso sentir la textura y empezó a recorrer la pintura con el borde externo de la mano. Así lo hacía siempre con cualquier obra propia. Solo que esta vez Rayo acariciaba el primer cuadro de Vicente, su hermano menor.

Los responsables de esta escena habían sido los amigos de Vicente que, sin ningún misterio, se habían lanzado a preguntarle al reputado maestro Ómar Rayo ‘¿Qué piensa de la obra de Vicente? ¿Cómo la ve?’ El hijo ilustre de Roldanillo no tuvo más opción que pedirle explicaciones a quien era su asistente.

- ¿Qué es la vaina, Vicente, que todo el mundo me pregunta qué opino de su obra y quedo como un pendejo porque no me has mostrado nada a mi?, ¿qué estás pintando?

- Yo no le muestro porque lo mío es distinto y de pronto usted me critica.

- ¡Cómo se te ocurre!

- Yo le muestro. Pero si lo mío no es de su gusto, dígamelo, pero en una crítica constructiva, que esto no vaya a ser ni lo primero ni lo último.

Hoy, el hermano menor de Rayo, el mismo que el maestro apadrinó y promovió, por primera vez realiza una exhibición individual en Cali, en el lobby del Hotel Intercontinental.

Estuvo a la sombra del hermano mayor y eso nunca le incomodó. “En ese sentido fui muy humilde. Ómar hacía magia. Era el único artista en el mundo que con la sombra podía generar maravillas”.

Acompañó muchos años al Maestro Rayo, pero este nunca le compartió cómo lograba el toque de sus cuadros.

“Mi hermano no era una persona fácil, tenía un temperamento como el apellido, rayado. Un día lo cogí como de buen humor y le dije ‘Ómar ¿cuándo me enseñás a hacer la sombra? Y él me respondió: ‘Si eso es facilísimo ‘Virrayo’. Prendés el bombillo, te parás debajo y mirás pa’l piso. Ahí está la sombra’”.

Rayos y centellas

Vicente nació el 2 de agosto de 1948. Era el menor de los diez hijos del matrimonio de Vicente Rayo y Luisa Reyes. Los hijos fueron, en su orden: Ómar, Ligia, Robert, María Luisa, Jaime, Fanor, Horacio, Amalfi, Elsy y Vicente. Ómar y Vicente eran hermanos ‘punta’, los extremos, y se llevaban una diferencia de 20 años.

El pequeño Vicente creció escuchando las historias de un hermano que llegaría a Roldanillo luego de sus travesías por Suramérica. “Al principio me escondía detrás de mi mamá. Para mí Ómar era un extraño, yo no lo conocía. Recuerdo bien que en uno de sus viajes trajo a la casa un televisor pequeñito”.

En la casa de Roldanillo, hoy demarcada con el número 4-34, Vicente veía cómo su hermano se apoderaba de la mesa del comedor para hacer sus obras. “Yo lo miraba de lejos pero a él nunca le gustó que uno estuviera viéndolo mientras trabajaba”.

Recuerda Vicente que fue en la talabartería de su padre en donde Ómar empezó a explorar el dibujo: se escondía debajo de una mesa a hacer sus creaciones y a retratar a sus hermanos.

“Una vez mi papá lo sorprendió. Le cogía los trabajos y le decía ‘Ponete a hacer muñecos que con eso vas a vivir’. Esos eran los inicios del Ómar Rayo caricaturista”.

Vicente también pasó por la talabartería y, como todos los hombres Rayo, aprendió del oficio. Su hermano Horacio ofreció hacerse cargo de su educación pero si se trasladaba a la Costa Atlántica.

‘Virrayo’, como le decían en la escuela, terminó el bachillerato en la Costa y se alistaba para entrar a estudiar Bellas Artes en Cartagena, cuando su hermano murió. Ahí quedó la ilusión de ser un profesional como su hermano Ómar.

No obstante, Vicente no paró de explorar con cuanto material tenía a su alcance como el cartón piedra o el cartón cartulina, utilizado sobre su lado crudo y no sobre el blanco.

Un día le enseñó al Maestro Rayo una pintura sobre tela. “Eran cuatro cuadrados grises y antes de quitar la cinta cogí una lija esmeril y lijé contando los tiempos en que pasaba la lija sobre la pintura: 1,2,3. Como resultado se quedó viendo la textura de la tela. Cuando le llevé ese cuadro me dijo ‘Esto está interesantísimo’”.

“En el patio de su casa había una puntilla. Con esa luz del día me miraba las obras. ‘¿Qué es esto ‘Virrayo’?¿Cómo lo lograste?’ Yo solo atiné a decirle ‘Son secretos de profesión’. Él se quedó pensativo y me replicó ‘Ah, te sacaste el clavo por lo de la sombra’. Y finalmente le conté cómo lo había hecho”.

Vicente, un autodidacta de la pintura, admiró y respetó a su hermano al punto que había ocasiones en que lo llamaba maestro. También le enseñó el truco de mezclar el vinilo con agua hervida para evitar luego el hongo en las pinturas. Ómar lo valoró, no sin antes replicarle: “¿Qué me venís a enseñar a mí que llevo 50 años pintando? Pero bueno, lo acepto. Yo más viejo que vos y me estás enseñando”.

Águeda Pizarro ha manifestado que crecer a la sombra de un árbol tan alto como Ómar Rayo, no es fácil. “Pero Vicente Rayo ha buscado siempre su propio camino y ha logrado una obra geométrica diferente, consecuente con sus planteamientos estéticos distintos y que sigue evolucionando y expandiendo”.

El curador y crítico de arte Miguel González explica que a Vicente Rayo “le interesa el diseño geométrico y la experimentación con el color, con una paleta mucho más extensa y variada que la de Ómar Rayo”.

Agrega que “sus entramados a veces parecen vitrales porque hay presencia de una línea dura negra. Tiene la misma técnica y factura de Rayo en el resultado final”. Pero la diferencia con su hermano es que la obra de Ómar “tiene una ilusión óptica que se produce a través de los sombreados”.

Vicente le preguntó a su hermano todo lo que quiso “no para copiar o hacer lo mismo de él. Su forma de trabajar era impresionante. Él se subía a su estudio y nadie lo veía. Cuando él bajaba con la obra, ya estaba terminada. Yo se la recibía para limpiarla, lijar y barnizar”.

El maestro Rayo no le perdía la pista al trabajo de Vicente y un día le solicitó que le mostrara el cuaderno donde hacía los bocetos de sus trabajos, pero su hermano autodidacta prefería trabajar directo sobre la tela o el papel. “Al no usar la sombra, me daba el lujo de borrar, de corregir. Mientras tanto el trabajo de Ómar tenía que ser sin fallas. Por eso se distinguió él porque era preciso y perfeccionista”.

Gracias a su hermano, Vicente y sus obras fueron expuestas en el Museo Rayo de Roldanillo, en Ecuador y en el Museo Manuel Felguérez en Zacatecas, México. Fue el único artista que pidió que no le pusieran un vidrio a su obra y el único que permitía que la gente tocara sus cuadros.

“Una vez descubrí a una señora que con la uña intentaba arrancar algo de mi cuadro y al preguntarle qué quería hacer me dijo ‘Le quedó bien pegado’. Todo porque en mis obras la cinta deja un relieve”.

Un viaje sin retorno

Hoy, con 67 años, Vicente Rayo es el conservador del Museo Rayo, el encargado de cuidar que tanto la obra de su hermano así como la colección del Museo se mantengan en perfecto estado.

Gracias al tiempo que compartió junto a su hermano en el taller, aprendió a reconocer la autenticidad de las obras firmadas por el maestro Ómar Rayo.

Comparte su vida con Teresa Sánchez, la mujer que eligió como esposa hace 40 años. Intentaron construir familia pero la dicha fue efímera y el corazón de los pequeños muy débil. El primero, Ramón Vicente, les trajo la felicidad de ser padres durante un año. Luego vino una niña cuya salud fue complicada y solo vivió 8 días. No alcanzó a ser bautizada. Por eso Vicente y Teresa se refugiaron en su amor de esposos.

En el taller de su casa, Vicente sigue pintando cuando sus problemas de columna le dan tregua. En una de las estanterías de su estudio, donde tiene pinturas y pinceles, Vicente conserva una imagen en blanco y negro de su hermano Ómar cuya pose y actitud parece la de un maestro que pasa revista a los trabajos de su alumno.

Han pasado cinco años de la muerte de Ómar Rayo, sin embargo, Vicente siente que su hermano aún está entre los vivos.

“Para mí Ómar no ha muerto. A veces siento que se ha ido a recorrer el mundo y que tiene apagado el celular y hasta me dan ganas de llamar a saludarlo, porque siento que se fue de viaje. Creo que la muerte es tan buena que por eso el que se va no regresa”.

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