80 años sin vos, Carlitos

80 años sin vos, Carlitos

Junio 28, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
80 años sin vos, Carlitos

El lunes 24 de junio de 1935 un accidente aéreo impidió que Carlos Gardel le cumpliera a Cali la cita que tenía para cantarle. Pero esta ciudad nunca lo olvidó: lo revivió en su literatura, atesoró su voz en largas colecciones, construyó un templo tanguero en el barrio Obrero y hasta fundó un café en su honor. Que 80 años no son nada...

El lunes 24 de junio de 1935 un accidente aéreo impidió que Carlos Gardel le cumpliera a Cali la cita que tenía para cantarle. Pero esta ciudad nunca lo olvidó: lo revivió en su literatura, atesoró su voz en largas colecciones, construyó un templo tanguero en el barrio Obrero y hasta fundó un café en su honor. Que 80 años no son nada...

Ni siquiera fue en el aire; fue en el suelo, 

sin altura, sin gloria y sin sentido,

donde un soplo fatal, desconocido, 

rompió tus alas y cortó tu vuelo...

Carlos Villafañe

Don Gabriel Hurtado no tendría más de ocho años cuando la mano de Ruth, su mamá, lo tomó por el brazo en el filo del medio día de ese lunes 24 de junio de 1935. La mujer y su hijo vivían muy cerca del barrio El Peñón. Ella, apurada, temía llegar tarde y sabía que contaba con el tiempo preciso para trasladarse hasta Guabito, esa suerte de aeropuerto que para entonces se extendía en el terreno de lo que es ahora es la Base Aérea Marco Fidel Suárez. La radio tenía a la ciudad en estado de alerta desde hacía días: el avión que traería a  Carlos Gardel desde Medellín, al “galán cinematográfico argentino”, como lo reseñaba la prensa en sus páginas, aterrizaría en Cali sobre las cuatro de la tarde. 

El recuerdo se quedó a vivir en la memoria de este abogado que hoy, a sus casi 89 años, permanece  en cama por una afección pulmonar que le impide respirar con facilidad  y por una fractura de cadera que sufrió hace apenas unos meses. Pero la caída que lo postró no le borró la nitidez de esa tarde ni las horas de angustia que corrieron luego, siempre prendido del brazo de Ruth.

La historia la ha escuchado ya en varias ocasiones Nelly, una de sus hijas mayores y la albacea de esa anécdota ajena que don Gabriel  terminaba contando sin remedio en todas las reuniones familiares casi como una hazaña de guerra: que al Guabito madre e hijo arribaron para fundirse en la emoción que ya vivían otros miles de caleños que también esperaban al ‘Zorzal criollo’; a la voz sedosa que  cantaba ‘Volver’, ‘Adiós muchachos’, ‘Por una cabeza’, ‘Mi Buenos Aires querido’, ‘Cuesta abajo’ y ‘El día que me quieras’,  ese tema que las mujeres de la casa  entonaban a cada rato en el patio de los Hurtado con emoción profunda, como si el amor fuera un asunto acabado de inventar.

Pero como en el más puro tango del Morocho del Abasto, donde el mundo y fue y será una porquería, aquella felicidad colectiva se transformó prontamente en tragedia. “Como pasaba el tiempo y Gardel no llegaba, algunos comenzaron a murmurar que el avión había tenido un accidente en  Medellín. Un accidente grave, decían. Mi recuerdo de ese día es la gente mirándose asombrada, con una expresión de ‘no puede ser’. Algunos, incluso, creyeron que era una broma. En medio de la angustia, las mujeres lloraban, aterradas. Algunos se tiraron al suelo. Yo era muy niño aún para entender por qué reaccionaban así solo por un cantante. Pero con los años comprendí que quien moría ese día había sido un grande, y que nosotros habíamos sido testigos de excepción de esa historia”, cuenta don Gabriel. 

Esa misma noche, a las afueras del Teatro Jorge Isaacs, fundado en la Carrera 3 con 12 apenas tres años antes,  otras 1200 personas aguardaban, boleta en mano, la presentación del artista argentino. Los más pudientes habían pagado  60 centavos, el precio de la entrada más costosa. Las más baratas se conseguían en 15. 

Pero antes de que terminara de caer la noche la noticia se esparció como fuego hasta ser confirmada, desde Bogotá, por las ondas hertzianas de ‘La voz de Víctor’: “Carlitos Gardel ha muerto”.

Moría la voz, sí, pero nacía el mito.

[inline_video:youtube:IGI_1L7iQNA:0:Vía Youtube.]

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A centenares de kilómetros de allí, la escena en el aeródromo Olaya Herrera parecía sacada de una película de Hitchcock: una veintena de cuerpos se calcinaban, casi a la vista de los miles de paisas que se habían desplazado hasta ese lugar para despedir a Gardel, quien había colmado  dos veces el  Circo Teatro España.

Luis Eduardo Ortiz, que fuera piloto de la Fuerza Aérea Argentina y que convirtió este episodio histórico en un libro, narra desde en su casa de Buenos Aires, qué fue lo que pasó ese 24 de junio, hace ya 80 años: el avión en el que volaría Gardel desde Medellín rumbo a Cali, un trimotor Ford de placas F31, comprado unos  meses atrás por la  aerolínea Saco, intentaba alzar vuelo cuando se desvió de la pista central y chocó de frente contra  el ‘Manizales’, aeronave de la Scadta (Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos), que estaba detenida a un costado de la pista, a solo 200 metros, y  con los motores en marcha, aguardando turno para partir a Bogotá. El desenlace no podía ser distinto: en el momento de la colisión los dos aviones tenían repletos sus tanques de gasolina.

 La teoría de Ortiz, que durante años fue profesor de accidentes aéreos, es que el trimotor que transportaba a Gardel “estaba bastante pesado, 1206 kilos,  y que la pista más conveniente en ese caso era la que despegaba en dirección al norte”. La mala fortuna quiso que en esa dirección soplaran “muchos vientos de cola y de costado. Fue por eso que el piloto perdió el control de la nave durante el despegue. En esa época los accidentes eran más frecuentes porque la aviación estaba en pleno desarrollo”.

De todo eso vino a enterarse mucho después Arcesio Valencia, un mecánico del Guabito que  al lado de su caja de herramientas guardaba la esperanza de poder robarle un autógrafo a Gardel ese lunes. Ahora tiene 104 años y sigue viviendo en la misma casa del barrio Obrero, desde donde —hasta hace pocos años— partía rumbo a La Matraca los domingos para brindar con whisky por los tangos que el Zorzal no pudo entonar en el Jorge Isaacs.

La pequeña ciudad que era Cali entonces había quedado sumida en la decepción. La mañana del martes siguiente el comercio cerró sus puertas y los teatros cancelaron sus funciones en señal de duelo. Así lo narraron las páginas del Diario del Pacífico, que en su edición de ese día iba soltando, poco a poco, los detalles de la mayor tragedia aérea que hasta entonces vivía el país.

Que Gardel había viajado a Medellín desde Bogotá solo para que el avión se abasteciera de gasolina; que murió sentado junto al periodista brasileño Alfredo Le Pera, autor de buena parte de las canciones que lo consagraron y que lo único que permitió identificar su cuerpo calcinado fue una placa que milagrosamente resistió a las llamas caóticas de la tarde anterior y en la que se leía: ‘Carlos Gardel, Juan Juares 735 Buenos Aires’. 

17 de los 20 pasajeros del F31 murieron, entre ellos Ernesto Samper, pionero de la avión en el país y dueño de la Saco, al igual que casi toda la comitiva que viajó con Gardel desde Nueva York y que lo acompañaba por una gira por América Latina que ya había hecho escala en Puerto Rico, Cuba y Venezuela y, a su paso por Colombia, en Barranquilla, Cartagena, Medellín y Bogotá. 

Cali, pues, que aguardó por el artista para dos conciertos, se privó de tener a la voz que le había enseñado sobre  aquello del pasado que aflora, el tiempo viejo que llora y que nunca volverá.

 

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Nunca otro como Gardel, escuchó decir Gabriel Hurtado varias veces siendo un chico. Grandes fueron Hugo del Carril, Julio Sosa, Alberto Castillo, Roberto Goyeneche y Edmundo Rivero. Pero es que Gardel  era no solo una voz sino una historia cuya vida parecía contada con esa temeridad, ese mismo arrabal, ese fulero, ese puñal, esos lupanares y ese exilio con el que se ha escrito también “ese pensamiento triste que se baila”, como definió Borges al tango alguna vez.

Gardel había nacido para convertirse en mito. Y sus biógrafos lo han ‘acusado’ de todo: que fue el pibe del barrio Abastos de Buenos Aires que se convirtió en estafador en sus años de juventud. Que por eso mismo cambiaba de personalidad a cada rato. Que desdeñó de su pasado pobre, hijo de una madre soltera y un ladrón francés. Que era un homosexual que se escondía detrás de la galanura que exhibía en películas como ‘Tango bar’ y ‘El día que me quieras’. Que no murió en un accidente aéreo, pues en realidad andaba de gira por América Latina con una máscara que ocultaba su rostro deformado.  Que estuvo preso en Ushuahia. Y que —como todo gran mito, ni más faltaba— no son pocos los que pueden dar fe de los milagros que les ha cumplido  a quienes acuden en su auxilio al cementerio de La Chacarita.

Es que no existe nada que agreda más a  un mito como los datos precisos. Es que no hay nada que los argentinos hagan mejor que fabricar mitos. Rostros para estampar la camiseta universal: Evita, el Che, Maradona... Gardel, siempre Gardel.

Bien lo dice Darío Jaramillo, el escritor antioqueño que nos regaló su ‘Poesía en la canción popular latinoamericana’, libro donde se encargó de esculcar pacientemente varios  tangos gardelianos: “aclarar el pasado de esta leyenda  es un pasatiempo no solo argentino, sino también latinoamericano. La verdad mítica no tiene que ver con la verdad verdadera”.

 Un mito como Gardel, dice, “puede por eso mismo darse el lujo de nacer en tres partes distintas, en Tacuarembó, en La Plata o en Toulouse.  Gardel, el mito, es, por mucho, una historia mucho más larga que la del Gardel inpiduo. Cualquier cuento que se cuente del inpiduo agranda el mito; cualquier cosa que se invente sobre el mito agranda al inpiduo”. 

[inline_video:youtube:I5JQ1m3mxKw:0:Vía Youtube.]

Y fue así como lo acogió Cali que, como el resto del país,  cultivaba una tradición tanguera mucho antes de la fallida visita del Zorzal. La tradición cuenta que en 1918 se compuso el primer tango colombiano. Se llamó ‘Bogotá’. En los años 30 y 40, el poeta y músico de Andes, Antioquia, Libardo Parra, a quien todos conocían como ‘Tartarín Moreira’ se convirtió en el más prolífico compositor de tangos, grabados luego en las voces de Agustín Magaldi y Pedro Vargas. Su tango más conocido fue ‘Son de campanas’.

Entonces, la muerte de Gardel solo fue un pretexto para que esta ciudad continuara su devoción por esta música. Lo cree así Leyda Santa, directora artística de La Matraca, templo tanguero del barrio Obrero, que saluda desde la pared del fondo con la foto típica del ‘Pájaro cantante de Buenos Aires’: un rostro de sonrisa perfecta de galán, a blanco y negro, vestido con su célebre sombrero ‘ladiao’ de fieltro borsalino.

“Antes el tango no era una música bien vista. Se creía más del gusto de la gente pobre, de la clase trabajadora. Pero Cali, junto a Medellín, siguió cultivando su amor por este género; hoy en Cali existen tangueros de corazón, caleños con colecciones que envidiaría cualquier argentino”, asegura Leyda.

 Ahí está Darío Encinales, un abogado que conserva en su casa ocho mil discos de 78 revoluciones y unos dos mil Lp de música argentina, incluidas las cerca de mil composiciones de Gardel, y cuyo afecto por los aires de arrabal le aseguraron un puesto en el Instituto de Investigaciones del Tango y de la Academia Nacional del Tango de Buenos Aires. 

Ahí está Esther Goeta, una caleña que conoce como pocos las historias que se han tejido alrededor del tango y sus intérpretes y una estudiosa dedicada del género que se ha ocupado de investigar curiosidades, por ejemplo, la presencia de Gardel en la obra de García Márquez. 

Y junto a ellos, otro gardeliano pura sangre, Jairo Usma, cuyos trazos  le han servido para recrear sobre sus lienzos los más hermosos cuadros que se conozcan sobre el tango, varios de los cuales se exponen justamente en La Matraca.

Todos han pasado por ‘Gardel’, ese café  de la Avenida Sexta con 14, fundado hace once años por Alfonso López Correa, un tanguero insobornable que quiso rendir con este lugar homenaje a esas canciones del Zorzal Criollo “que fueron las culpables de los amores de nuestros abuelos. Gardel es icono de la ensoñación y el romanticismo de esa generación de los años 20. Sin sus letras, sin su voz, seguramente nosotros no existiríamos”.

Por aquí, por esta esquina, suelen asomarse a tertuliar Daniel Mariscal, tanguero de raza que desde su programa de la emisora Carvajal ayuda a que Cali no extravíe su alma tanguera y milonguera. También Alberto Osorio, filósofo y musicólogo que lo mismo puede conversar sobre la influencia de Gardel en la literatura latinoamericana que sobre el significado de muchas de sus canciones. 

Aquí, en estas mesas, seguro, alguien habrá contado que  el arquitecto Iván Escobar Melguizo, juró que —contrario a la pena que arrastra la ciudad en estos 80 años— Gardel sí estuvo en Cali. Sucedió cuando sus restos arribaron a la estación del Ferrocarril de la Calle 25, camino a Buenaventura desde Medellín, donde había sido enterrado tras el accidente. Una larga travesía que Fernando Cruz Kronfly nos narró en su  novela ‘La caravana de Gardel’. Otros habrán recordado a Carlos Villafañe, el poeta de Roldanillo, quien le dedicó al Zorzal unos versos sentidos que parecen tener en toda esta historia la última palabra: “...y del destino en la sangrienta garra te marchas hoy con todo y tu guitarra, ‘gardelizando’ el tango de la muerte’.

[inline_video:youtube:SJ1aTPM-dyE:0:Vía Youtube.]

 

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