Noticias de Cali, Valle y Colombia - Lunes 1 de Septiembre de 2014

De panteones, muertos y leyendas

A propósito de la conmemoración del Día de los Difuntos, CartagoHoy recorrió los cementerios de la Villa para conocer las historias que se esconden detrás de la Parca.

Por: Cartago hoy Lunes, Noviembre 8, 2010
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Dato clave

Las Tumbas

A pesar de que no se tiene un dato exacto, se estima que en el municipio de Cartago existen más de 12.000 tumbas, sin contar con los osarios y las fosas comunes.

 
De panteones, muertos y leyendas

Del antiguo cementerio Diocesano se conservan sólo algunas de sus antiguas calles estrechas, las cuales causaban temor en la gente, que se sentía rodeada de tumbas por todos los frentes.

Aunque en Cartago fue popular el refrán de que aquí la gente no se moría y que los muertos se traían de Pereira, en la actualidad todo es muy distinto.

La Villa de Robledo cuenta con siete cementerios de las más variadas clasificaciones, los cuales reflejan una cultura altamente preocupada por el destino que trae la irremediable Parca.

Así, los cartagüeños pueden descansar bajo los lujosos jardines de La Ofrenda, cobijarse en las rurales tumbas de Zaragoza o ‘dormir’ en algunos de los cuatro panteones de la Calle 11, como son el histórico Diocesano y el Cristiano, Los Fundadores y el de Los Motoristas, ya que el de Santa Ana no tiene ‘huéspedes’ hace cuatro años.

Tal ‘abanico’ de panteones se dio, según el historiador Tulio Pérez, porque la ciudad creció hacia cinco sectores distintos, por lo que cada comunidad quería su cementerio para no llevar el muerto al hombro durante tantas cuadras.

Explicó, además, que la urbe era polo de desarrollo y recibía gente de varias culturas que quería espacios propios.

La oferta para el último acto social del ser es tan amplia que se hallan desde tumbas gratuitas en el camposanto Diocesano para quienes demuestren no tener como pagar un final digno, hasta criptas de lujo en exuberantes jardines que se pueden vender hasta por $15 millones con cerca, verja de apertura y árbol que le brinde sombra al difunto.

Incluso hay cementerios que ya hacen actos culturales diurnos y nocturnos en sus terrenos, con el fin de que se vea la muerte menos trágica y más como una transformación hacia la agradable paz.

Al respecto, el sociólogo Jairo Hernández, afirmó que en la Villa la tradición religiosa de darle un adiós digno al cuerpo se está mezclando con la modernidad, donde reina el mercado y todo se puede volver negocio, por lo que cada vez se ofertan servicios más variados.

“De cualquier modo, son muchos los que quieren más espacios de muerte personalizados, pues el ser se apega a la vida -al recuerdo de su existencia-, así sea a través de una lápida que diga que sí pasó por la tierra”, añadió.

Cuando nadie se moría

El primer cementerio de Cartago se hizo en 1821, cuando la Parca aún no se decidía a visitar la Villa, una tierra cuyo clima seco y agua mineralmente rica hacía que se viviera largos años.

Así, se levantó un panteón pequeño en el jardín de una capilla de madera, ubicada donde hoy está la Catedral. Pero nueve años después una épica epidemia de viruela colapsó el lugar y hubo que inaugurarse uno nuevo por los lados que ahora ocupa el Colegio Académico.

El drama no paró, pues en 1875 un terremoto dibujó el apocalipsis, dejando expuestos los cadáveres. “Parecía cosa de muertos vivientes; los cuerpos estaban enteros por las sustancias del agua de la ciudad. De allí salió la historia de la momia de la Casa del Virrey que perteneció a la alta dama Margarita de Marisancena, a la que luego se llevaron para la vivienda”, recordó Franco.

Se trasladó el panteón al terreno que hoy ocupa y en 1904 se estrenó con la muerte de Braulio Rentería, quien diseñó el cementerio en estilo gótico.

La última remodelación fue hace 40 años, cuando la Villa creció mucho y el cementerio cambió su rostro volviendo en senderos verdes sus callecitas.

¿Otra forma de ver la muerte?

La propuesta más novedosa en cuanto al rito del entierro se encuentra en el panteón más recientemente construido en la Villa, como es el jardín de La Ofrenda, donde sus decorados jardines no sólo son el escenario que intenta simular un paraíso prometido, sino que sirven para celebrar eventos culturales en las fechas especiales del año.

Así, se festeja el Día del Niño, cuando se les da crispetas, dulces y materiales para dibujar y expresar sus sentimientos sobre la muerte y brinca brinca, para que vean el cementerio como un parque positivo. También se celebran los días de la Madre y el Padre, con presentaciones de jazz o mariachis y misas; el Festival de la Vida, con misa, rituales y rifas de electrodomésticos; lunadas con pantalla gigantes, música y canelazo en la noche; y el 7 de diciembre, con exposición de faroles en las tumbas, música y misa.

“Queremos que la gente deje de ver la muerte como algo triste y la asuma como una transformación que experimentamos todos los seres para pasar a un estado mejor. Por eso, luego de los entierros, que generalmente van acompañados de lágrimas, ofrecemos el servicio de psicóloga”, informó Martha Gómez.

De Espantos y curiosidades

Fuera de despojos, los panteones también guardan historias que van desde leyendas de espantos hasta oscuros relatos reales.

Según el cabador del Diocesano, Arquímedes Ruíz, en su labor se ven desde viejitos arrastrando sus pies y saliendo de las tumbas, hasta seis monjas de azul orando por los pasillos, de quienes se dice fueron Vicentinas.

“Nos toca quemar muñecos llenos de agujas y huesos envueltos que entierran. Los quemamos para borrar la maldad”, comentó.
El 31 de diciembre es la noche más activa, pues muchos quieren entrar a las malas para tomar alcohol cerca de sus difuntos.

En el cementerio de Los Motoristas es famosa la anécdota de la estatua del hombre desnudo manejando el mundo, el cual muestra sus genitales. “Causó tanta polémica que le cortaron un pedazo al pene”, anotó Franco.

En el cementerio Cristiano algunos muertos no se dejan enterrar. “Una vez un cuerpo se puso pesado. Éramos cinco y no lo subíamos. El hijo recordó que la mamá quería una tumba en tierra, cambiamos entonces de lugar y el féretro se alivianó”, aseguró Gabriel Moreno, auxiliar administrativo.

El de los pobres

El cementerio Diocesano, Metropolitano o Central, también es catalogado como el de los pobres, pues aunque tiene alquileres y tumbas de todos los precios, según el párroco encargado Jesús Lozano, por ser de propiedad de la Diócesis existe la posibilidad de enterrar gratis y en bóvedas individuales a personas que no cuentan con recursos económicos.

“Aquí están la mayoría de pobres de Cartago, pues la Iglesia tiene que albergar a quien demuestre que no tiene cómo pagar un entierro o a quien no tenga dolientes”, añadió.

En la actualidad hay 5.160 osarios y 8.200 bóvedas, de las cuales 3.000 son propiedad de familias de la Villa. También hay cuatro fosas comunes, adonde van los restos que no se han reclamado en 20 años.

La arquitectura es moderna, pero conserva un templete central donde descansan restos de personajes como los músicos Pedro Morales Pino y Agustín Payán o el escritor Roberto Delgado.

La fosa común antigua ahora tiene encima un templete republicano con flores de piedra esculpidas y tendencias grecorromanas en sus columnas. Allí se celebran las misas cada tercer sábado del mes.

Otros panteones

A mediados del siglo pasado Cartago tuvo un boom de nuevos cementerios privados, como el de Los Motoristas, Los Fundadores y el Cristiano, los cuales están en la misma cuadra, y que usualmente son confundidos como parte del cementerio Diocesano.

Según el historiador Carlos Franco, la gente quiso diferenciarse y tener sus propios y pequeños espacios para sus muertos, los cuales cuentan entre 200 y 300 tumbas cada uno.

Así, en el de los Motoristas descansan la mayoría de transportadores, quienes en ese entonces eran las personas más reconocidas en la ciudad.

El camposanto Cristiano albergó en su origen a quienes querían ‘descansar’ de acuerdo con los ritos de su propia fe. Aquí se manejan tumbas en tierra, bóvedas y osarios.

El de Los Fundadores fue creado por una junta civil que quiso que sus difuntos tuvieran un lugar privado, a manera de club. Casi todos sus socios ya están enterrados allí.

Finalmente el panteón de Zaragoza, que cuenta con más de 300 años, es rural y casi todas sus tumbas son en tierra, aunque también tiene bóvedas y mausoleos.

“Aquí va gente cercana y quienes quieren volver a la tierra, como se vuelve a la madre”, dijo Hernández.

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