Noticias de Cali, Valle y Colombia - Martes 21 de Octubre de 2014

2.555 días de dolor y promesas incumplidas por tragedia en Bendiciones

Hoy se cumple un año más de la avalancha mortal de la vía al mar. Damnificados volvieron a la zona, pues aún no tienen sus casas.

Por: Diana Ruiz y Adonay Cárdenas | Repoteros de El País Viernes, Abril 12, 2013
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Las avalanchas ocurridas el 12 de abril del 2006 en Bendiciones, en la carretera Cabal Pombo, cobraron la vida de 38 personas y dejaron sin hogar a otras 217 familias, quienes aún permanecen sin techo.

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Demandas por la tragedia

Hoy se encuentra en estudio una millonaria demanda en contra del Estado, el Departamento, la CVC, Invías, Municipio y otras 9 entidades, por falta de prevención, reducción y mitigación de los efectos del desastre natural en el suceso del 12 de abril.

Las pretensiones de la misma son de más de $200 mil millones para las víctimas de la Cabal-Pombo.

Aún después de siete años de ocurrida la tragedia de Bendiciones, donde murieron 38 personas y 217 familias lo perdieron todo, los damnificados sigue sin hogar. Ampliar

Una tragedia como la de Bendiciones deja un trauma para toda la vida. Nemesio Riascos lo padece. Dice que cuando caen fuertes aguaceros no duerme y que cuando está a punto de conciliar el sueño se acuerda de todo y vuelve a quedar en vela. Regresan a su memoria la gigantesca cascada de barro que borró a su vereda, los gritos de sus vecinos, la muerte de sus amigos, la escena de horror que él compara con algo parecido al fin del mundo.

Hoy, hace siete años, 20.000 metros cúbicos de tierra, lodo y piedras arrasaron con las veredas Bendiciones y La 40, sobre la carretera Cabal Pombo, vía a Buenaventura. Murieron 38 personas y 217 familias quedaron en la calle.

Aunque pase el tiempo, Nemesio, de 47 años, no olvida que esa lluvia que desprendió la loma fue la misma que le mojó su negra y delgada humanidad mientras intentaba guiar, en medio de la penumbra de las 4:00 a.m. de ese día, a 30 personas a lo más alto de una montaña, para salvarlas del diluvio.

Tres días antes de la tragedia había terminado su curso como socorrista para atender cualquier evento en la zona. Tenía 40 años en ese entonces.

Asegura que después de vivir eso, el miedo a la lluvia no se le quita. Y cómo no, si Nemesio vive en lo que fue el epicentro de aquel drama, al igual que más de 70 familias que tuvieron que regresar a construir sobre las ruinas.

Hoy los damnificados cumplen 2555 días esperando las casas prometidas para su reubicación.

Resulta que apenas ocurrió la tragedia, a las familias perjudicadas les prometieron entrega de alimentos y subsidios de arrendamiento durante los siguientes seis meses después de la avalancha. Para ese tiempo ya tendrían vivienda nueva, según las autoridades.

Hasta el segundo semestre del 2009, con la colaboración de la Sociedad Portuaria Regional de Buenaventura, se proporcionaron alimentos a los damnificados. Mercados básicos con arroz, aceite, granos y enlatados, cuenta la gente.

“Desde hace dos años la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo suspendió los envíos de subsidios, casi coincidieron con los cambios que se presentaron en la entidad, alegando que no había actas de soporte de esos pagos”, dijo el sacerdote Jhon Reina, quien sigue de cerca a los sobrevivientes de la tragedia.

Entonces, acabados los subsidios de arrendamiento, comenzó un nuevo vía crucis para estas personas: el de ser desplazadas por la falta de ayudas.

Antes de volver a su pedazo de tierra en La 40, Esther Angulo y sus cinco hijos transitaron por quince viviendas de alquiler en los barrios La Fortaleza, La Frontera y Nueva Floresta.

“Como se demoraban en pagarnos, nos desalojaban. No podía uno dejar un mes de pagar y ya lo estaban sacando. Entonces me devolví a mi terreno y un minero ya había construido un ranchito. Como se fue, me metí ahí con mis hijitos. Vivimos apretados, con miedo, pero nos toca”, explica la madre de 35 años.

A Ana Milena Orobio, otra sobreviviente, aún le tienen confiscada la lavadora, el equipo de sonido y hasta la cama por no pagar la última cuota de arriendo.
“Aquí las culebras nos vienen a buscar y eso que no tenemos nada”, explica Nayibe Angulo, líder de la zona.

César Mosquera, habitante de Bendiciones, ha levantado un rancho en madera y lona que nada se parece a la casa amplia de cemento que tenía. Hoy su familia, de ocho personas, duerme en dos cuartos de la vivienda húmeda e improvisada, al lado de la carretera.

En algunos de estos cambuches la sala es el mismo cuarto que ocupan hasta tres familias juntas, donde armarios y tablas improvisadas se convierten en el mesón de la cocina. No hay sanitarios, la energía es de conexión irregular y sábanas, cobijas y plásticos, negros o verdes, cumplen su trabajo como puertas y paredes.

Las más de diez protestas generadas por los habitantes en reclamo del cumplimiento a las promesas incumplidas no han sido suficientes para alertar sobre la compleja crisis social que afrontan.

“Mil veces nos dijeron que no se podía construir aquí porque es zona de alto riesgo, pero no hay de otra. En Buenaventura no hacemos nada. Aquí, por lo menos la minería nos da la mano, aunque está muy malo”, dice el negro Mosquera.

“Es una completa irresponsabilidad y negligencia que el Gobierno se haya olvidado de todas las promesas que nos hicieron”, sentenció Lucila Martínez, líder de los damnificados.

El río volvió a darles todo

“Si no estuviéramos sacando oro ¿que nos poníamos a hacer ahora?” Es la reflexión de José Castro, que a sus 55 años, ‘barequea’ en el río Dagua, el mismo que se desbordó hace siete años, al tiempo que las paredes de su casa se caían por el peso del lodo de la montaña. Ocurrió en La 40.

Al parecer, cortar madera, pescar camarón, vender fritanga, lavar carros o tener tienda no resulta tan provechoso si hay una veta de oro cerca.

“Es que nosotros hacíamos minería antes de la avalancha, pero no tanta porque no teníamos conocimiento. Pero los que vinieron sí supieron cómo hacerlo y ahora nos dan trabajo”, dijo uno de los damnificados que ahora trabaja en uno de los puntos de extracción de metal en el corregimiento de Zaragoza.

Son $12.000, $15.000 y hasta $40.000 diarios los que hoy obtienen los sobrevivientes de Bendiciones y sectores aledaños por la minería. Por eso, no es raro ver en la zona a las mujeres, niños y algunos ancianos cargando bateas para ‘mazamorrear’ en las aguas del Dagua.

También están empleados para trabajar en los socavones de hasta 24 metros de profundidad como ‘topos humanos’. En parte, la presencia de los damnificados no ha dejado morir la fiebre de oro en la zona.

Basta con ver el cambuche de una de las sobrevivientes, quien prefiere omitir su nombre, levantado en plásticos y tablas. Frente a los ojos de su hijo enfermo de Malaria hay un socavón de 12 metros de profundidad al que la mujer se mete todos los días en busca del metal preciado. Es eso o morirse de hambre, asegura ella.

Esta fiebre del oro provocó, según César Mosquera, que forasteros llegaran a ocupar los terrenos de quienes fueron desplazados por la avalancha. Entonces, los damnificados conviven con sus patrones.

“Aquí las casas que hay en cemento, las buenas, son de los que manejan las minas. En los cambuches vivimos nosotros. Mucha gente perdió sus predios porque no hay cómo pagar la inversión que ellos hicieron en las casas”, explicó.

El agua que hoy consumen los sobrevivientes de la avalancha proviene de quebradas como la García y San Antonio, las mismas que hace 84 meses se desbordaron y formaron aquella colada de lodo que los despertó a la madrugada y los dejó sin nada.

Aguas arriba de esos afluentes, hoy hay gigantescas montañas de piedra que se mantienen secas con ayuda del intenso calor de los últimos meses, pero que por debajo se van mojando por las mangueras que los pobladores han pegado a las quebradas para sacar agua.

“Si llega a caer un aguacero bien duro, tenga la seguridad de que esa tierra se va a desprender y va a causar una tragedia igual o peor de la que ya vivimos”, sentencia Nayibe Angulo.

Por eso es que desde hace 2555 días los afectados de Bendiciones y zonas aledañas no se acuerdan de lo que se siente tener tranquilidad.

Además de lidiar con la tristeza por la pérdida de vidas, de enseres y de oportunidades, hoy, como cada año, los damnificados vuelven a preguntarse hasta cuándo deberán enfrentarse a un futuro incierto marcado por promesas incumplidas.

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