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Opinión

opinion |  editorial - Septiembre 06 de 2010 - 22:46
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Por las calles de Cali

El viernes pasado, la oportuna intervención de la Policía Metropolitana evitó un enfrentamiento entre muchachos en los alrededores de un centro comercial situado al oriente de la ciudad, a la vez que impidió una pelea de jóvenes que salían de una fiesta en un club social, al norte de Cali. De nuevo, hay que preguntar qué está pasando con la responsabilidad de los padres de familia y de los educadores en la formación de ciudadanos respetuosos de la convivencia y enemigos de la intolerancia.

Cerca de 300 jóvenes pertenecientes a dos grupos de adolescentes que viven en los barrios Floralia, Calima y el Lido, entre otros, usaron las redes sociales para citarse en un duelo, el viernes 3 a las 7:00 de la noche. Niños entre los 11 y los 16 años supuestamente con educación adecuada, cuyos padres no tenían ni idea en dónde se encontraban. La causa pudo ser el que los de un bando les hicieron requiebros amorosos a las novias del otro; o porque uno le ganó un partido de fútbol al otro. Cualquiera pudo ser la razón de lo que iba a ser una tragedia si la Policía no interviene. Luego se supo que a los contendientes se les encontraron 70 armas blancas, marihuana, basuco y drogas que sólo pueden venderse bajo prescripción médica.

A las 3:00 de la mañana del sábado, las circunstancias fueron distintas pero los resultados pudieron haber sido también terribles, de no mediar la presencia de la autoridad. 30 jóvenes, algunos con cadenas y armas cortopunzantes, de edades entre los 15 y los 20 años salieron de una fiesta en un club social. Jóvenes de estratos sociales altos, con educación, se esperaron para trenzarse en una pelea callejera y, de nuevo, por cualquier razón. Fueron dos horas en las cuales pudo pasar cualquier cosa violenta.

Según su Comandante, en los últimos dos meses la Policía Metropolitana pudo evitar otros cuatro enfrentamientos masivos del mismo tipo. Son trifulcas que nacen del deplorable concepto en que ha caído la tolerancia en Cali. Una violencia dispersa pero igual de peligrosa para la tranquilidad de una ciudad cuyas autoridades civiles abandonaron el esfuerzo de crear motivos para el encuentro y la confraternidad, como la promoción del deporte intercolegiado o interuniversitario. Y una sociedad donde muchos padres de familia han preferido dejar la formación de sus hijos a lo que encuentren en la calle, mientras los educadores carecen de la autoridad y el respaldo suficiente para crearlos en los valores que hacen posible la sana convivencia.

Esa es una de las grandes razones por las cuales se presentan tantas víctimas mortales y tantos lesionados sin remedio, en medio de fiestas y celebraciones de ésta, la capital de la alegría. La otra está sin duda en el abandono de los adultos de su obligación de formar a los menores. Claro que se puede recurrir a la Policía cada que un hecho de estos se presente, y se le puede echar la culpa de los casos que no pueda evitar. Pero es necesario reconocer que en la familia, en la educación y en la actitud de los gobiernos municipales frente a estos fenómenos residen muchas de las causas de la intolerancia que impulsa la violencia juvenil en las calles de Cali.

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