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Opinión

opinion | columna |  victor-diusaba-rojas - Abril 07 de 2013 - 23:42
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Menos armas y más cerebro

Algún día, ojalá, esta imagen será un pliegue en la historia de la humanidad. Casi salidos del libreto que los ata a unos mínimos de compostura, la inmensa mayoría de los presentes el pasado martes en la Asamblea General de la ONU, rompen a aplaudir y no faltan quienes celebran con gestos de haber alcanzado una conquista sin antecedentes.

Tenían razón. Por primera vez el mundo, para decirlo en términos no absolutos pero sí evidentes, se ponía de acuerdo para, en la realidad, cerrarle las puertas al comercio de armas, eso sí, con la convicción de que el camino para llegar a ese sueño será largo y culebrero. Pero comienzo tienen las cosas y esos 154 votos a favor de la resolución presentada por Costa Rica tienen un enorme significado si se parte de dos hechos contundentes. Uno, el - con matices - sorprendente sí de los Estados Unidos. Y dos, la inmensa minoría que significa la negativa de Irán, Corea del Norte y Siria.

Claro está, esas cuentas alegres parecen pasar de largo el hecho de que tres potencias armamentísticas del tamaño de China, India y Rusia se abstuvieron (junto a veinte naciones más), pero, más allá de su peso específico en el concierto mundial y en el negocio en sí, vale recordar que el poder de veto había sido desmontado meses atrás y en consecuencia, más que nunca, el voto de los estados miembros valía por igual. Aunque, y esto no es cualquier cosa, cada uno de naciones queda en libertad de firmar o no el tratado y de ratificarlo.

Entonces, ¿cuáles son las razones para echar campanas al vuelo? La primera, sin duda, el hecho de que les quedará cuesta arriba tener más armas a quienes anden en plan de destinar millonarios presupuestos a esa ruina que es la guerra, más aún, como suele suceder, si hay evidencias de que violan los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario. Es decir, quien quiera hacerse a, por ejemplo, aviones de combate, helicópteros artillados, misiles, tanques y demás, no dependerá de su chequera sino del visto bueno de la comunidad internacional.

Segundo, las armas ligeras, esas que alimentan nuestro conflicto y la violencia cotidiana, entraron en el tratado. Son ellas, en particular en América latina, las mayores causantes de las tasas de crimen, que además significan el 42% de los homicidios del mundo aunque apenas seamos el 8% de la población (Moisés Naím). Sí, ya sabemos que hecha la ley hecha la trampa. Los traficantes buscarán nuevas vías para sus mercados malditos, pero resulta improbable que algún Estado quiera correr el riesgo de verse castigado por violar lo que van a vigilar no solo los organismos internacionales sino millones de personas.

De hecho fue la sociedad civil la que impulso sin descanso durante la última década eso que ahora cristalizó la ONU. Y si partimos de que hoy los Estados Unidos proveen el 40% del armamento mundial (el año pasado vendió 6.864 millones de euros en instrumentos de muerte, seguida por Rusia, 6240 millones, y China, 1.400 millones), pues da para creer que esa fiscalización en algo le pegará al negocio. Al menos esa es la esperanza. La otra ilusión es que no se dispare, nunca mejor dicho, el mercado de aquello que no quedó cobijado en el tratado, como material antidisturbios y munición, entre otras piezas sueltas, a la larga ‘micos’ de la buena noticia.

Este Barack Obama que nos gusta (no el que mantiene Guantánamo abierto y funcionando o el hombre de mano débil con los enemigos de los inmigrantes, como lo es el criminal Sheriff Joe Arpaio, de Phoenix), cumplió y prometió. Y además, en la misma semana, el Presidente destinó 100 millones de dólares para estudiar eso que llamó “el misterio de las tres libras de materia que tenemos entre las orejas”: el cerebro. Aunque no será la única partida tendiente, en principio, a dar con las causas de Parkinson, Alzheimer, esquizofrenia y epilepsia que, sumados, padecen mil millones de personas. ¿Coincidencia? No, coherencia: a menos armas, más cerebro.

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