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Opinión

opinion | columna |  paola-gomez - Septiembre 01 de 2010 - 19:32
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¿Qué le pasa a Cali?

¿Qué pasa por la cabeza de un tendero que secuestra a su ex mujer, mira hacia el cielo y le dice a su madre que pronto se encontraran en las alturas, y tras seis horas de pánico se suicida? ¿Qué cruza la mente de un hombre, que al ser expulsado de una fiesta decide ir a su casa por un revólver y al querer cobrar venganza le dispara a cuatro personas, sin misericordia alguna?

¿Qué nos tiene tan molestos que no toleramos ni el más mínimo asomo de contradicción, al punto que el 60% de los homicidios registrados en los primeros ocho meses del año en Cali obedecieron a la intolerancia? ¿Qué nos hizo tan violentos como para armarnos hasta el alma, tal como lo reflejó un informe exclusivo de este diario, en el que se calcula que más de 300.000 armas circulan en la ciudad?

¿Qué les hace pensar a nuestras autoridades que el trueque de armas por mercados, declarar la alerta amarilla y otros paliativos son suficientes para mitigar tal crisis de seguridad?

Sin duda, algo tenemos qué hacer y es valorable que haya una preocupación en la Alcaldía, que incluso hoy discutirá el tema. Pero creo que de no construirse y ejecutarse una seria política pública de seguridad, tan mentada por un recordado ex secretario de gobierno, seguiremos asistiendo por sécula seculona a la discusión de qué hacer para bajar los homicidios, sin hallar solución.

Política que debe incluir proyectos a largo plazo con los jóvenes, oportunidades de vida y desarrollo en los barrios populares, un control riguroso a la circulación de armas y, sobre todo, un capítulo especial que analice la salud mental de los caleños, descubra sus traumas y atienda las conductas que adviertan peligro.

Es claro que el drama de la violencia no es un mal exclusivo de Cali; basta ver lo que ocurre en la Comuna 13 de Medellín, para no ir a otras latitudes como Caracas o los estados mexicanos que viven la escabrosa guerra contra el narco.

No por ello podemos cruzarnos de brazos mientras seguimos matándonos por intolerancia, guardando un arma en la mesa de noche o disparándole a quien nos rechaza. Porque mientras los gobiernos y los comandantes de Policía pasan, Cali sigue siendo la ciudad de todos, la ciudad de nuestros hijos. Por eso, por el bien de quienes aquí vivimos, es necesario salvar a Cali de las garras de la violencia.

La súplica sangrona: como seguimos en las mismas, repito igualitica la que escribí en este espacio hace 15 días: Angelino de los vallecaucanos, Santos de los colombianos en vuestra sabiduría está definir qué va a pasar con nuestra Gobernación. Hágase vuestra voluntad, pero sobre todas las cosas, alejad los fantasmas que merodean a San Francisco y que no quieren dejar al Valle en paz.

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