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Opinión

opinion | columna |  ode-farouk-kattan-kattan - Mayo 23 de 2013 - 23:50
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Los TLC: ¿Buenos o malos?

Ahora, cuando se comienza a medir, ya en cifras reales de intercambio mercantil y éxito o fracaso en los negocios, los ‘resultados’ de algunos Tratados de Libre Comercio, particularmente el firmado con Estados Unidos, que se ha convertido en un gran referente, comienza a escucharse voces encontradas; a invocarse salvaguardas; y a reprocharse engaños.

Todo esto se debe a que cuando Colombia comenzó a hablar de estos tratados, el tema no fue discutido con la debida ponderación ilustrativa y como el Gobierno era el más interesado en ellos, hizo una campaña de presunta concientización que en realidad era una publicidad de venta dura (“hard sell”, dicen los gringos). De hecho, los tratados, y particularmente el de Estados Unidos, fue una imposición por parte del gobierno, que más que como una conveniencia para el país lo manejó como un trofeo político, a veces cediendo más que lo conveniente en algunos condicionamientos, como los laborales.

Los tratados de libre comercio no tienen nada de malo y existen desde hace muchos años, quizá centurias, dependiendo de las costumbres y formas de cada tiempo.

Tenían por objeto unir dos o más economías en forma complementaria para manejar ventajas o desventajas mercantiles.
En los tiempos modernos tienen por objeto unir mercados para aprovechar ventajas de escala o complementar capacidades laborales o nivelar descompensaciones de desarrollo, todo con miras al crecimiento de la producción y de la productividad y mejorar el nivel de vida común.
Pero ello se debe hacer con mesura e inteligencia.

Toma mucho tiempo preparar y armonizar a países disímiles para la unión mercantil, y para conservarla funcionando. Hoy tenemos el ejemplo de la unión europea que empezó como un mercado común europeo con países que compartían un mercado de abastecimientos y consumos que se fue armonizando paulatinamente, luego se fue ampliando, hasta hoy ser la zona más crítica del mundo. Todo ello porque no se midieron las incompatibilidades y se excedieron en la euforia.

Desde que se comenzó a hablar de los TLC en Colombia, algunos entendidos en la materia comenzaron a elaborar un compendio de recomendaciones llamado ‘La agenda interna’, que era un listado de cómo compatibilizar incompatibilidades entre los países firmantes, de tal manera que las economías sociales (pues en un tratado de libre comercio no solamente se imbrican las economías mercantiles sino todas las maneras ‘de ser y de hacer’ de las sociedades respectivas) fueran evolucionando hacia lo mejor de ambas, pues el desarrollo, por definición, es moverse hacia los mejores niveles económicos, sociales y culturales. Si un país no se mueve, y ágilmente, en esta dirección cuando firma tratados, se queda retrasado en todos los indicadores de comportamiento y sufre, en vez de beneficiarse.

Firmados los tratados, hay que hacerlos funcionar a la luz de la realidad de los negocios adaptando las pesadas normatividades y costumbrismos internos a la agilidad y facilismo con que fueron promovidos, reconociendo que los atrasados somos nosotros pues no iniciamos nuestra ruptura con el atavismo y la pequeñez oportunamente.

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