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Opinión

opinion | columna |  melba-escobar - Julio 24 de 2012 - 23:59
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Los cuentos de la gente

Desde hace diez años, Medellín ofrece un portafolio de Becas y Estímulos a la creación artística, tal como lo hace el Ministerio de Cultura a nivel nacional y a menor escala algunas ciudades intermedias. El significado de este esfuerzo es inmenso para quienes desde las artes visuales, la escritura creativa, el teatro, la danza, la música, entre otras prácticas, luchan por sacar adelante sus proyectos.

En Cali son muchos los colectivos que han manifestado el deseo de contar con un portafolio semejante, donde los recursos sean asignados de manera neutral, con el talento, el rigor y la viabilidad de las obras como únicos criterios. Pero más allá de esta consideración sobre la importancia de destinar una bolsa para entregar estímulos a las artes por medio de convocatoria pública, quisiera referirme a mi experiencia.

Además de haber participado como jurado en la categoría de literatura en esta oportunidad, lo he hecho en otras ocasiones, con participantes a nivel nacional. Al leer los textos, sorprende que se repiten continuamente los mismos elementos. Para comenzar, la gente asocia una historia -un cuento-, con hablar de muerte, asesinato, drogas, sexo casi siempre involucrando violencia, narcotráfico y desapariciones. La mayoría suele optar por este camino, o si no, por el camino de la reflexión ejemplarizante con moraleja al final, más cercana a la fábula o a la autoayuda que a la elaboración narrativa desde una propuesta estética.

¿Por qué se piensa que una historia que vale la pena ser contada debe tener como mínimo un muerto? ¿Por qué las escenas de sexo sacadas de quicio son una constante en nuestro imaginario? ¿Por qué la simple violencia sin contenido nos parece un tema en sí mismo? ¿Por qué usar 8 de cada 10 veces un narrador en primera persona, casi siempre alguien que odia al mundo y está buscando una venganza?

Detrás de estos relatos hay soledad, tristeza, muchísima desocupación e incluso una necesidad de catarsis, de confesión; detrás de los cuentos de la gente hay rabia, o bien el consuelo de la imaginación para dibujar un mundo distinto al propio, pero estereotipado y falso, como aprendido en las telenovelas del mediodía.

¿Por qué, por ejemplo, nadie escribe historias de amor, historias de familia, o de amistad? ¿Será que hemos llegado a la desviación cultural de pensar que sólo la violencia merece ser contada?

La violencia es también el jefe que maltrata a un subalterno, la alumna acosada por su profesor, el profesional que lleva cinco años buscando trabajo, la madre que pierde a su hijo por una bala perdida, en fin, las cosas que pasan todo el tiempo en cualquier parte. Y se entiende que si el contexto en el cual vivimos es violento, haya una necesidad vital de catarsis, de confesión. Al final, comunicarse es una manera de salvarse.

Detrás de los cuentos de la gente, está también la prensa amarillista, las series de televisión, el humor de Sábados Felices, los ideales de los Protagonistas de Nuestra Tele, los profesores mediocres más preocupados por las ‘competencias comunicativas’ que por la buena literatura.

Todas esas historias que consumimos a diario tienen nuestra sensibilidad aturdida.

Pero quizá buscando otras voces, desde el humor, las historias intimistas, o la violencia misma, con una elaboración que se aleje de los lugares comunes y el amarillismo, logremos poco a poco ir transformando la realidad que nos rodea.

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