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Opinión

opinion | columna |  julio-cesar-londono - Mayo 31 de 2012 - 00:39
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Tras las huellas del zapato

Si algo ha dejado huella en la historia es el zapato, sobre todo el más leve, el femenino. Por razones de espacio me limitaré a seguirle la pisada en los últimos cien años a la sandalia, la plataforma y el tacón puntilla.

El zapato abierto apareció en Francia muy temprano, en los años 20, pero tuvo que andar bastante para abrirse paso. Aún en 1939, un crítico de estilo de Vogue consideraba que “las sandalias dejaban demasiada piel al descubierto para llevarlas en la calle”. Tenía razón. Una mujer en la calle con los pies casi desnudos era entonces, como hoy, un espectáculo perturbador. A finales del siglo las jóvenes se atrevieron a ir en chanclas más allá de la tienda de la esquina, y la Havaiana brasileña, la tanga del pie, recorre desde entonces el mundo. Para ocasiones especiales, el calzado elegido fue la sandalia de tiras y tacón. En 2007 y 2008 las pasarelas fueron invadidas por la sandalia gladiador, un zapato de caña alta y muchas correas.

En 1941 Salvatore Ferragamo inventó la plataforma. Las hizo con corcho y madera porque el acero escaseaba por la demanda de metal ocasionada por la Segunda Guerra Mundial. Dijo que se había inspirado mezclando el coturno de los antiguos actores de la tragedia griega y las sandalias zuecas de las japonesas. La plataforma conoció su apogeo en los años 70, cuando los ‘topolinos’ para el verano y las botas de plataforma para el invierno fueron una alternativa cómoda y casual del zapato de tacón.

Pero la apoteosis del zapato femenino fue la invención del tacón puntilla. Pasadas ya las afugias de la guerra, los diseñadores pudieron usar el acero para los núcleos de tacones más altos y delgados. El invento sucedió a principios de la década del 50 en Italia y se lo disputan Ferragamo y Roger Viviere. Lo cierto es que el tacón puntilla fue decisivo porque arqueó el pie, inclinó la pelvis, alargó la pierna, levantó las nalgas y los pechos, obligó a las mujeres a caminar más despacio y acentuó el balanceo de la cadera al andar. Con el tacón puntilla la moda descubre, al fin, la base ideal para esa geometría hechizada que es el cuerpo de la mujer. Cualquier otro diseño palidece frente a este. ¿Se imagina usted a una actriz porno en chanclas? ¿A una reina en traje de gala con algo diferente al tacón puntilla? En la oficina y en ciertas reuniones ellas pueden ponerse casi cualquier zapato y quedan divinas de todas maneras, pero para las grandes fiestas no hay elección, la puntilla es tan obligatoria como el vestido blanco para la novia. No hay nada qué hacer. Es alta, esbelta, etérea, elegante, erótica. A su lado, cualquier zapato es un carramplón.

El zapato que hace furor ahora en las calles y los salones del mundo es una suma de los inventos del siglo: une la plataforma y el tacón puntilla, y es semiabierto para no renunciar al encanto de la sandalia: deja ver los tobillos, y a veces descubre el talón y muestra un poco los mejores dedos (zapato ‘boca de pescado’). La plataforma permite usar con comodidad puntillas más altas; las aberturas están ahí para mostrar piel en pequeñas dosis (carne para las fieras). Es un diseño que lo tiene todo: glamour, altura, discreción, elegancia, sensualidad. Es, en suma, un invento anatómico, diabólico, muy chic y de altísimo poder. Será difícil inventar ya nada mejor.

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