Noticias de Cali, Valle y Colombia - Domingo 22 de Enero de 2017

Opinión

opinion | columna |  jotamario-arbelaez - Enero 09 de 2017 - 23:16
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El poder para nada

Me monté en la poesía como en un bus destartalado que recorría los barrios caleños donde me dedicaba a perorar reclamos líricos reclamando a las autoridades por los deficientes servicios públicos, a denunciar asesinatos de líderes populares y a conquistar mozas incautas con promesas melifluas para satisfacer mi sensualidad, por entonces todavía imberbe. Apenas iba por Manuel Acuña, pero ya raspaba a Neruda y a Whitman.

En esas llegó a mi ciudad procedente de Medellín el profeta Gonzalo Arango, “a pervertir a la juventud” como él mismo lo confesaba, y me montó en el tren bala de la poesía nadaísta que a través de los años me ha terminado conduciendo a las mujeres más bellas, a los estrados más altos donde se ha oído con más amplificación mi reclamo insistente contra las injusticias rampantes, me ha acordado singulares y efectivos reconocimientos y me ha puesto en 30 países repitiendo mis primeros poemas nadaístas desde las ventanas. Y creo que en el mismo tren voy llegando al cielo, así a pesar de mi actual cercanía confesa con Jesucristo preferiría que fuera el cielo mahometano pleno de huríes para continuar la pachanga, y no el suyo superpoblado de ángeles virtuosos con las alas plegadas. De los que debo confesar que su música si me gusta, por los pocos atisbos a que se me ha dado acceso. El tren bala de la poesía nadaísta iba lleno de jóvenes que apenas empezaban a encañonar, de todas las regiones de Colombia en especial de los grupos de Medellín y Cali que eran legión.

Los poetas de Medellín que irrumpieron y se mantuvieron, así ahora hayan desaparecido todos menos Eduardo Escobar y Malmgren Restrepo, fueron Gonzalo Arango, Amílcar Osorio, Alberto Escobar, Darío Lemos, Jaime Espinel, Humberto Navarro, Guillermo Trujillo, y los del grupo de Cali Jaime Jaramillo Escobar (nacido en Antioquia), Elmo Valencia, Armando Romero, Jan Arb, Diego León Giraldo, Dukardo Hinestrosa, Augusto Hoyos y el niño Luis Ernesto Valencia. Los hubo de otros departamentos, hasta contarse 22, que son los que conforman la antología Poetas Nadaístas de los Últimos Días, que publicará en breve, en edición digital, la Biblioteca Nacional de Colombia. Todos aportaron su alucinada lucidez y su enfrentamiento valiente con el marasmo y el statu quo.

Mi poema Después de la guerra fue un sueño y desde que lo escribí siguió siendo el sueño de que algún día en el país alcanzaríamos la paz. Me lo mostró Morfeo en un libro parecido a ése de donde me contaba Jaime Jaramillo Escobar que extraía las oraciones que componen sus Poemas de la Ofensa. Me levanté de inmediato y lo plasmé sobre mi libreta de racionamiento sin corregirle una tilde. Corría para que no lo mataran el año de 1964, el mismo en que las Farc se alzaban armados hasta los dientes contra un Establecimiento al que durante los 6 años anteriores nuestra insurgencia como terroristas verbales lo iba dejando mueco. Sesenta y dos años después las Farc suben al tren de la paz dejando sus armas, y los nadaístas, a través del gestor de esa paz y nuestro discípulo como el mismo Humberto de la Calle se cataloga, vamos tomando estatus presidencial.

A los 58 años de su fundación todavía nadie sabe, ni sus supervivientes, lo que fue, es o podrá llegar convertirse el nadaísmo. La influencia zen o la falta de inspiración o la indiferencia para definirlo en estilo de enciclopedia (nos lo permitimos hasta en la época en que los militantes de izquierda nos conminaban: “¡Defínanse!”), nos conducirá a convertirnos en una sociedad secreta, esotérica o exotérica, en una tendencia sexual inédita, en una agencia de viajes lisérgicos o, a lo peor, en un partido político. Si hasta las Farc lo lograron. ¿Y qué tal si llegamos al mismo tiempo, ellos al Congreso, y nosotros al Palacio de Nariño? La patafísica supera la realidad.

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