Hacer el amor con condón es una de las formas aberrantes del onanismo. Quien diga que ha hecho el amor con otra persona usando condón, no lo ha hecho, simplemente se han masturbado. La leche milagrosa pierde el encanto para el que fue creada, que consiste en empapar las mucosas puestas a disposición, al quedar consignada en un blandengue tubo de ensayo. Su máximo prestigio es que dificulta el embarazo no deseado -como si alguno lo fuera- y las enfermedades venéreas dispensadas en el monte de Venus.
La gran pensadora Amparo Grisales, porque antes de hacer el amor hay que pensarlo dos veces, ha declarado que hacerlo con condón es como comerse una colombina sin retirar el envoltorio de celofán. El que se ponga condón para acceder a las profundidades de diva tan codiciada no tiene perdón. Por mi parte preferiría no hacérselo -como diría Bartleby, el personaje de Melville-, lo mismo que si me exigiera no contárselo a nadie.
Hace un tiempo circuló la verdad revelada, por parte de autoridades religiosas y médicas interesadas en la procreación sin control, que el tal revestimiento de látex es más poroso que un estropajo. Y que, así como deja colar el espermatozoide obstinado, con mayor razón el virus del sida. Advirtiéndoles a quienes utilizan el tan publicitado adminículo para estar libres de todo mal y peligro, que están tacando burro. No lo creo, y si bien las bondades del preservativo son innegables, puedo abstenerme de ellas sin que esté defendiendo a la Iglesia. Los hijos que iba a tener ya los tuve, igual tales enfermedades, rigurosamente tratadas con infusiones de ajo, cebolla y uña de gato. A estas alturas, uno ya sabe con quién puede acostarse. Basta con mirarle a la muchacha el iris del ojo.
El trauma, si así puede llamarse, comenzó en mi pubertad cuando, para ganar una apuesta, me allegué hasta la farmacia y, sacando pecho y con voz gruesa, solicité contenedores espermáticos Tres Cadetes en su estuche de lata, a lo que la dependienta me contestó como a la larva de poeta minimalista que era que no tenían tallas pequeñas, para evitar decirme que estaba prohibida la venta a menores, cuando yo ya calzaba las medias de mi papá.
Cuando al fin conseguí uno de contrabando, ante la máxima urgencia -Flora había consentido en la doble desfloración, en la suya y la mía-, al ponérmelo resultó que no resbalaba, ante lo cual ella para lucirse se permitió colocarme el redondel en el bálano, y procedió a empujarlo con los labios el látex hacia la base del tronco, haciéndome ver tal chispero que me extrovertí enseguida rellenando la cápsula, y no hubo tiempo ni repuesto para esperar por un segundo enderezamiento. Así, la única membrana impoluta a la que tuve acceso para desfloripar en la vida la perdí por este adminículo.
Cuando ya logré colocármelo bien y ensartarlo como Dios manda, muchos años después y por puro morbo, porque la joven meretriz tenía carné sanitario, fue tan trituradora la cucaracha que a la salida estaba vuelto chicuca. El condón y su contenido. Pudo también haber ocurrido que, como la simiente juvenil sale disparado a una velocidad de 45,6 kms. por hora, la dichosa capucha del condón se haya desflecado. Desde entonces comencé a considerar al prestigioso embeleco bajo beneficio de inventario.
Nota: He leído en prestigiosos periódicos a consejeras sexuales tratar estos asuntos con menos eufemismos y sin picardía literaria. Lo advierto, anticipándome a los críticos oficiosos de mis columnas, que me tratan de clavar después de leerme. Algunos de ellos con sida.

Abogado en ejercicio, especializado en Derecho de Sociedades, Comercial, Financiero y de Negocios Internacionales, con Postgrado de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Analista Económico. Catedrático de las universidades Javeriana, Valle, Icesi y Pontificia Bolivariana. Columnista de El País desde 2005.
Empresario con experiencia en el sector público y en el privado. Ex alcalde de Cali, ex presidente de Ecopetrol y ex presidente de Carvajal S.A. De profesión economista y administrador con estudios universitarios en Colombia y en el exterior. Columnista de El País desde hace varios años.
Empresario editorial,ex parlamentario por el movimiento cívico 4 años, en la actualidad, columnista periódico El Tiempo, hace 23 años, columnista de El País y revista Aló hace 17 años, comentarista de televisión hace 21 años todos vigentes.Es autor de un libro sobre García Márquez, colaborador ocasional de revistas. Reside en Bogotá hace 45 años.
El bellaco como decían mis viejos,hoy se salió con la suya, pues su artículo lo inspiró en sus salidas por la Cra. 10 del Barrio Sucre y Obrero, donde las no doncellas le decían a JMARIO, lindo sin conocerlo. Siéntase satisfecho que hoy no lo castigamos con nuestras críticas, por el contrario muy ameno su artículo.
Completamente de acuerdo con la pensadora Amparo Grisales.
muy bien por hoy te perdono espero que sea el comienzo de una gran cartilla didactica sobre educacion poetica sexual que nos regalara jotamario ,y que podremos trabajar los educadores de una manera castiza y de humor indeleble ,hace falta , deberia haber empezado por ese ejercicio de sexo solitario que practican los adolecentes ,todavia lo practicaran .
Muy bien escrito, desafortunadamente es muy fácil usar este texto como una razón para no usar condón. Por más de que se le mire el iris a la doncella es mejor un por si acaso que un quien lo hubiera imaginado.
MUY BIEN TRATADO EL TEMA. OJALÁ TODO LO REFERENTE SE TRATARA DE IGUAL MANERA. MUY BIEN. LO FELICITO.
jajajaja jajaja excelente poeta!,que a ud se le rompio el condon por la velocidad conque salen al ruedo los espermatozoides jajajajajajj
...tambien hay que recordar que en aquellos tiempos para evitar problemas embarazosos el mejoral y veramon en las profundiades era lo mejor......
Agradable tu escrito, es poco frecuente encontrarse un verso agradable en el afán diario de las noticias trágicas y algunas columnas de opinión sin mucho contenido. Un saludo.