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Opinión

opinion | columna |  jotamario-arbelaez - Febrero 16 de 2016 - 01:57
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El arte de pedirlo (1)

Desde que el mundo es mundo -si es que aceptamos que lo sea-, o por lo menos desde que están en él las criaturas, el rey de la creación, como fue concebido por el bardo del Pentateuco, ya fuere por instinto de procreación o afán de recreación, se preocupó por inspeccionar y rellenar el inquietante agujero que oculta entre sus piernas su compañera, sitio que un poeta sutil con ínfulas de sufí calificó como “la rosa entreabierta”.

El hombre de las cavernas tenía sus maneras. Con el garrote falofórico entontaba a su virtual concubina, luego la tomaba del pelo y la arrastraba a la cueva o el pedregal donde, despojándose de sus pieles, saciaba sus instintos hasta que la hembra despertaba a querer poner de su parte. Lo que no hacía ya ninguna gracia al cavernícola en hartazgo, ahora sólo interesado en empuñar su garrote para salir a cobrar una nueva pieza. Práctica la mejor por su condición instintiva pero que, lamentablemente, con la invención de la cama y el amor cortés, vino a entrar en desuso, y ni tanto, porque desde la entronización del feminismo, que es un machismo con tetas, las trogloditas han devenido a ser ellas. Si no me creen, mírenme este chichón en la frente.

Para que pudiera asumir los desafíos de la carne desde mediados del Siglo XX en una provincia de tierra caliente, y más si viajaba a la capital en busca de oportunidades de “hacer la vida”, la tía Adelfa -que era esposa de un putañero, famoso por su diente y pene de oro- me enseñó las condiciones sacramentales para ser buen seductor, que en ese tiempo se llamaba conquistador, como el valiente Cortés: nadar, bailar y montar en bicicleta. Para la hora señalada había que vestir bien, desde luego, pues el que viste mal se desviste peor, como rezaba el aviso de la sastrería de papá. Y en este asunto de trapos siempre estuve igualmente bien provisto, por cuanto con el excedente de los cortes de paño de los clientes mi ufano progenitor me confeccionaba pantalón o chaqueta. Lo que la tía en mención no me mencionó fue la enjundiosa palabrería. Lo que yo debería decir y en qué tono -porque la frase cambia según la entonación y el gesto que la acompaña-, para que me lo dieran, o concedieran, amén de un beso. Eso se presentará según las circunstancias, se limitó en su cartilla. La situación irá propiciando los términos. Y toda oportunidad es distinta. Pero te irá mejor mientras menos explícito seas.

Me suscribí a la literatura a ver si encontraba las palabras que procuraran el acceso al misterioso agujero. Por lo menos al principal. Pero en las novelas los protagonistas terminan tirando de un momento a otro sin que medie la petición. Devoré todos los tratados, desde El arte de amar de Ovidio hasta el de Erich Fromm, desde El Satiricón de Petronio hasta El almuerzo desnudo de Burroughs, desde La venta empieza cuando el cliente dice no de Laterman y Sagarin hasta El sí de las niñas de Moratín. Y lo mejor que vine a encontrar fue una atinada solicitud al respecto en la Biblia de mi abuela, en las primeras líneas de El Cantar de los Cantares, en la pluma rijosa de Salomón. La paradoja es que quien lo pide es la Sulamita: “Ah, si me besaras con besos de tu boca, porque mejores son tus caricias que el vino. Hazme del todo tuya, ¡date prisa! Atráeme, Señor, a tu alcoba”.

Con el amigo Quevedo no me fue nada bien, a pesar de que hallé el comienzo de un soneto con un amago de petición onírica: “¡Ay, Floralba! Soñé que te. ¿Direlo? / Sí, pues que sueño fue: que te gozaba”. Casi no se atreve a expresarlo el pazguato, ¿por qué? Supongo que por el nombre de la agraciada, poco proclive a despertar la erección.

El escritor más conocido y reconocido del mundo, a pesar de que para muchos sea ininteligible, James Joyce, utiliza la epístola para anunciárselo a Nora Barnacle: “¡Cómo me gustaría ahora sorprenderte durmiendo! Hay un lugar en el que ahora me gustaría besarte, un extraño lugar, Nora. No en los labios. ¿Sabes dónde?”.

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