La escritora uruguaya ama la soledad y está convencida de que a partir de los 50 años, las mujeres tienen “una especie de segunda juventud”.
La escritora uruguaya-española Carmen Posadas, nacida hace 59 años en Montevideo, no teme decir su edad porque se siente (y se ve) muy joven. Dueña de un cuerpo fantástico, trabajado a conciencia y en el que no cabe un átomo de grasa, Carmen se sabe atractiva, inteligente y exitosa. Pero se lo toma con calma.
No es de las que van por ahí derrochando ‘divismo’, caminando a dos palmos del suelo y mirando a sus congéneres como si fueran insectos. Por el contrario, es sencilla y jovial y hace gala de un envidiable y sutil sentido del humor.
Su primera novela, Cinco Moscas Azules, le permitió dar el primer paso en el camino del éxito. Luego vinieron, entre otras: Nada es lo que Parece, El Buen Sirviente, Por el Ojo de la Cerradura, Juego de Niños, Hoy Caviar, Mañana Sardinas, las biografías La Bella Otero y La Cinta Roja, y la novela ganadora del codiciado y jugoso Premio Planeta 1998: Pequeñas Infamias, que ha vendido más de 350.000 ejemplares y ha sido traducido a 20 idiomas, en 40 países.
Posadas vino al Hay Festival de Cartagena para presentar su nueva novela negra: Invitación a un Asesinato, un homenaje a Ágatha Christie, Alfred Hitchock y Sherlock Holmes y a los clásicos ingleses del género, sus preferidos.
De su infancia recuerda que fue una niña ‘excesivamente tímida y fea’, en contraposición a sus hermanas que eran bellas, ojiclaras y llenas de gracia.
Sorprende la capacidad que tiene para reírse de sí misma: “Cuando nací la báscula dio 5 kg. Era tan gorda y tan peluda que me decían ‘La Madre Abadesa’-. Creció en una casa enorme, con caballos, ovejas, y un encantado jardín botánico con toda clase de plantas exóticas.
Su padre era diplomático de carrera y un lector tan apasionado que aprendió ruso para leer a Tolstoi en su idioma. De él ha contado que no soportaba el contacto físico y que su forma de relacionarse con sus hijos era a través del relato de decenas de cuentos.
Se casó por primera vez a los 19 años, en Rusia, con Rafael Ruíz del Cueto, con quien tuvo a Sofía y Jimena. Se divorció y años más tarde se casó en segundas nupcias con Mariano Rubio, el poderoso Gobernador del Banco de España, de quien enviudó en 1999.
En la segunda parte de su ensayo ‘A la Sombra de Lilith’ retrata a doce mujeres que superaron las barreras de su tiempo, entre ellas Catalina de Médicis, por quien siente especial admiración: “Me gustan las mujeres malas, las buenas me aburren. Me encanta su historia de superación: de cómo una mujer con todo en su contra puede con su destino”.
Me interesa el género porque permite dos niveles de lectura para llegar a públicos muy diversos: alguien que simplemente quiere pasar un buen rato y averiguar quién es el asesino, o el tipo de lector un poco más intelectual, más avezado, o más cómplice, que se interesa por un retrato sicológico de los personajes, una sátira a la sociedad, un fresco de los vicios o virtudes de la gente en alguna circunstancia específica.
Y les funciona muy bien porque seducen al lector, que se enamora del detective. Por eso siempre están repitiendo ese personaje que les resulta muy favorable, pero yo no lo he creado porque me aburriría repetir siempre el mismo personaje. En mis libros hay una persona que de repente descubre toda la trama pero yo quiero que el detective sea el mismo lector. Ésa es mi apuesta.
Uruguay que es mi país y además, como me fui de niña lo tengo muy idealizado. Le tengo un gran cariño a España porque es el país en el cual vivo, mis hijas son españolas y mi marido también lo era. Y después, Inglaterra, porque en el país a donde llegábamos, entraba a un colegio británico y después estuve cuatro años interna en Inglaterra.
En realidad cuando uno cambia de país es como si tuviera distintas reencarnaciones. Fíjese que yo no soy la misma cuando estoy en Uruguay, que cuando estoy en España o en Inglaterra y me encanta esa sensación de poder tener muchas vidas.
Muy poco. Me casé allá y luego me fui a España porque mi marido era español. Me casé muy joven, 19 años, un infanticidio. Me casé por esas cosas que pasan en la vida. Yo no se lo recomiendo a nadie, me equivoqué. Me enamoré.
Casi siempre. Risa.
Claro que sí. Además voy a decirle algo que no se puede expresar muy a menudo porque todo el mundo tiene una idea romántica del amor, pero yo creo que hay distintos tipos de amor. Hay el amor que es como una ‘droga dura’ y hay el amor que es como un whisky. Yo me quedo con el segundo. El amor que es como un gin-tonic. No se me escapa que con la pasión -una droga dura- uno vibra mucho pero también sufre y yo ya no tengo tiempo para eso.
Es que he estado casada 30 años. Ahora he hecho un descubrimiento fenomenal que es tener una pareja, pero cada uno en su casa. Es extraordinario.
Yo creo que como dice el Eclesiastés, hay un tiempo para cada cosa. Cuando uno es joven y quiere tener niños lo normal es estar en pareja y formar una familia. Quizá cuando uno es viejo también sea bueno tener una persona al lado.
Pero en esta época de mi vida yo valoro mucho mi libertad y no tener que dar cuentas a nadie: si me levanto a las 4:00 de la mañana, si quiero prender o apagar la tele, si quiero irme de viaje.
Pues incluso en mi primer matrimonio, que como te digo fue una equivocación, yo fui muy feliz. Y con mi segundo marido tuve una relación fantástica. O sea que yo he sido mucho más de lo que los griegos llaman el amor-ágape que no el amor-Eros.
Eros tiene que existir porque la pasión es importante, pero si no existe el otro, la convivencia se hace muy desagradable. Yo no reniego del matrimonio. Lo que pasa es que, si se puede tener lo mejor de los dos mundos, ¿por qué tener uno solo?
En esa época escribía menos de lo que escribo ahora. Mientras estuve casada traté de ser una esposa en todos los sentidos: acompañarlo socialmente, invitar gente aburridísima, lo que hacemos todas las mujeres. Lo que pasa es que el tiempo de las mujeres nunca se respeta tanto como el de los hombres.
Un escritor hombre está en un santuario y nadie puede abrir esa puerta porque: ‘papá está trabajando’. Si mamá está trabajando, la interrumpen porque se dañó la lavadora, porque no pasa el bus de los niños, porque la mucama no sabe si tiene que hacer tortilla o sopa. Nadie respeta el oficio de las mujeres.
Sí, definitivamente el escritor necesita una cantidad de tiempo en soledad. Por otra parte, va con mi carácter. Aunque es una palabra mal vista yo soy muy solitaria. Me gusta, necesito la soledad. Ahora, como he hecho todo muy rápido en la vida, estoy convencida de que a partir de los 50 años, las mujeres tenemos una especie de segunda juventud, con la sensación de haber hecho ya las cosas importantes. Soy viuda y tengo una cantidad de libertades pero con todas la responsabilidades cubiertas.
Fue durísimo porque eran dos personas muy importantes en mi vida. Fue algo tan brutal que dije: ‘tengo que salir adelante como sea, porque si uno se regodea en el sufrimiento, ahí se queda’. Eso lo tenía muy claro. Tuve la suerte de estar escribiendo en ese momento La Bella Otero, un libro que necesitaba mucha investigación y mucho viaje porque yo quería seguirle los pasos a La Bella Otero por muchos países y hablar con gente que la había conocido. A ese libro le debo mucho porque me salvó de la sensación de “pobrecita yo”.
Después del Premio Planeta me encontré con el escritor Manolo Vásquez Montalbán, quien me dijo: “Hagas lo que hagas, el próximo libro dalo por muerto; te van a crucificar porque después de un premio tan codiciado y tan controvertido como el Planeta, viene una especie de venganza tanto de los lectores como de los críticos y te van a freír”. Pensé entonces que si escribía una biografía esa mirada tan severa se dividiría entre personaje y biografía.
Por casualidad encontré un calendario de esos que traen frases muy cortas y hablaba de esta mujer que había sido una de las más bellas del mundo, amante de siete reyes. La llamaban ‘La Sirena de los Suicidios’ porque muchos se suicidaron por ella. Cuando cumplió 46 años desapareció para que nadie la viera envejecer y murió a los 97.
Precisamente fue lo que me pregunté porque me parecía un sacrificio muy grande para mantener vivo el mito de la juventud. Yo tenía justo esa edad y estaba muy preocupada por entender el proceso de envejecimiento y su aceptación. Además, yo desde niña decía que me quería morir a los 30, porque me parecía que nada muy interesante podría ocurrir después; luego lo he ido retrasando, claro. Risa.
Se retiró con la gran fortuna que había acumulado y que después perdió en la ruleta, porque, efectivamente, era una jugadora obsesiva. Después, alguien, que no sabemos quién, le mandaba un dinerito con lo que ella podía vivir muy modestamente. Era interesante hablar con la gente que la había conocido porque cada uno la recordaba de una manera diferente.
Yo creo que sí, aunque era analfabeta era una mujer muy inteligente. Salió de su pueblo a los 12 años y había sido violada de una manera terrible hasta el punto que la tuvieron que vaciar. Quedó estéril de aquella violación y se convirtió en una mujer fatal.
Además nunca se volvió a enamorar. Y al mismo tiempo era una mujer libre –las únicas mujeres libres de aquella época, principios del Siglo XX- eran las “horizontales” como las llamaban: tenían mucho dinero, eran libres y tenían prestigio social.
Esto coincide con el auge de las tarjetas postales y todo el mundo conoció a La Bella Otero porque salía en ellas. Cuando le tocó ser pobre también tuvo una gran dignidad.
Yo me considero post feminista. Creo nos quedan muchas batallas por ganar y que hay una diferencia enorme entre el primero y el tercer mundo. En este último nada ha cambiado, las mujeres continúan sometidas, pero en el primero hay muchas mujeres que se escudan en el feminismo para hacerse las víctimas: “Nunca he llegado a nada porque estoy explotada, si yo fuera hombre haría ésta o tal cosa…”
Esas son excusas para no hacer nada. Yo prefiero ser responsable de lo que soy y decir: bueno, si quiero conseguir esto, me va a costar posiblemente más que a los hombres, pero lo voy a hacer porque es un reto y porque estoy capacitada. Creo que es una actitud más pragmática para conseguir cosas, que decir no puedo hacer nada porque como soy mujer.
No ha sido fácil, ha sido muy largo y además la gente permanentemente como que está perdonándote la vida. Recuerdo por ejemplo una vez que tuve un romance con un escritor muy conocido que todo el tiempo me hacía ver lo importante que era él y lo insignificante que era yo. Entonces escribí una tarjeta con una frase de la película My Fair Lady -una de mis favoritas- en la que ella le dice al profesor: “Espera y verás”. La puse donde yo escribo y frente a ella escribí ‘Pequeñas Infamias’. Al final nos hemos igualado. Risa.
Yo soy sudamericana, o sea que a mí la cosa monárquica me parece de otros siglos. Pero me sorprende mucho que a pesar de que el Rey Juan Carlos ha sido tan importante para España, ahora se desmorone todo como un castillo de naipes por la actuación de su yerno. Querría decir que no es una institución tan sólida como los españoles creen.
Para mí sí, porque son una institución completamente anacrónica y además yo no me arrodillo ante nadie. Muchas veces me ha tocado hablar y saludar al rey y a la reina pero nunca he hecho una genuflexión. Yo no creo que nadie se tenga que arrodillar ante nadie pero, curiosamente, los reyes apelan a una especie de idolatría atávica. Es que la gente necesita tener ídolos y lamentablemente cada día los construyen más estúpidos. Por ejemplo, es asombroso que en Internet haya una Web Important Person: la persona que sale más veces se considera muy importante. Según eso, París Hilton es la segunda persona más importante del mundo. ¿No es idiota?
Sí, pero los medios lo que hacen es ampliar un fenómeno que ya existe. Si esa necesidad no estuviera en el pueblo, la prensa podría hacer lo que fuera, que no tendría ningún impacto. A mí me resulta muy curioso ver como todo el mundo se tiene que plegar a los roles que le adjudican.
Me sorprende mucho por ejemplo, el caso de Michelle Obama, una gran profesional, que incluso ganaba más que su marido, que al llegar a la Casa Blanca tiene que dar un pasito atrás y dedicarse a hacer tartas de manzana. En ningún momento puede dar una opinión inteligente sino que tiene que convertirse en una especie de apéndice de su marido.
Yo quería hacer una novela policíaca, un tema que me encanta porque me permite hablar de la sociedad, hacer sátira y algo de humor sutil. Quería un enfoque nuevo pero como todo ya está inventado me puse a mirar en Internet a ver si a alguien se le había ocurrido convocar a sus asesinos. Por lo visto no se le había ocurrido a nadie y me pareció una idea divertida. Yo cuando escribo nunca sé lo que va a pasar. No se quién es el asesino.
En este caso empecé por la protagonista que está mandando las invitaciones. Sabía que iba a hablar de hermanas porque es un tema que me interesaba, porque yo tengo dos hermanas que no se parecen nada a mí. Yo soy la mayor y ellas dos son rubias, de ojos verdes, monísimas. Y yo siempre he sido la gorda, la fea, la más negra.
Era una relación muy compleja, con mucho amor pero también rivalidad. Entonces partí de ahí y después fueron surgiendo los personajes que siempre empiezo a mover como en una partida de ajedrez, para ver cómo se relacionan entre ellos. De hecho tenía escrita más de la mitad de la novela, con un asesino diferente, pero me di cuenta de que iba a la catástrofe. Entonces tuve que volver atrás y reescribir todo para que el asesino fuera el que tenía que ser.
Porque estaba muy trillado ya que mi idea era que la asesina fuera la hermana y hacer un poco el mismo juego que hace Ágatha Christie en ‘La muerte de Lord Edgware’, en que el asesino es el narrador. Es una idea brillante pero resulta muy difícil escribir un libro así. Por otra parte, iba al desastre porque era copiar una cosa que ya había hecho Ágatha Christie.
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