Noticias de Cali, Valle y Colombia - Viernes 22 de Agosto de 2014

Raúl Ordóñez, el sparring de André Agassi

Detrás de uno de los tenistas más grandes de la historia, está la vida de un chico de Terrón Colorado. Crónica de un ídolo en la sombra.

Por: JORGE ENRIQUE ROJAS - Editor Unidad de Crónicas - El País Domingo, Junio 16, 2013
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Raúl Ordóñez, el sparring de André Agassi

Este es Raúl Ordóñez. Y esa pantalla a la izquierda es el lector óptico enviado por Nick Bollettieri y los tenistas que alguna vez ayudó. Mientras sus ojos se acostumbran, Diana, su esposa, sigue ahí, al lado, siendo su voz, sus manos, sus brazos, sus pies.

JORGE OROZCO - El País

Superman. Parece inevitable no pensar en Superman. Es una historia parecida: cuando era niño perdió a sus padres y tuvo que irse lejos. A un planeta que no era el suyo. Allá entendió que tenía poderes y que esos poderes conllevaban una responsabilidad.

Entonces fue bueno. Muy bueno. Y ayudó a otros. A muchos. Mientras lo hizo, disfrazó lo que en realidad era bajo el traje de un tipo común. Un segundón. El superhéroe se mimetizó en la normalidad.

Superman: Christopher Reeve, el actor que lo inmortalizó, murió tetrapléjico en 2004 tras un accidente hípico sufrido en 1995.

Haberlo visto así, peleando por volver a caminar todo ese tiempo, fue para el mundo una suerte de metáfora de la kriptonita, de la vulnerabilidad humana; después de nueve años de lucha, atrapado en el cuerpo de Clark Kent, el tipo que encarnó al hombre de acero solo consiguió mover los dedos de la mano izquierda.

Ahora entonces resulta inevitable no pensar en todo aquello: Superman, la fragilidad del hombre, las luchas heroicas, la kriptonita, Clark Kent. El que está acomodado frente a mí en esa silla de ruedas, hablándome a través de los parpadeos que su esposa traduce en palabras, podría ser también un superhombre prisionero en el cuerpo de un tipo común: el de un tenista que decidió convertirse en sparring de los grandes en vez de serlo él; se llama Raúl Ordóñez, nació en Terrón Colorado hace 44 años y su historia es de otro mundo.

***

Su mamá murió cuando él tenía 7 años. 7 años en Terrón Colorado, ese barrio agarrado a una montaña a las afueras de Cali, tristemente célebre un día por la violencia y las pandillas y los robos y los combos y el peligro. El peligro.

7 años en Terrón Colorado con diez hermanos y el sueldo corto de un papá que se mataba trabajando como técnico electricista.

Raúl entonces decidió caminar un día detrás de uno de sus hermanos, que había conseguido trabajo en el Club La Ribera, y buscar algo por ahí para llevar más comida a la mesa.

“Era un monito crespito, muy simpático, muy educado”, lo recuerda ahora Gladys de Loaiza, mamá de un chico que por esos días soñaba con ser tenista. Y lo recuerda porque Raúl consiguió trabajo como bolero, así que durante varios años lo vio en las canchas de ese club colindante con Terrón, corriendo detrás de las bolas que se iban, componiendo mallas torcidas, limpiando raquetas, alcanzando toallas.

Pero lo recuerda, sobre todo, porque Raúl nunca fue un bolero normal. Joaquín Drada, entrenador de tenis de La Ribera en esa época, dice que tenía una determinación que rebasaba su propio entendimiento.

Cuando se hizo bolero, por ejemplo, quiso ser el mejor bolero. Entonces el muchachito, de sopetón, lograba cosas para las que otros necesitaban meses: adivinar movimientos, anticipar jugadas desde la raya, leer instantes de los partidos de esos jugadores a los que él les alcanzaba la toalla. “Era especial, siempre fue especial”, dice Drada, hablando de aquello para lo que no hay manual de instrucciones. Raúl era un natural.

En Brownsville, el barrio pobre de Brooklyn donde creció, Mike Tyson empezó a pelear para defenderse de los niños que se burlaban de su ceceo al hablar.

En el Andorinha, el primer equipo en el que jugó a los 6 años, Cristiano Ronaldo fue apodado “niño llorón” porque lagrimeaba cada que perdía un juego y esa fue una de las razones que lo empujaron a superarse; cansado de llorar, ahora, cada que hace un gol, CR7, exhibe una sonrisa triunfalista que entierra su pasado de lamentos.

En Terrón, subiendo cuestas para llegar a su casa, esquivando las motos que zigzagueaban las calles, evadiendo el peligro, Raúl Ordóñez desarrolló la capacidad intuitiva del tenista. El deporte es un universo donde las coincidencias pueden ser mandamientos; Raúl era, también, un elegido.

Luego de pasar años alcanzando toallas y llevar comida a su casa ganando propinas por limpiar raquetas, el chico un día quiso jugar. Drada, el entrenador, cuenta que cuando tomó la raqueta, sus movimientos eran tan naturales que parecían una contradicción del destino. O una premonición: como los primeros puñetazos de Tyson; como los primeros goles de Ronaldo. Raúl, con 12 años, era capaz de hacer un revés casi perfecto, servir con puntería de francotirador, jugar en la malla con arrojo suicida. Nada de eso se lo habían enseñado.

El chico, sin embargo, sabía que los boleros, como una compensación a su trabajo en la sombra, tenían la oportunidad de jugar un torneo en el que se disputaban premios que ya no eran simples propinas.

En la vida de un hombre que parece de otro planeta, vale la pena tener en cuenta los astros: Raúl nació el 17 de octubre del 68. Raúl es Libra. Según el Zodiaco, cuando un Libra toma una decisión no hay quien lo contradiga. En séptimo de bachillerato, Raúl dejó el colegio para ser tenista.

Drada empezó a entrenarlo. Y Raúl a jugar. Los socios del club comenzaron a patrocinar el entusiasmo del chico y así consiguió su primera raqueta, sus primeros tenis, toallas que ya fueron suyas. El torneo aquel fue el inicio de todo. El bolero se convirtió en tenista. Un tenista natural. Un natural empujado por el hambre.

Gustavo Loaiza es ahora un empresario que renunció al sueño infantil del tenis. Desde su teléfono, recuerda un episodio como uno de los puntos de inflexión en la historia de Raúl, su exbolero, su amigo: tiempo después, cuando ya se había convertido en tenista pero aun era visto como un pequeño entusiasta, el chico llegó a la semifinal de un torneo en el Club Campestre de Cali. Su rival fue Álvaro Carlos Jordán. Jordán, en ese momento, era campeón nacional juvenil y su nombre ya había dejado de ser promesa en el país.

El partido generó un murmullo inusitado: el nombre de Raúl Ordóñez se había convertido en una suerte de mito, no solo por los elogios desatados por su juego, sino por tratarse del niño pobre que se había dedicado al tenis en contravía del destino. El deporte es una pasión morbosa y sus seguidores son voyeuristas incontinentes: ese día, la cancha uno del Club Campestre estuvo tan llena como si allí fuera a suceder algo de tinte bíblico.

El entrenador Joaquín Drada cuenta de una llamada que recibió poco antes del partido: al otro lado de la línea estaba Raúl, que lo buscó para decirle que aunque tenía miedo, iba a ganar. Quería ganar porque también quería almorzar; ese día, el chico no había comido. Un par de horas después la profecía se cumplió y David venció a Goliat. Raúl aplastó a Jordán. Un rato más tarde, el natural empujado por el hambre se sentó a almorzar.

***

IMG Academy es una incubadora de superatletas única en el mundo. En Bradenton, un pueblito al Oeste de La Florida (Estados Unidos) con más autos que gente en las calles, la antigua academia de Nick Bollettieri, descubridor y formador de algunos de los mejores tenistas del planeta, es ahora una factoría de deportistas de alto rendimiento donde el azar es palabra desconocida. Raúl Ordóñez, sin embargo, aquel nombre, es allá una leyenda que va de boca en boca. Hay varias razones:

Tiempo después de haberle ganado a Jordán, Raúl fue también campeón nacional y tuvo el chance de representar a Colombia en distintos torneos.

En agosto de 1987, jugando los Panamericanos que se disputaron en Indianápolis, uno de los entrenadores de Bollettieri lo vio y le propuso que viajara a Bradenton para que se probara allí.

Para un tenista, ir a la academia Bollettieri es algo parecido a lo que para un futbolista significa ir hoy a La Masía, esa fábrica de cracks donde el barcelonismo logró moldes como el de Messi. Con 19 años, un tiquete enviado desde Colombia y un puñado de dólares, Raúl viajó. El chico se fue a un planeta que no era el suyo.

El entrenador le consiguió una beca y un trabajo. Raúl empezó siendo encordador de raquetas. A tres dólares por raqueta reparada, pronto empezó a ganar más de lo que en Cali podía conseguir en un mes. Pero al chico le pasaba eso que pasa cuando se está lejos: extrañaba.

Extrañaba la comida y los amigos y los hermanos y las charlas, sobre todo las charlas. Sin una sílaba de inglés, Raúl era un mimo amistoso que fuera de las canchas se comunicaba con muecas y señas. Hasta que un día, en uno de los entrenos, Bollettieri lo vio jugar y descubrió eso que en este lado del mundo ya era un asunto viejo: su naturalidad.

Bollettieri tenía por esos días entre manos la gestación de un ídolo con la misma edad de Raúl. Un rebelde que usaba pelucas y se escapaba para comer hamburguesas de McDonald’s: André Agassi.

En ese momento, cansado de entrenar contra un muro y de vencer a todos los entrenadores de la academia, Agassi parecía más tentado a buscar entretención en otra parte que a convertirse en un número uno. Hasta que jugó contra Raúl. “Era fantástico. Uno de los mejores tenistas que vi. Llevó al límite a André”, cuenta Bollettieri antes de empezar el entreno con uno de sus proyectos adolescentes.

Así que jugando para él, jugando contra él, Raúl dejó de encordar raquetas para convertirse en sparring. Y así pasaron años. Años de viaje, de convivencia, de amistad. La relación entre ambos llegó a ser tan cercana que en las giras por los Estados Unidos Agassi escogía a Raúl como su compañero de ruta.

André le enseñaba inglés a Raúl y Raúl le enseñaba a jugar a André. La leyenda que en IMG va de boca en boca, cuenta que cuando Agassi llegó a ser tercero del mundo, una vez regresó a la academia para entrenar en unas vacaciones; al ver a Raúl, colgó un billete de cien dólares en la malla de una cancha y le apostó a su viejo sparring ese dinero contra una hamburguesa. Aquel día, Agassi quedó con hambre.

Desde Lexington, Kentucky, Joaquín Drada, el primer entrenador de Raúl, dice que ese chico pudo haber estado en el top 20 del mundo, pero nunca se decidió a dar el salto como profesional. Drada tiene una explicación: sus hermanos, el sueldo corto del padre, Terrón Colorado, sus calles, las pandillas, el peligro.

Raúl, ya consolidado como sparring, eligió sacrificar la gloria para ayudar a su familia: darles estudio, construirles casas en otros barrios, darle descanso a su papá. Después de Agassi, Raúl también fue sparring de Mónica Seles, Jim Courier, Boris Becker, Iván Lendl, María Sharapova.

Y fue él, quien al verlo jugar en la academia, le habló a Bollettieri de un niño que a los 12 años tenía una derecha extraordinaria. Años después, ese natural descubierto por otro natural, sería conocido como Tommy Haas.

Mientras todo eso pasaba, Raúl empezó a patrocinar torneos para boleros en Cali. Junto a Drada, organizó copas y campeonatos y envió raquetas y tenis y bolas y toallas a cientos de chicos que hacían lo que él un día hizo. A algunos, incluso, les pagó parte del estudio.

Estando en ese otro planeta, entendió que tenía poderes y que esos poderes conllevaban una responsabilidad. Entonces fue bueno. Muy bueno. Y ayudó a otros. A muchos. Mientras lo hizo, disfrazó lo que en realidad era bajo el traje de un tipo común. Un segundón. El superhéroe se mimetizó en la normalidad.

Ken Merrit, director de desarrollo deportivo de Prince, una de las marcas más prestigiosas de raquetas del mundo, me enseña en su Iphone un chat con André Agassi. En la conversación, Agassi está feliz por un video en el que puede ver una máquina de 20 mil dólares que hace un mes le enviaron a Raúl, gracias a una iniciativa de Bollettieri.

La máquina es un lector óptico que ubica los movimientos de la retina en una pantalla que enseña un abecedario virtual y que, letra por letra, va armando palabras luego leídas por una voz robótica. “No tienes idea lo mucho que significa ese video para mí. Por favor, dile a Raúl que es mi héroe”, finaliza Agassi en el chat. La máquina fue pagada por él, Sampras, Sharapova y Tommy Haas, los tenistas que un día fueron ayudados por Raúl.

En el 2004, el sparring de los grandes fue diagnosticado con ELA, una enfermedad tan extraterreste como la kriptonita. La ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) es un mal degenerativo neuromuscular que poco a poco va matando los músculos y encerrando al paciente en su propio cuerpo. Cada año, dos personas entre cada cien mil habitantes del mundo contraen ELA. El físico Stephen Hawking es tal vez su paciente más famoso.

Ya desvinculado de la Bollettieri, en el 2004 Raúl pensaba en volver a Colombia y montar su propia escuela. Pero la ELA lo fue reduciendo y él se pasó dos años entre Cali y Bogotá intentando tratamientos que le prometían una mejoría que nunca llegó.

Poco antes de 2006, días antes de regresar a Bradenton para someterse a nuevas pruebas, conoció a Diana Corrales, una estudiante de finanzas y bailarina profesional amiga de su familia que flechó su corazón aún intacto. Diana dice que aunque con dificultades para caminar, Raúl era muy apuesto. Una especie de Clark Kent de cabello ensortijado que la enamoró con sus ganas de vivir. Con la lucha heroica que él empezaba. Diana, un día, prometió ser su sparring.

Han pasado siete años desde entonces y Diana, ahora, también es su esposa. Y sus brazos. Y sus piernas. Y su voz. Hace seis años Raúl le anunció que un día no podría volver a respirar por su propia cuenta y mucho menos hablar. Así que tomó un tablero, partió el abecedario en tres y empezó a explicarle que cada que guiñara un ojo estaría diciendo que sí y que cada que dijera sí, eso significaba que ella debía memorizar una letra para ir armando las palabras que él ya no podría decir.

El amor es una droga misteriosa y el corazón es un músculo terco: Diana y Raúl se hablan sin hablar. Teniendo solo los ojos para quererse, ver a esa pareja diciéndose cosas es una ruidosa lección de lo que en verdad significa amar.

Ahora Raúl está acomodado en una silla de ruedas, conectado a un respirador artificial. Lleva un conjunto deportivo Adidas y tenis blancos. Sus ojos son verdes. Aún no termina de acostumbrarse a la máquina que sigue su retina, instalada sobre un brazo mecánico como una extensión de la silla y su mirada.

Detrás suyo, en la sala de una casa construida a la medida de su limitación en un condominio campestre, hay una pared llena de fotos. En todas aparece él, en su otra vida, posando con los tenistas de los que un día fue sombra.

Su esposa, una morena alta de pelo largo, mira sus ojos y me cuenta: desde hace seis años Raúl le dicta un libro sobre su vida; desde hace tantos, tienen una fundación para niños pobres que quieran jugar tenis en Jamundí; desde hace tantos, diseñan un programa de formación deportiva.

Sobre sus piernas hay una niña de tres meses y medio. Se llama Gabriela y es hija de Raúl gracias a un proceso de inseminación artificial. Raúl hace trece guiños. Dice que la niña va a ser tenista. La bebé se queda viendo los ojos del papá.

Frase

"Difícil hablar de Raúl sin citar su sentido del humor y su amor por la vida. Yo viajé junto a él y Bollettieri por diez años alrededor del mundo y, como jugador y entrenador, fue muy especial".
Ken Merrit, director de desarrollo deportivo de Prince.

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