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"¡Gracias, mamá!": medallistas colombianos en Juegos Olímpicos

¿Quién está detrás de la gloria de un medallista olímpico? Antes que técnicos, preparadores físicos, la madre de un deportista ha sufrido en silencio para ayudarle en su lucha por quebrar récords. Rasgos de heroínas invisibles.

Por: Redacción El País Domingo, Agosto 5, 2012
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"¡Gracias, mamá!": medallistas colombianos en Juegos Olímpicos

Jesús Arnobi Alvear y Míriam Orejuela, padres de Yuri Alvear, medallista de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres en la disciplina de Judo.

HROY CHÁVEZ - El País

Los científicos Simon Torok y Paul Horper son dos campeones olímpicos en la recopilación de datos curiosos. En su libro La Ciencia Alucinante registran marcas dignas de estadio lleno: durante una vida promedio, la cabellera de un adulto puede crecer 900 kilómetros. Si los vasos sanguíneos del cuerpo humano se juntaran en línea recta, se extenderían por 100.000 kilómetros de camino plano. Cuando alguien ríe, utiliza 17 músculos. Cuando alguien frunce el ceño, 43.

En días de récords deportivos que quiebran los límites corporales más comunes, maratones del drama oculto empiezan a hacerse evidentes: la mamá de Yuri Alvear, por ejemplo, ha sido una campeona superando dificultades insospechadas. ¿Cuántas lágrimas hay detrás de la gloria olímpica?

La mamá de Yuri se llama Míriam Orejuela. Y Míriam, ahora, mientras espera a su hija judoca, bronce en Londres, se ve como una mujer feliz. Míriam es alta, de ojos muy negros. Lleva el pelo cepillado y sandalias plásticas. La mamá de la medallista no lleva joyas colgadas del cuello; en su casa, habla con la puerta abierta. Entonces la gente del barrio Portal del Jordán de Jamundí alza la mano y saluda cuando la ven al fondo: “Míriam, mija, estamos felices por la niña”; “Míriam, mami, ¿cuándo llega la niña?”; “Míriam, felicitaciones, ustedes son la felicidad del pueblo”. Y Míriam saluda. Y Sonríe. Y se ve feliz. No siempre fue así.

Ahora, mientras espera a Yuri, la madre ansiosa se frota las manos. Juega con ellas. Pocos son capaces de advertirlo, pero en ese gesto hay escondido un drama de diez dedos: la mamá de la guerrera estuvo a punto de perder las uñas. Y hoy, lo que queda, es un remedo de aquello que en otras mujeres es una vanidad de colores brillantes. Las uñas de Míriam están negras, cuarteadas, endebles.

Hace tiempo, cuando Yuri era una niña, y cuando esa niña necesitaba zapatos y uniformes y libros y cuadernos, Míriam trabajó pelando pollos. Entonces sobre las manos le cayó un hongo que acabó con sus uñas. La mamá de la guerrera está llena de cicatrices.

Míriam tiene 51 años y está casada con Jesús Arnobi. Jesús Arnobi es constructor y sus manos también son un inventario de sacrificios. Los dos se conocieron cuando Míriam vivía en el barrio Belalcázar y tenía que velar por sus hermanos pequeños. Entonces, Jesús, que siempre ha sido un buen hombre, antes de irse a trabajar le cocinaba algo para que les diera a los niños. Y luego, al final de la tarde, le llevaba un chicle o un bombón que a ella le sabía a gloria.

Míriam, mientras espera a la niña convertida en ídolo, recuerda todo aquello y no deja de frotarse las manos. Es que fueron tiempos difíciles, “vea usted”, dice ella, “como si ya todo fuera un cuento de final feliz”. Y entonces cuenta de los días que trabajó lavando ropa ajena. De las caminadas para ahorrarse lo del bus. De sacrificios que ahora, vea usted, gracias a esa chica que lleva una medalla colgando en el cuello, en parte han sido conjurados.

De años en los que ella y su esposo nunca pudieron estrenarse un par de medias. De diciembres en los que lloraba porque no había podido comprarle nada a sus hijos. Míriam se toma las manos y mira hacia arriba, mira esa casita bonita que se ganó su niña a punta de pelearle al destino y recuerda también lo que un día le dijo mientras ella lloraba: “No llore, mami, no llore más. No llore, que un día yo la voy a compensar”.

Doña Hermelinda, la forjadora de Óscar

La mamá de Óscar Figueroa se llama Hermelinda Mosquera y ahora está al otro lado del teléfono. Ha viajado días enteros yendo de un lado a otro para visitar familiares y en este momento (la tarde del viernes) está a punto de subirse a un carro para ir a recibir a su hijo al aeropuerto. Hermelinda tiene 51 años, sufre de ataques de gastritis y pronto tendrán que operarla del túnel carpiano; a veces no se aguanta la molestia en la mano, pero en este momento el dolor parece un asunto de un mundo muy lejano. Aquí y allá, la felicidad de un hijo es un antídoto infalible.

La mamá del medallista de plata dice que ahora, entonces, ya no quiere hablar de días difíciles. “Porque sí, le cuento que los hubo, pero yo no quiero acordarme”. Así que doña Hermelinda no habla de Zaragoza, ese pueblo minero de Antioquia donde nació su peladito y que ella un día tuvo que dejar. No cuenta de los primeros años en Cartago, ni de por qué fue que se separó del papá de su hijo el pesista.

Hermelinda, que debe estar sonriendo del otro lado de la línea, apenas dice que ese, el día en que se divorció, fue un día maravilloso. Que fue tan feliz como esa vez en que su niño se le graduó de bachiller y pudo regalarle un anillo que ella toda la vida había soñado para él. No cuenta de todas las tardes que trabajó en casas de familia, ni de los ocho años en que limpió oficinas en una universidad. No cuenta de llanto, ni de tristezas, ni de angustias.

Doña Hermelinda, apenas habla de su hijo que es tan buen muchacho y que está prontico a llegar de por allá tan lejos que estaba. De ese niñito que un día le prometió que sería bien juicioso y que la ayudaría a luchar contra la vida dura. “No importa que tropiece, se lo prometo. No importa lo que pese, mamá. Yo lo voy a lograr”.

La señora Hermelinda dice que tiene que colgar el teléfono. “A mí me da mucha pena, yo no sé si me entienda, pero es que me voy a ver a mi muchacho”. Y ella espera a que le diga que sí, que hasta luego, que gracias por todo lo que hizo por su hijo. Antes podría haber hundido la tecla roja del aparato, lanzarlo lejos quizás, cualquiera entendería. Pero ella espera. Espera y nada se oye del otro lado. Tal vez ríe. Seguro lo hace sin esfuerzo. Para ser feliz se necesita poner a trabajar menos músculos que para fruncir el ceño. Apenas 17.

Frase

"Yo me siento muy contenta, muerta de la dicha, de ver que mi Dios me dio un hijo echado pa’lante, fuerte, que fue y ha sido capaz de hacerle frente a todos esos competidores tan buenos que tuvo", Ana Urán - madre de Rigoberto Urán, plata olímpica en ciclismo de ruta.

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