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El legado de un autor caucano brillante: Johann Rodríguez

La Universidad Icesi publicó 'Metafísica del asesino y otros cuentos', del escritor caucano Johann Rodríguez, quien murió de forma temprana en el 2006. El libro da cuenta de un autor talentoso caracterizado por el uso preciso del idioma, el humor chispeante, la inteligencia del dato, la ironía y el juego.

Por: Por Hoover Delgado | Especial Gaceta Martes, Marzo 26, 2013
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El legado de un autor caucano brillante: Johann Rodríguez

Johann Rodríguez fue, además, profesor universitario y escribió diversas publicaciones culturales del país.

Archivo Gaceta

Hacia 1988, después de una clase de literatura, un joven se acercó y me dijo que era estudiante regular de mi curso. Hablamos de libros y hacia el final me reveló que quería ser escritor. A sus escasos 18 años, Johann Rodríguez aunaba a una timidez osada, una mirada sagaz, una alta capacidad para formular preguntas y una disposición voraz para la literatura.

En Icesi, donde llegó a estudiar Economía y donde nos reencontraríamos años después, Johann Rodríguez cultivaría las tres pasiones que consolidarían su talento: el conocimiento universal, la literatura y el debate. La lectura de los Grandes Invisibles le transmitió a su escritura un vaivén fresco y delicioso: iba de la precisión de Borges a la experimentación de Bolaño; del relato policial clásico a los formatos hipertextuales en boga. A la influencia de sus amigos de entonces –Carlos Rosso, El Quinteto de Versalles y el círculo de profesores de la Universidad Icesi–, añadió pronto amigos e influencias notables: Juan Villoro, Vila-Matas, Rodrigo Fresán y Germán Espinosa.

Conocía los buenos libros de oídas, los pedía prestados y, como recomendaba Walter Benjamín con las amigas, se los llevaba a la cama. Era capaz de referirse a ellos con la concisión de un archivista. Para probarse en sus conocimientos -otra maña de buen escritor-, elegía la mesa de cafetería, el diálogo casual y el pugilato oral con los 'sparrings' de turno.

De los cursos de literatura que entonces tomó -Balzac, Shakespeare, Cortázar Garcia Márquez-, derivó un interés genuino por los asuntos centrales de la novela: la relación metáfora y novela; la reflexión sobre la forma contemporánea del género; la novela como indagación de la realidad. No dejó de intrigarle la metáfora del espejo en Shakespeare que, trasmutada en materia literaria, puebla muchos de sus relatos. Como Pessoa, Bolaño, o Piglia, acudió a los heterónimos para disfrazar su timidez o su osadía. Ulises Tabina, su alter ego, que tanto le debe al Arturo Belano, de Bolaño, y que arrastra sombras familiares, se pasea por varios de sus relatos semejante a uno de esos fantasmas que piden más libros para materializarse. La metempsicosis se dio también al revés. Johann Rodríguez terminó convertido en personaje de ficción. Un caso ilustre: el personaje John Aristizábal, de la novela 'Aitana' (2007), con que Germán Espinosa rindió un homenaje al amigo muerto.

Se impuso la empresa íntima de elevar a su ciudad natal a una dimensión mítica. La creía no menos significativa que aquellas grandes urbes literarias que prosperan en la imaginación de los lectores: la Nueva York de Auster, la Dublín, de Joyce, la Buenos Aires de Cortázar, los pueblos imaginarios de Faulkner, Rulfo o García Márquez. No es casual que sea Nueva York la que le inspire volver sus ojos sobre Popayán, y que tras leer a un autor español -para unos el Unamuno de Niebla, para otros el Baroja de 'La ciudad de la niebla'-, escriba su vertiginosa 'Ciudad de niebla'.

En Cali frecuentó cuando menos dos grupos: el de los profesores de literatura y El Quinteto de Versalles. El plato fuerte de El Quinteto de Versalles era, desde luego, la literatura, pero el menú incorporaba platillos disímiles que Johann consumía con fruición: el ajedrez, la física cuántica, el orden público, las muchachas, el fútbol y la música. Carlos Rosso fue su mentor en Cali como Germán Espinosa lo fue en Bogotá. Con Gabriel Jaime Alzate conoció a los autores norteamericanos y con Harold Kremer dio los primeros pasos en el minicuento, género del que luego haría gala en un opúsculo exacto y rutilante, ‘La ardilla de Newton’ y otros micro-relatos, incluido en el libro 'Metafísica del asesino y otros cuentos' que da origen a esta nota.

De su pasión por el conocimiento universal quiero rescatar finalmente tres cosas: la concepción que todo, en manos de un creador, es oportunidad para la ficción; el descubrimiento del juego como una clave de la vida; y la certeza de que el universo se ordena sigilosa y tácitamente como una ecuación: la obra del autor estriba en alcanzar la perfección y la exactitud de un álgebra secreta.

Un recorrido atento a la obra de Johann Rodríguez demuestra la primera tesis: la gramática y la historia, la música, la mecánica cuántica, los desvelos de la economía, los géneros literarios, la arquitectura, los ritos de iniciación y de muerte, el sexo, la hipermedia, el relato policial, los estudios genealógicos, las paradojas matemáticas, la etimología, entre otros, le sirven para componer su obra.

En cuanto al juego, Johann Rodríguez asume el riesgo de intentar una renovación técnica, inédita en la reciente literatura colombiana. Se trata, claro está, de una tentativa en proceso, inacabada, tomada de sus maestros Vallejo, Espinoza, Fresán, Bolaño y Moreno-Durán, pero incorporada a sus textos con el rigor del que se sabe trazando una obra firme y honesta. A los sutiles juegos de palabras, los homenajes velados o expresos a obras y autores diversos, las paradojas matemáticas, las parodias, las interpolaciones de géneros diversos, el humor negro, la fanta-ciencia, la numerología, el epigrama, se suma esa idea de aspiración enciclopédica para la cual la escritura es un campo de batalla que se hace necesario ampliar, tomándose sus fronteras y fijando nuevas lindes. El ensayo, la reseña, la crónica, el diálogo teatral, la poesía, el cuento, el minicuento, la canción, la novela... todo lo intentó este joven, al que 25 años se le hicieron cortos para contener la vocación abrasiva que lo devoraba.

Su idea de que el universo se estructura como una ecuación aviva su apego por la exactitud y la velocidad. El ritmo de su obra es vertiginoso, variado, múltiple; el gobierno de sus materiales es firme, diáfano. Lo muestran sus primeros cuentos, 'Aquella vida de mago y otros cuentos', y sus novelas 'Ciudad de niebla' y 'Seis versiones sobre Ernesto Varona'. De manera pareja, aplica el rigor científico a un problema matemático, a un fenómeno macroeconómico o a un cuento. Para explicar, por ejemplo, aquel episodio de 'El perseguidor', en el que Johnny Carter se asombra del tiempo infinito que puede transcurrir en la brevedad de un viaje en ascensor, Johann Rodríguez dibujaba en un papel dos vagones de tren y dentro de cada vagón un reloj con un espejo perpendicular suspendido del techo. El tictac de los relojes se medía con un disparo de un flash localizado encima de ellos. Luego pedía que imagináramos uno de los vagones en reposo y el otro en movimiento. El rayo de luz del reloj inmóvil, al golpear contra el espejo, se devolvía en línea recta a su fuente. Por el contrario, la luz del reloj en movimiento, al refractarse, trazaba un ángulo cada vez mayor al volver al reloj. Ergo, el tiempo del reloj móvil era más lento. Johann Rodríguez probaba que la mente de Johnny podía operar a voluntad, unas veces como un reloj inmóvil, otras, como uno en movimiento. ¿Conclusión? Cortázar se había tragado la teoría de la relatividad especial de Einstein para escribir 'El perseguidor'.

En 'Metafísica del asesino y otros cuentos', la compilación de cuentos publicada por la Universidad Icesi y prologada por el escritor Harold Kremer, están resumidos los asuntos aquí consignados. Están, además, de modo consistente, el uso preciso del idioma, la inteligencia del dato, el humor chispeante, la ironía y el juego. Creo que en muchas de sus páginas Johann Rodríguez llegó a alcanzar el álgebra secreta que perseguía.

En diciembre de 2005, movido por el amor, Johann Rodríguez enfrentó un dilema: visitar Buenos Aires o viajar a Cali junto a Amy, su novia, a embriagarse de salsa y de felicidad. Con el autor de estas líneas acordó reunirse en Buenos Aires en una de las librerías más bellas del mundo, el teatro del Ateneo, en Santa Fe. No cumplió la cita y, por supuesto, viajó a Cali. La muerte, más rápida que los relojes y el amor, le tendió una emboscada en una esquina de la ciudad. La mujer que lo amaba no soltó su mano durante la agonía. Johann Rodríguez murió, víctima de un aneurisma cerebral, en enero de 2006.

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