Noticias de Cali, Valle y Colombia - Miércoles 30 de Julio de 2014

La papeleta que cambió a Colombia

La ola de violencia armó a los estudiantes de valor para dar su grito de inconformidad y emprender la cruzada de la Constituyente.

Por: Redacción de El País Domingo, Julio 3, 2011
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Dato clave

Una reforma que caminaba desde 1974

Con el fracaso del bipartidismo, al final del Frente Nacional, el tema de una reforma constitucional comenzó a tomar vuelo en 1974. El presidente Alfonso López hablaba de la pequeña constituyente, pero su idea sólo se quedó en pequeños círculos que no pensaban en una nueva Constitución y sólo se referían a reformar la Carta del 86.
Estos conatos reformistas se mantuvieron por una década, sin que se consolidaran. El tema siguió en el ámbito político, incluso, en los diálogos de paz con el EPL, en tiempos de Belisario Betancurt, se habló de constituyente.
Ante la ausencia de voluntad política, sumada a la violencia y la ingobernabilidad de los años 80 se abrió camino la Constituyente del 91 que finalmente gestó y consolidó la Carta Política que hoy rige a Colombia.

 
La papeleta que cambió a Colombia

Luego de la macha del silencio, los universitarios colombianos se manifestaron a través de la séptima papeleta que conllevó a la nueva Constitución.

La Marcha del Silencio, en agosto de 1989, en repudio por el asesinato de Luis Carlos Galán fue el preámbulo. La inconformidad llegó a las aulas universitarias y en un encuentro de amigos plasmaron, en una servilleta, los puntos claves de lo que sería la revolución estudiantil de la llamada séptima papeleta, esa que abrió el camino para la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente.

Colombia vivía en zozobra. Los ciudadanos veían caer candidatos presidenciales, directores de medios, magistrados, políticos y personas de a pie bajo las balas asesinas y las bombas del narcotráfico y los paramilitares.

El Gobierno, en manos del presidente Virgilio Barco, no actuaba y el Congreso, se decía, estaba manejado por los carteles de la droga.

Barco buscaba por todos los medios reformar la Constitución. Propuso un plebiscito. Los caminos eran escabrosos, tanto que en un giro inesperado el Congreso propuso un eventual referendo para que los ciudadanos decidieran la suerte de la extradición, esa que Pablo Escobar y los denominados ‘extraditables’ combatían a sangre y fuego con el eslogan ‘preferimos una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos’.

La muerte de Galán rebosó la copa y la marcha del silencio fue el primer grito de inconformidad. “No éramos tan conscientes de lo que significaría el movimiento. Queríamos modificar la Constitución porque el narcotráfico tenía controlado el Congreso y estábamos cansados”, recuerda Ximena Palau, estudiante de derecho de la época, quien se encargó de reclutar universitarios en todo el país.

Una idea que se consolidó

La semilla se sembró en una mesa del Hotel Continental, en pleno corazón de Bogotá. A partir de ese momento comenzó el camino hacia la nueva Constitución y, de paso, desahuciaba a la Carta redactada por Rafael Núñez, en 1886.

Camilo González Posso recuerda que fueron muchas las ideas que se lanzaron para buscar reformar una centenaria Constitución que no se dejaba modificar.

González Posso reconoce que “no conocimos la historia íntima del trabajo de redacción en el grupo de estudiantes, ni ellos la han escrito todavía. Es una tarea pendiente de Fabio Villa, Catalina Botero, Ana Maria Ruiz y sus amigos del Congreso Universitario de febrero de 1990”.

Y añade: “La idea de tomarse las urnas para una expresión soberana del pueblo, con un voto extrainstitucional, se concretó en diciembre de 1989, cuando aún se sentía el duelo por Luis Carlos Galán, Guillermo Cano, Jaime Pardo Leal, y cuando la influencia de clientelistas y narcopolíticos llevó al fracaso la tarea del Congreso de democratizar las instituciones”.

Dice además que “los pactos de paz firmados en Santo Domingo, Cauca, cayeron en el parlamento, pero resucitaron por camino imprevisto ese 11 de marzo, cuando la Séptima Papeleta estremeció las urnas”.

En esa época no existían los tarjetones sino unas papeletas que se depositaban en las urnas. Para ese 11 de marzo, día de elecciones, existían seis papeletas que definían los nombres de los integrantes del Senado, la Cámara de Representantes, las asambleas departamentales, las juntas administradoras locales (JAL), los concejos municipales y los alcaldes. De ahí su nombre, la séptima papeleta, esa que los estudiantes ‘colaron’ para cambiar el rumbo del país.

Los líderes del movimiento

El Movimiento de la Séptima Papeleta fue liderado principalmente por los estudiantes, quienes contaron con el respaldo de Alfonso López Michelsen.

Dentro del grupo de promotores se encontraban, entre otros, Fernando Carrillo Flórez, Alfonso Parra, Óscar Ortiz, Wilson Abraham García, César Torres, Carlos Arturo Cuadros, Carlos Felipe Vargas, José Rory Forero, Claudia López, Fabio Villa, Alejandra Barrios, Ximena Palau, Pedro Viveros, Diego López, Carlos Caicedo, Óscar Guardiola, Mauricio Forero, Catalina Botero, Miguel Ángel Moreno, Jesús Francisco Arteaga.

Ellos fueron las caras visibles del proceso, pero en los campus centenares de jóvenes inconformes se la jugaban por el país. Era la cátedra de la vida, de la política, del revolcón constitucional de Colombia.

Fernando Carrillo recuerda que luego de varios encuentros “Dijimos: metamos una papeleta nueva”.

Pero el camino no era fácil. La Registraduría anunció que no iba a distribuir las papeletas, lo que obligaba a que cada ciudadano llevara su propia papeleta a las urnas.

Carrillo cuenta que ya eran mediados de febrero y las elecciones eran el 11 de marzo, “entonces tocó organizar comités estudiantiles por todo el país, y enseñar a la gente a hacer las papeletas”.

Los estudiantes utilizaron todos los medios y pasaron de ser alumnos a profesores, que les enseñaron a todos los colombianos cómo hacer su propia papeleta.

Las urnas recibieron, incluso, papeletas escritas a mano y llegó la hora de la verdad.

Carrillo cuenta que “la Registraduría nunca las quiso contar, pero para los efectos, algún día dentro de sus actas tendrá que estar contabilizado como ese elemento extraño que entró a las urnas el 11 de marzo”, por lo que los mismos estudiantes hicieron un escrutinio informal con resultados positivos: dos millones de papeletas habían ingresado a las urnas.

Este comportamiento del electorado determinó que el presidente Barco expidiera el decreto de Estado de Sitio y obligó a la Registraduría a contar lo que sería la segunda papeleta, que fue la incorporación en el tarjetón de la elección presidencial de 1990 de la pregunta sobre si se quería o no la Constituyente.

El camino se comenzó a despejar y la Corte Suprema reafirmaría la decisión y dejaría la puerta abierta para crear no una reforma a la Constitución, sino una Asamblea Constituyente.

La papeleta triunfó y la inconformidad estudiantil se regó como pólvora en el país. Ximena Palau aún mantiene esa emoción de antaño: “Todo el mundo votó. Ese fue un día inolvidable para los jóvenes del país, que por primera vez sentimos la satisfacción de ser importantes”, dice.

Agrega que “parecía inverosímil lograr que se convocara una Asamblea Constituyente y más, promovida por un movimiento estudiantil”.

El 4 de julio de 1991 el presidente César Gaviria promulgó la Constitución y la revolución estudiantil quedó hecha letra.

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