Noticias de Cali, Valle y Colombia - Jueves 30 de Octubre de 2014

El bicentenario en imágenes

En el Museo Nacional de Bogotá está la exposición ‘Las historias de un grito. 200 años de ser colombianos’, una abundante y valiosa muestra sobre el Bicentenario de nuestra Independencia.

Por: José María Baldoví Martes, Julio 20, 2010
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El bicentenario en imágenes

Ricaurte en San Mateo, óleo de Pedro Alcántara Quijano, de 1920.

Especial para El País

En el Museo Nacional de Bogotá está la exposición ‘Las historias de un grito. 200 años de ser colombianos’, una abundante y valiosa muestra sobre el Bicentenario de nuestra Independencia.
Haga clic aquí para hacer un recorrido virtual por la exposición de imágenes.

La exposición se distribuye en tres salas, bautizadas con los nombres de Portal Américas, Estación Héroes y Estación Pueblo, que evocan las grandes troncales del Sistema de Transporte Masivo de los capitalinos, Transmilenio.

Se trata, tal vez, de la retrospectiva más ambiciosa y caleidoscópica hasta ahora llevada a cabo en el país en vísperas de la celebración del Bicentenario de la desmesurada ruptura del ordinario Florero de Llorente (los historiadores precisan ahora que en realidad era la base del florero).

Pero debido a su intención abarcadora, ‘Las historias de un grito. 200 años de ser colombianos’, como se titula la extensa muestra, por momentos aturde y confunde al visitante. El recorrido comprende 200 piezas, 130 imágenes de apoyo, 14 videos y 10 audios con fragmentos de radio, cine y televisión.

Portal Américas

El primer espacio o Portal Américas sobresale porque nos cuenta que la siembra de un árbol equivale, a raíz de la Revolución Francesa, a una expresión de libertad, sobre todo desde que Jean Jacques Rousseau le escribió a su enciclopedista colega D´Alambert una carta en la que le dice: “Dondequiera que haya libertad abundará la riqueza y cierto sentimiento de alegría. Erigido, en el centro de una plaza, un mástil decorado con flores, reunido al pueblo y tendréis una fiesta”.

Y naturalmente la siembra del “mástil” cundió en innumerables ciudades y poblaciones colombianas. Arrayanes, cauchos, guayacanes, cedros, nogales, encinas prendieron en cruciales plazas de lo que sería la campaña libertadora como Honda, Cali, Sogamoso, Tunja y Caparrapí, entre muchas otras.

Fiel al adagio anglosajón según el cual el diablo está en los detalles, un pequeño óleo sobre madera del Capitán del ejército libertador de Cundinamarca, Luis Fernando Santos, revela parte de los códigos en clave de los padres de la Independencia nacional.

En una de sus manos el militar sostiene un naipe que contiene un árbol de la Libertad rodeado de una granada (que denotan territorio o unión), dos banderines (alusión a la guerra) y una palma (el triunfo sobre la muerte). En la parte inferior aparece un ojo, símbolo masónico y la inscripción: “los amigos de la libertad”.

Más símbolos y emblemas hablan de la aspiración suprema de quienes prendieron la rebelión. Notables que primero pretendieron conquistar algunas libertades de la Corona española antes que buscar la separación definitiva. Por eso convocaron las Juntas de Gobierno para tener así mayor participación en las cortes de la metrópoli e influir más directamente en la vida pública de los reinos de ultramar. Pero como suele suceder, los acontecimientos se salieron de control y de Madrid jamás llegó la respuesta de apertura política, sino los ecos libertarios que esgrimía Napoleón Bonaparte.

Entonces los ramos de serpientes en las nuevas pinturas significaban el gobierno popular, los soles y los amaneceres eran la luz de la ilustración y el nuevo día, el día del cambio; nombrar a Demóstenes en público y en privado señalaba la protesta en contra del régimen monárquico y las juras reales cedieron a las aclamaciones públicas de lealtad a las naciones americanas en ciernes.

La iconografía católica también se sumó con imágenes tan venerables como la de la Virgen de Chiquinquirá en andas, posteriormente nombrada patrona de la Nación, a las primeras tropas insurrectas que se toparían con el plomo del pacificador realista Pablo Morillo.

La mismísima Santa Librada, la del colegio caleño, o Santa Wilgefortis, legendaria patrona de las mujeres mal casadas y virgen mártir de origen lusitano, se exhibe de cuerpo entero con sus brazos atados al travesaño de su cruz para recordar que hizo parte de las procesiones del inicio de la formación de la Junta de Santafé.

La historia cuenta que Santa Librada fue llevada el 19 de julio por los ejércitos de Cundinamarca desde San Juan de Dios, su cuartel permanente, hasta la Catedral de Bogotá, para los hechos del 20.

Pero el grito no sería el mismo sin la imprenta —al menos una réplica de ella pues a la de la muestra se le ve muy fresca— en la cual Antonio Nariño imprimió su traducción de los Derechos del Hombre y el Ciudadano.

Esta primera parte de la muestra concluye con una colección de medallas que los primeros gobiernos republicanos entregaron a los centauros, lanceros y fusileros para que algún día los permutaran por tierras. Pero los generales, comandantes, capitanes y mariscales ya se habían repartido los beneficios terrenales de la Independencia.

Estación Héroes

El rostro, la fabricación y el culto de los héroes es puesta en cuestión porque la exaltación de las cualidades del mártir son a menudo fruto del encargo y de la propaganda.

Es el caso del trágico desenlace del capitán Antonio Ricaurte quien custodiaba, junto a medio centenar de soldados, el parque bélico en la Hacienda San Mateo, propiedad del Libertador. Cercada por el realista Francisco Tomás Morales, Ricaurte —consciente de lo que significaría perder pólvora, pertrechos y armas— decide prenderle fuego al depósito para hacerlo estallar: deber antes que vida.

Hasta el día de hoy hay quienes sospechan que Bolívar pudo haber sido el creador de esa leyenda. El instante previo a la poética explosión es el que se plasma en un óleo publicitario de gran formato, de buen trazo, envolvente color y correcto academisismo.

También figuran retratos de personajes como el mulato almirante José Prudencio Padilla, estratega marino a quien se le debe la batalla naval librada en el mar Caribe que supuso la derrota de la armada chapetona. Pero las sombras de la traición medraron a su alrededor hasta ser conducido, por antiguos compañeros de armas de Bolívar, ante un pelotón de fusilamiento en la Plaza de la Constitución, hoy de Bolívar, de Bogotá. Caído en desgracia frente al Supremo, su rehabilitación, a nombre del pueblo colombiano, sólo fue posible a través de la Convención de la Nueva Granada de 1831.

Otra manera de exclusión es la omisión de indígenas y negros en la iconografía independentista tan nostálgicos de sus modelos napoleónicos. De ellos no hay rastros, salvo por las pinturas de Beatriz González, porque las maniobras publicitarias de los artistas decimonónicos los marginaron de sus paletas y esculturas. Apenas una caricatura de Agustín Agualongo, “símbolo de esperanza de un pueblo defraudado”, según el historiador jesuita Jaime Álvarez, el irreductible líder pastuso que defendió la causa monárquica y la Iglesia Católica, se enseña en algún rincón de la muestra.

Afiches, imágenes de televisión y fotografías de actores y rodajes recuerdan que la memoria nacional cobró vida en series como ‘Revivamos nuestra historia’, ‘Crónicas de una generación trágica’, ‘Las Ibáñez’ y cintas del corte de ‘Bolívar soy yo’. El relato audiovisual consiguió lo que nunca pudieron lograr los textos escolares y las investigaciones históricas, muchas amañadas: despertar en la gente un infrecuente interés por su pasado. Bolívar huyendo en la noche septembrina, Nariño arengando, Sámano ejecutando patriotas, el pusilánime Virrey Amar y Borbón y su aviesa esposa.

Los hitos gozosos de la exposición frenan en seco para revisar los desastres sembrados por el amanecer de la República: desplazamientos forzados, luchas por la tenencia de la tierra, guerras civiles, clases desposeídas, racismo, guerrillas. La escenificación es posible mediante videos, documentos, cartas y fotos testimoniales.

Como la libertad no discrimina género, las heroínas de la Independencia muestran su belleza, negras melenas, trenzas, mantillas, camafeos y crucifijos empezando por Gregoria Policarpa Salavarrieta Ríos, pintada por el reconocido retratista de próceres José María Espinosa, atravesada por seis tiros en Bogotá en 1817, despachada junto con su novio y enterrada bajo el altar mayor de la iglesia de San Agustín.

Manuela Beltrán, “heraldo femenino de la libertad”, también cuenta con su altar en el recorrido. Lideró un motín contra los impuestos mercantiles al grito de “Viva el Rey y muera el mal gobierno”, acto con el cual impulsó, sin pretenderlo, el levantamiento del movimiento comunero.

Estación Pueblo

La Estación Pueblo cierra la travesía bicentenaria. Pasto y Santa Marta no comulgaron con la Independencia. Negros, mulatos e indígenas padecían antes que hacer la Independencia. Hubo regiones de primera, de segunda y de tercera categoría. El aislamiento fue la política nacional.

En esta estación los visitantes encontrarán pinturas y grabados de historia de José María Espinosa, Andrés de Santa María, Ignacio Gómez Jaramillo, Beatriz González, Francisco Antonio Cano así como representaciones musicales de personajes como Agustín Agualongo. También se incluyen obras recientes de Nelson Fory y Johanna Calle.

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