Noticias de Cali, Valle y Colombia - Viernes 19 de Septiembre de 2014

El Yagé, de toma sagrada a moda riesgosa en Cali

El Yagé que utilizaban los indígenas para trascender a un estado de conciencia superior, es empleado en la ciudad como un pasaporte a la alucinación. Crónica de una tradición incomprendida.

Por: Jorge Enrique Rojas, Editor Unidad de Crónicas Domingo, Enero 23, 2011
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Ritual Yagé

Una toma de Yagé en la selva es una ceremonia sagrada.

Generalmente, la ceremonia se realiza en la noche y está acompañada por cantos e invocaciones, además del toque de diferentes instrumentos como flautas, guitarras, tambores, armónicas.

La ceremonia se realiza en espacios abiertos, en medio de la naturaleza y se procura que sea cerca de un río, pues para terminar la toma de Yagé los chamanes inician el l proceso de limpieza, que consiste en un baño en un río o tomar bebidas a base de limón (todo depende de la tribu).

La ceremonia inicia en el momento en que cada participante ingiere la toma de yagé. La preparación y mezcla de la planta es considerada también como un asunto sagrado y riguroso.

Las plantas utilizadas en la mezcla para obtener Yagé (banisteriopsis caapi, o banisteriopsis inebrians) se cortan a una determinada hora de la noche. Los indígenas, para el corte, tienen en cuenta la luna.

Después someten esas plantas a una cocción en agua en porciones iguales. Todo este proceso es realizado en un sitio que para los chamanes debe ser santo, sagrado. De ahí que no permitan el ingreso al recinto de mujeres en periodo de mensturación.

 
El Yagé, de toma sagrada a moda riesgosa en Cali

Fotomontaje: Carlos Andrés Trujillo / El País

Acabo de probar algo que me juran es yagé. Un líquido oscuro y espeso como una sopa de vísceras. Un brebaje de olor selvático, sucio de rastros de licor que se advierten en la mezcla. Una pócima ofertada como un remedio preparado en un ritual sagrado, pero que ahora está envasado en un frasco de mermelada.

Acabo de probar algo que estoy seguro no es yagé y un hormigueo me duerme la punta de la lengua, como si la mujer que me ofrece el bebedizo hablándome cerquita me hubiera dado un beso con anestesia.

La mujer es una anciana de pelos blancos y sonrisa postiza. Afuera de un puesto de hierbas aromáticas que atiende en una galería del sur Cali, dice que aquello fue preparado por su hijo. Qué el hijo nació en Putumayo y que él es un chamán de los buenos. Entonces levanta el frasco a contraluz y agita el contenido para mostrar cómo eso se adhiere a las paredes de vidrio: “Vuelva y meta el dedo, pruebe otra vez para que vea cómo emborracha”...

Lo que sea que hay allí adentro tiene gusto a barro y a aguardiente; pero también a petróleo, a hierba muerta, a cáscara de limón, a salvia; lo que hay en el frasco tiene un sabor terroso, metálico, café. Sólo me ha caído una gota en la punta de la lengua y todas esas sensaciones me invaden la boca, la atontan. Acabo de probar algo que no me cabe duda nada tiene que ver con el espíritu del yagé y me pregunto quién, quiénes, habrán comprado el resto de ese menjurje del que tan sólo queda un par de onzas resbalándose en el frasco de mermelada: “Se agotó en diciembre. Pero si necesita se le hace: medio litro en cincuenta, uno en cien”...

De la barriga de los sapos

La anécdota se repite en uno y otro lado: plazas de mercado, puestos de yerbateros callejeros, consultorios de falsos brujos. El yagé, planta utilizada ancestralmente por las comunidades indígenas del Amazonas para limpiar su cuerpo y trascender a otros estados de conciencia, está siendo ofertada como un pasaje expreso a mundos de alucinación. La ayahuasca, o el bejuco del alma como es conocido entre las etnias del sur del país, pasa de mano en mano como una droga más, un juego, otro exceso sumado a todo eso que algunos, en esta ciudad, llaman rumba. Y como ocurre con los esnobismos, la tradición termina convertida en una moda irresponsable.

Entonces ya es común que grupos de chicos universitarios atiendan convocatorias de Facebook sin entender el fondo del rito. Y que se sometan a lo que la limpieza física implica (pueden ser varias horas de vómito y diarrea) con tal de acceder a visiones sicodélicas ofertadas desde el desconocimiento. Y que paguen sumas que oscilan entre los cincuenta y doscientos mil pesos, por participar en ceremonias con chamanes de dudusa reputación.

Pero eso no es lo más grave. Lo complejo del asunto es que hay gente que se está aprovechando de esa ignorancia. Maurix Fernando Rojas, toxicólogo del Hospital Universitario del Valle, sabe de falsos brebajes mezclados con sustancias sicoactivas, medicamentos de uso restringido, incluso con escopolamina, para que adquieran el efecto de enajenación buscado por quienes buscan el yagé como un simple experimento sensorial.

A finales del año pasado un chico suizo fue víctima de aquella perversión en el Perú: compró un bebedizo en una plaza y se encerró en su hotel. Ante el incumplimiento del chamán que se había comprometido a asistirlo en el cuarto, decidió tomarse la pócima a su antojo. El viaje del chico rubio y ojos azules terminó luego de diez días de coma.

“Le pueden echar cualquier cosa para que al tomarlo la gente sienta borrachera, pérdida de conciencia. Es muy complicado hacerle seguimiento a esa situación porque generalmente cuando hay una intoxicación los pacientes la asocian con otra cosa”. En los últimos tres años en el HUV se registra un caso: un taxista de 50 años que convulsionó en una toma. El hombre, atendido a tiempo, sobrevivió.

Jorge Quiñónez, coordinador de Toxicología de la Secretaría de Salud Municipal, conoce de mezclas de hierbas con veneno de sapo que en la ciudad han sido ofrecidas como yagé.

Aunque no hay una sola entidad oficial, ninguna ONG, ningún centro médico del país que llevé estadísticas de los casos, en los últimos tres años ya se cuentan dos víctimas mortales: una mujer de 40 años que en el 2008 falleció en el centro indígena del barrio Normandía de Bogotá y Juan Fredy Ruiz, ingeniero industrial de 33 años que murió en una toma realizada el pasado 12 de noviembre en una bodega de plásticos de Ciudad Bolívar.

No te vayas Juan

Kelly Obando es la esposa del ingeniero fallecido. La chica, de 24 años, ahora habla con una voz opaca, desgastada, intermitente. Los dos habían idos juntos a la toma de yagé. Era su tercera vez. Aquel día el taita Juan Chindoy (ver entrevista anexa) les había avisado que la ceremonia tendría que hacerse en una bodega del barrio Perdomo, al sur de Bogotá. Que por el invierno era mejor así. Que 60 personas asistirían al rito.

Esa noche ella sintió el mismo sabor amargo, las ganas de vomitar, el sueño invencible como las otras veces; todo parecía repetirse. Hasta que su esposo empezó a gritar y estallar brazos y piernas contra el suelo. Hasta que dos ayudantes del chamán empezaron a meterle trapos en la boca y a decirle que no gritara. Hasta que lo amarraron de pies y manos. Hasta que se lo llevaron a la parte trasera del depósito y empezaron a decirle “Juan, no te vayas, por favor quédate con nosotros...”

Kelly cuenta que todo eso sucedió mientras ella estaba medio dormida, con la voluntad perdida. “Trataba de levantarme pero el sueño me doblaba”.

Cuando pasó el trance y la chica pudo salir de la bodega, Juan Fredy Ruiz permanecía recostado en la parte trasera de un taxi con un líquido café y espeso goteándole por nariz y boca. “Pero ya estaba rígido, morado... Yo salí a correr desesperada por la calle y de casualidad me encontré una patrulla de la Policía donde lo montaron. Cuando llegamos al hospital lo primero que dijo el médico fue ¿para qué lo traen si ya no hay paciente”.

El caso de Juan es llevado por la Fiscalía 298 de Bogotá. Pero hasta el momento no hay implicaciones legales sobre nadie porque la necropsia aún no ha salido. Es decir, dos meses después, no ha sido posible establecer las causas específicas de la muerte y los chamanes comprometidos siguen dirigiendo rituales. Consultados por El País, en Medicina Legal dijeron que la necropsia tardará dos o tres meses más porque en los casos de intoxicación deben hacerse cotejos de por lo menos 90 sustancias en el cuerpo, “pero con el yagé todo es más complicado”

Un viaje al interior

El indio Eme, un supuesto chamán amazónico que vende yerbas y lee el tabaco en el centro de Cali, dice que puede preparar una botella especial de yagé.

Hasta él es posible llegar siguiendo recomendaciones escuchadas en galerías del sur y el oriente de Cali. El indio Eme es un tipo recio, de carnes cobrizas, tal vez de unos 50 años, que atiende en un puesto ambulante plantado hace varios años en la Carrera Séptima, bajo la saliente de un viejo edificio que lo resguarda del sol. Desde allí, cuenta, ha preparado yagé para “gringos, peladitos gomelos, gente rezada y para cualquiera que pague lo que vale”.

Mientras lo escucho hablar, recuerdo a las palabras de Alhena Caicedo, directora del programa de Antropología del Icesi, que dice que la forma en que la gente ahora está consumiendo la planta sagrada nada tiene que ver con la tradición, sino que corresponde a una cuestión enmarcada por códigos relacionados con el boom de lo étnico. “Entonces lo consumen con otros propósitos, otras intenciones”.

Mientras lo escucho y veo cómo oferta sahumerios y pócimas para el amor esquivo, recuerdo también las palabras de Eric Van Den Hove, el cónsul de Bélgica en Cali, que ha participado en una centena de tomas y asegura que el yagé le cambió la vida porque le armonizó su relación con la tierra, porque le alivió dolores, porque le permitió sanar el espíritu.

Mientras escucho al indio Eme, como no, recuerdo la experiencia de una maravillosa actriz de teatro que con un yagé responsable (entregado por un taita avalado por la asociación de médicos yageseros del Putumayo) ayudó a su madre, enferma de cáncer, a aliviar ese mal con el que no habían podido las medicinas tradicionales.

Mientras veo el engaño y me palpo la punta de mi lengua, otra vez despierta, recuerdo las palabras de un periodista amigo que después de tomar yagé escribió un día que aquello no era una droga, ni una moda, ni un fin en sí mismo, sino un medio para encontrarse.

Datos claves

  • Según la sabiduría indígena, las motivaciones de una persona al momento de tomar Yagé influyen directamente en los efectos que se obtengan durante la ceremonia y las alucinaciones que se presenten.
  • Los efectos de una toma de Yagé culminan después de cuatro horas de haber ingerido la bebida. Hay casos en los que los efectos se repiten días después de haber tomado.
  • Cuando un indígena que no ha perdido su conocimiento ancestral consume Yagé lo hace con varios fines: incorporar el espíritu de la planta, sanar su cuerpo, predecir el futuro, protegerse de hechizos o brujerías y proteger a su comunidad de un determinado mal.
  • En Cali se han vuelto comunes las convocatorias a tomas por facebook. Algunas de ellas hacen parte de procesos serios, guiados por gente autorizada.

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