Noticias de Cali, Valle y Colombia - Martes 2 de Septiembre de 2014

Potrero Grande: el ocaso de un barrio que se creó como una tierra prometida

El 60% de los jefes de hogar en Potrerogrande no termina- ron sus estudios de primaria ni secundaria. El 67% de ellos no alcanza un salario mínimo legal vigente, según datos de la Secretaría de Vivienda Municipal.

Por: Jessica Villamil l El País Domingo, Febrero 13, 2011
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millones le adeudan los habitantes de Potrerogrande a Emcali por atrasos de hasta 36 meses.

Dato clave

Cifras para contrastar

Potrerogrande aparece en el primer lugar de la lista de barrios en Cali con mayor número de homicidios en el 2010. Según el Observatorio Social hubo 46 muertos.

Y aunque la cifra es alta, según el promedio, no hubo ni siquiera un deceso por semana.

Sin embargo, la gente sostiene que cada día mueren al menos tres personas.

”La Policía no deja que la gente se muera en el barrio. Lo echan en la camioneta y se lo llevan pa’l hospital porque es un riesgo para la Fiscalía hacer los levantamientos acá”, dice una mujer consultada por este diario y que pidió reserva de la identidad.

Asegura que hablar de estos temas puede ser motivo de asesinato.

 

“Dios te bendecirá con abundancia en la tierra que te da”. La frase bíblica está escrita en una cartulina plastificada, del tamaño de un borrador escolar. En el papel también quedaron consignados la ubicación del sector, el número de la manzana y de la casa que le asignaron a Pilar Bermúdez, en Potrerogrande.

Ella recuerda ese día del 2005 con alegría. Cuenta que las semanas siguientes a la asignación iba hasta el barrio para ver cómo levantaban las paredes, instalaban las redes de energía y ponían el techo. Aunque el gesto de felicidad que le trajo el recuerdo desaparece, se declara triunfadora y sentencia: “Soy una sobreviviente de Potrerogrande”.

Cinco años después de fundado el barrio, como alternativa para reubicar a más de cinco mil familias que provenían del jarillón del río Cauca, las lagunas de Charco Azul y El Pondaje y la Colonia Nariñense, el panorama cambió totalmente. A la esperanza la reemplazó el temor.

Idilio infernal

Si se observa desde lejos, el barrio parece una maqueta gigante. Las casas están hechas en ladrillo limpio, son de dos pisos e igual tamaño, tienen un pequeño balcón. Hay grandes zonas verdes, eso sí, sin muchos árboles y todas las calles están pavimentadas.

De cerca todo cambia: Hace un calor pegajoso y aunque no se vea gente en la calle, desde las casas se alcanzan a oír los murmullos. “¿Quiénes son esos?” “Ya vienen a ‘sapiar’” “¡Van a sacar el barrio en la prensa!”.

A través del radio de un patrullero que recorre la zona se hace un llamado de auxilio: “Un refuerzo en el cuadrante 4, hay un 913”.
La balacera, en pleno corazón del barrio, no deja ningún herido. Y aunque atienden el incidente, las autoridades no alcanzan a capturar al hombre que hizo los disparos al aire. Las estadísticas en el CAI del sector dan cuenta de unos 60 casos similares por día. También se incluyen riñas.

A unos pasos de ahí, una niña de 4 años, impecablemente vestida, salta desde una casa y grita que en la esquina todo el tiempo una mujer consume marihuana.

“Señora, en esa casa. ¡Vea, es ahí! Esa señora todo el día fuma”, denuncia la pequeña, mientras una mujer la toma de la mano y la lleva dentro de la casa. La inocencia suele ser atrevida.

Hablar de los asesinos, de dónde viven, de cuáles son los invasores del jarillón que también tienen casas en la urbanización, de los raponeros o de los bullosos resultaría sencillo para los adultos si no fuera porque dar algún detalle puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Más adentro, en el Sector 5 hay unas cuantas casas abandonadas. En una sola cuadra tres viviendas se quedaron sin dueño desde hace más de seis meses. Y con el tiempo también se quedaron sin techo, puertas, ventanas, baños, lavaplatos, mesón y paredes.

Minutos después un hombre pasa frente a la patrulla de la Policía que recorre el sector y asegura que sabe quién se llevó los ladrillos. Luego se ríe con un dejo de burla y sigue su camino. De inmediato uno de los uniformados explica que “ese descamisado” es uno de los delincuentes. Nadie lo denuncia.

Secretos suspendidos en el aire

Pilar dejó hace dos años su casa. Ahora, desde la vivienda de su madre, en Marroquín III, cuenta que otras personas suelen hacer lo mismo “por tanto lío que hay en Potrerogrande”.

Relata que se cansó de ver durante dos años seguidos hombres tirados en el andén con las vísceras expuestas, de tener que esperar en la avenida a su hijo para escoltarlo hasta la casa, de ‘pagar vacuna’ por el negocio de comidas rápidas que montó, de adelgazar día tras día porque la zozobra le quitaba el hambre.

“Cuando decidí irme, mi hermano —que también era mi vecino— me dijo miedosa. Al año él se fue porque no aguantó la presión”, agrega.

Tierra prometida, tierra de nadie

Entre el 2006 y el 2009 se asignaron 3.867 casas. Ni siquiera la Secretaría de Vivienda de Cali sabe con precisión cuántas de ellas están abandonadas o lo que es peor, invadidas.

Marco Zambrano, titular de la dependencia, confirma que en el barrio se respira miedo. “Es poco lo que podemos hacer. Recibimos algunas denuncias, pero si nosotros intentamos hacer un desalojo porque alguien se adueñó de la casa que no le correspondía, nos atacan”, revela.

En Potrerogrande susurran que allí vive gente especializada en hacer invasiones y que cuando los temerosos se van, éstos se quedan con las casas desocupadas para ponerlas en alquiler y así se hacen dueños de cuatro y hasta más inmuebles.

A esas familias que durante dos décadas invadieron zonas de alto riesgo se les asignó una casa con una cuota, con promedio mensual de entre $50.000 y $60.000. Pero al nuevo barrio no sólo se trasladaron los habitantes, sino sus dificultades y “las malas costumbres”.

La semana pasada la urbanización cumplió cinco años, pero hasta ahora sólo el 8% de los propietarios está al día con sus cuotas. El resto, es decir, 3.485 dueños, tienen más de 24 meses de mora.

Marco Zambrano sostiene que no hay forma de hacerle entender a la gente que “si no se pagan los impuestos, los servicios públicos y hasta la propia casa donde viven, la ciudad no puede prosperar”.

Explica que ha habido reuniones con la comunidad para refinanciar la deuda. A algunos se les da la oportunidad de pagar cada semana porque aseguran que sus ingresos son diarios, pero ni así cumplen.

El funcionario no lo justifica, pero advierte que en Potrerogrande el 25% de la población está desempleada.

Tampoco pagan los servicios de agua y energía que les suministran las Empresas Municipales de Cali. Rodrigo Bolaños, jefe del Departamento de Venta de Energía de Emcali, dice que en el barrio hay usuarios, pero no clientes. “Allí la gente sigue pensando que todo tiene que ser gratis”, señala.

Es más, en una de las calles del barrio, una mujer descalza y con dos niños a su lado responde que no pidió que la sacaran de su rancho. Por pensamientos como este, tal vez, es que la empresa de servicios tiene una cartera de $991 millones por acueducto, alcantarillado y energía correspondiente a esta zona. El corte es a diciembre del 2010. Únicamente en energía se pierden $150 millones mensuales.

Al principio, agrega el funcionario, se hacían los cortes por mora. Con el tiempo hubo amenazas, operarios heridos y por miedo se dejó de realizar el proceso.

“Para cortar el servicio de agua hay que romper la calle, entonces tendríamos que dañar todas las cuadras del barrio. Además, por cada suspensión se gastan en promedio $500.000 y de nada sirve cuando la gente después hace conexiones fraudulentas que generan pérdidas adicionales”, sostiene Eduardo Caballero, jefe del Departamento de Pérdidas de Acueducto.

David Perea, habitante del barrio, dice que a Potrerogrande no van ni siquiera los vendedores de verduras y menos los carruseles infantiles móviles que suelen recorrer los barrios populares. No es exageración.

Con nostalgia dice que hace un año abandonó su vivienda porque no aguantó la tensión de pensar en qué momento podría ser una de las víctimas. Exhala tristeza y asegura que “en Potrerogrande sólo se vive por necesidad”.

Él y algunos de sus vecinos sentencian que ese sector, que desde el cielo simula la figura de un pentágono, es un cultivo de rabia, desencanto, resentimiento, que en cualquier momento puede generar una explosión social.

Pilar Bermúdez dice que recuperó su peso, que vive en un espacio reducido en la casa de su madre, pero está tranquila. “Así me digan que me regalan la casa de Potrerogrande, no la recibo”. El pasaje bíblico que parecía un buen augurio no se cumplió.

Colegio es una zona de paz: Director

Potrerogrande está ubicado en la Comuna 21, al extremo oriente de Cali. Y en el centro de ese barrio se levantó hace dos años el colegio oficial que lleva el mismo nombre y que algunos referencian como ‘el colegio de queso’.

A simple vista parece bombardeado en una toma guerrillera, sus paredes beige tienen perforaciones que desde cerca se aprecian circulares y uniformes. “No le ha pasado nada, así fue diseñado”, sostiene el vigilante de la institución.

Algunos bromean y dicen que esos huecos evitan que padezca por los enfrentamientos entre las pandillas que rodean el colegio: las de los sectores 1 y 4, especialmente.

Esas mismas confrontaciones han hecho que, según Miguel Mejía, muchos niños tengan que ser llevados a colegios de otros barrios para que no resulten heridos en los combates.

“Las peleas siempre se forman a la salida. A uno le da miedo que su hijo termine muerto por los problemas de otro”, agrega el hombre.
Pero Samuel Vanegas Villegas, director del colegio que está concesionado por Comfandi, sostiene que esos son rumores, que por cierto abundan en Potrerogrande. “Una vez tuve que rendir cuentas en el Concejo porque hasta allá llegó el rumor de que estábamos cobrando las mensualidades, cuando acá ni siquiera pedimos para un certificado de estudio”, agrega.

Admite que cuando se inauguró el colegio había rencillas, pero se dirimieron con el diálogo entre estudiantes y padres. Y que este año no ha habido una sola balacera en las inmediaciones del colegio.

Pero los vecinos insisten en otras versiones. “Nosotros todo el tiempo tenemos que atender tiroteos. Es que el colegio hace parte de una barrera que divide todos los sectores en conflicto”, explica un patrullero de la Policía.

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