Lo que Germán Vargas Lleras esconde tras su imagen de 'hombre duro'
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Lo que Germán Vargas Lleras esconde tras su imagen de 'hombre duro'

Mayo 22, 2018 - 11:50 p.m. Por:
Kelly Sánchez  / Reportera de El País
Vargas Lleras y su hija Clemencia

Clemencia, la hija de Germán Vargas Lleras ha estado muy activa en la campaña presidencial de su padre. Dice que de las cualidades más admira de él es su lealtad y que cumple lo que dice, porque “la palabra lo vale todo”.

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Existe un lugar donde Germán Vargas Lleras se desprende de su coraza y deja salir al ser humano común y corriente, sensible y divertido que lo habita. Ese lugar es su ‘guarida’, una inmensa biblioteca que no solo está dotada de cientos de libros, sino también de música y películas. Ese es uno de los espacios donde se puede encontrar al Germán que no aparece fácilmente en la plaza pública.

Aunque no es el único espacio de distensión. Al lado de sus más queridos, Germán baja la guardia y deja ver el hombre con especial sentido del humor, el extrovertido, el del ‘pasito del reloj’, el que pone la música en las reuniones, el amoroso, el que le gusta cocinar... el que describen como el verdadero Germán.

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Pero el Germán Vargas Lleras que se disputa la Presidencia de la República con otros cinco contendores, el que se ganó muchas desaprobaciones por cuenta del coscorrón que le dio a uno de sus guardaespaldas, es de temperamento fuerte; para algunos, arrogante y prepotente; para otros, es el armazón que se ha puesto después de todo lo que ha tenido que enfrentar.

Y es que de Vargas Lleras dicen que es un sobreviviente. Primero se salvó de morir en la noche del 18 de agosto de 1989 cuando asesinaron al candidato presidencial Luis Carlos Galán. Germán estaba justo detrás de Galán cuando este recibió los impactos de bala que lo llevaron a la muerte.

El siguiente episodio ocurrió en el 2002. Sufrió un accidente en el mar, cuando vacacionaba con su hija Clemencia en la isla San Martín. Mientras nadaba, una ola gigante lo azotó contra el fondo del mar, un golpe tan fuerte, que, según explicó él mismo, le ocasionó un desprendimiento de la llamada cara del cráneo, un traumatismo conocido médicamente como Le Fort. La reconstrucción de su rostro requirió implantarle placas de hierro y titanio.

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Pero lo peor estaba por llegar el 13 de diciembre de ese mismo año. Entre los regalos de Navidad que le habían llegado a su oficina, se encontraba una agenda que al momento de abrir explotó en sus manos. Fue el día en que perdió dos dedos y medio de su mano izquierda.

Como si fuera poco, en el 2005, después de visitar un medio de comunicación, un carro bomba explotó cuando pasaba la caravana del entonces Senador. Aunque Vargas Lleras resultó ileso, varios de sus escoltas terminaron gravemente heridos.

Años después, en el 2012, siendo Ministro de Vivienda, se llevó un gran susto cuando el helicóptero en el que viajaría desde Sandoná hasta Yacuanquer (Nariño) por poco se precipita a tierra con él abordo.
Luego vino el desmayo en tarima mientras daba un discurso en 2015. Le diagnosticaron un meningioma, un tumor cerebral benigno. Fue intervenido y la operación fue un éxito.

Con toda razón dicen que tiene las siete vidas del gato.
Pero lo que, según un amigo cercano, hizo que el hoy aspirante presidencial endureciera su carácter, quizás fueron los dos primeros atentados y el hecho de tener que sacar del país a su hija y a su primera esposa, atemorizados por una amenaza de secuestro a su pequeña de seis años.

Desde entonces el político se refugió en su trabajo. Se acabaron para él los descansos. Se volvió cada vez más serio, se le veía preocupado. Su seguridad ya requería de varios escoltas, carro blindado y chaleco antibalas. Y su hija, su gran amor, su debilidad, estaba lejos.

Clemencia Vargas, la única hija de Germán es ahora una carismática joven, bailarina profesional, que tiene la chispa que su padre posee pero poco muestra.

Ella asegura que aunque su papá tiene carácter, eso es lo que necesita Colombia, “una persona que pueda asumir los retos de este país, tomar decisiones con los pantalones bien puestos”, dice con convicción. Pero también cree que pocos saben del hombre que ella conoce, el que es un lector empedernido, el melómano, el disjockey que antes de entrar a la universidad, en los años 80, tuvo una de las primeras minitecas en Bogotá, pero también el hombre que le enseñó a trabajar por los sueños porque “estos no se cumplen solos”.

De su padre, dicen que ha ganado la animadversión de mucha gente por no filtrar lo que dice. El Vargas Lleras que la mayoría de gente conoce no tiene problema en parar una entrevista o mostrar su inconformidad, si no le gustan las preguntas, como ocurrió esta semana en una entrevista radial, cuando tildó de ‘chimbas’ las preguntas que le hacía una periodista.

“Es una persona transparente, dice lo que piensa, no le interesa quedar bien. Sus asesores le dicen que tenga más cuidado pero él responde que las cosas hay que decirlas como son, así sea impopular. Él es de una sola pieza”, dice un amigo cercano.

El hombre de “una sola pieza” tiene otro gran amor: su esposa Luz María Zapata con quien se casó en 2010. Es politóloga, y fue presentadora del magazín Panorama. Ella, que es más tranquila que Germán, procura darle la calma.

Vargas Lleras y su esposa

A Luz María Zapata, la esposa de Vargas Lleras se le nota enamorada. Dice que como pareja se complementan muy bien, él es acelerado y ella, la tranquila.

Especial para El País

No tuvieron hijos juntos, pero tienen a Lola, Lupe y Mancho Vargas, tres perros. De hecho, Mancho se ha vuelto famoso en redes sociales apoyando a su ‘papá’. Es que, dice Luz María, “todos en la casa trabajan para la campaña, hasta las mascotas”.

Luz María y Germán tienen un pacto: aunque estén enojados, se despiden todos los días porque no saben si la vida les permitirá volver a verse.

Aunque por los cargos que ha desempeñado Germán -y más ahora en campaña- tienen un ritmo de viajes constantes, Luz María dice que “nuestro hogar está donde estemos juntos”, por eso es que para sentirse como en casa suele llevar velitas aromáticas, para que el lugar en donde estén, tenga el mismo aroma que el de su casa.

Pero nada puede sustituir la felicidad de compartir en familia -o solos- en su finca de Bojacá. Ese resguardo alejado del corre corre de la rutina política, rodeado de naturaleza, donde Germán puede cocinar una buena pasta, acompañarla con una copa de vino, poner música a su antojo y ser, por fin, él mismo.

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