Informe exclusivo: tragedias detrás de la crisis del café en Colombia

Marzo 03, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Informe exclusivo: tragedias detrás de la crisis del café en Colombia

Un recolector de café no tiene seguridad social. No tiene prestaciones. En realidad no tiene nada, más allá de un par de trapos, protegiéndolo de los zancudos.

Tal vez, el hecho de que se necesite ayuda para endulzar la bebida nacional, no sea gratuito. Historias.

Uno piensa que la tragedia no le va a volver a caer encima, señor periodista. Después de todo eso, de la avalancha, yo me fui de Armero. Me fui a buscar la vida en otra parte. Estuve en Bogotá, en Cali. Todo ese tiempo trabajando. Y así, hasta que me conseguí pa’ comprar un pedacito de tierra. En 1992 me fui pa’ allá arriba, a Tochecito. Levanté una casita de bahareque, me fui con la mujer. Sembré café, banano. Y al principio eso nos daba pa’ la comidita, pa’ vivir. Y vivimos, pa’ que le voy a mentir, joven. Vivimos varios años más o menos tranquilos. Mi esposa, Blanca Nelly Herrera, murió en el 2008. Se la llevó un aneurisma en la cabeza. Luego vino un invierno muy bravo, el café no florecía, no había qué sacar a vender. Con mucho trabajo, yo aguanté. Hasta que a finales del 2010 llegó un verano duro, muy duro. Y con ese verano la roya. Y con la roya el fin de cientos de cosechas, usted seguramente allá en la ciudad no se habrá dado cuenta. Pero la cosa fue tan brava que el Gobierno prometió un crédito, platica pa’ volver a sembrar con intereses bajitos. Entonces la gente recibió algo pero luego se acabó la ayuda y los precios bajaron y lo que se recogía no alcanzaba pa’ pagar la deuda. Yo le tuve que entregar la finca a un trabajador. Él se encarga de sembrar y con lo que recoge compra la comida pa’ él y la familia. Ellos son los que ahora me dan de comer. Yo me quedé allá solo, en esa tierrita que es lo único que tengo. Usted no me lo está preguntando pero la semana pasada no tuvieron pa’ la carne, entonces arrocito y huevo. Yo tengo 78 años y soy un campesino. ¿Qué más me voy a poner a hacer?”150 kilómetros al norte de Cali está Sevilla. Para llegar hay que recorrer una carretera estrecha que siempre va hacia arriba, enroscándose en el lomo de las montañas. Mientras dura el viaje, a lado y lado de la ventanilla, el verde; a veces amarillo, pero casi siempre verde. Caña, plátano, café, frutales que se extienden en toda tierra posible. Palmas, ceibas, árboles gigantes. Plantaciones infinitas que en algún lugar, perdidas ya para la vista, se convierten en cielo. Ese cielo. Hace años, sobre aquel paisaje de postal turística también creció una guerra violenta: el paraíso convertido en infierno por cuenta de capos de la mafia que hicieron de ese su escondite. Luego la guerrilla, los paras, los campesinos en medio. A veces alguna finca abandonada es recuerdo de todo eso.Pero ahora en Sevilla esas no son las historias que se oyen. Allá, en ese pueblo encaramado en la cima del Valle, los dramas que se escuchan son como los de Eduardo Arce Murillo, sobreviviente de Armero y víctima de la crisis cafetera. Historias como la suya se repiten aquí y allá, en el parque, en la tienda, en la esquina.De ese lado del mundo, lo que a él le pasa, se llama “trabajar en compañía”. Un eufemismo para explicar la desgracia: trabajar en compañía significa entregar la tierra a alguien para que la coseche y así no perderla del todo. Y así, a cambio de ceder un terreno para que otro lo aproveche, tener en donde dormir, donde meter la cabeza. Y así tener un plato de comida caliente. Y así no morir. No al menos en la calle. Trabajar en compañía es la única alternativa que han encontrado los caficultores para enfrentar lo imposible: para trabajar una arroba de café se necesitan 70.000 pesos en insumos, abono, transporte, mano de obra. Según las tarifas de la Federación Colombiana de Cafeteros, hoy esa arroba no vale más de 53.000 pesos. En este país, cuyo símbolo mundial es un campesino sonriente acompañado de una mula cargada de café, las caras de los campesinos que no son publicitadas en tazas ni chaquetas, son bestialmente distintas. ***“Ah, sí señor, yo me llamo Jesús Espinoza tengo 71 años y soy nacido en San Antonio, acá en el norte del Valle. Claro con mucho gusto, yo le explico. Vea, la cosa es muy sencilla: los caficultores estamos trabajando a pérdida. Ponga bien cuidado: una producción de 600 arrobas de café en este momento las pagan a 30 millones de pesos. Para sacarla, se necesitan por lo menos 150 bultos de abono. Ese abono cuesta 10 millones 500.000 pesos. A eso hay que sumarle la limpiada del terreno que vale tres millones. Cuente ahí también los insumos de fumigación, que son a 54.000 por caneca y si se necesitan 30, hay que tener 16 millones 200.000 pesos. Súmele a eso la plata de los trabajadores que es, más o menos, 5.000 por arroba, lo que significa que la recogida vale tres millones de pesos. Y agregue a la cuenta el transporte, que saliendo barato, lo consigue a mil por arroba ¿Sabe cuánto me quedan de esos 30 millones? Quedo debiendo tres millones 300.000 pesos. Claro, hay una ayuda, la Federación le da al caficultor 6.000 por cada arroba, lo que representa tres millones 600.000. Entonces después de todo ese trabajo, de la briega, la lucha, a mi me quedan en el bolsillo 300.000 pesos para esperar hasta que haya una nueva cosecha. Y si lo ve como ganancia tenga en cuenta una cosa: nosotros, los caficultores, tenemos hijos y esos hijos estudian y comen y necesitan ropa y libros. Y la finca paga impuestos. Y nosotros nos enfermamos y también comemos y al carro hay que echarle gasolina, dígame pues, señor periodista ¿cómo hacemos?” Hay quienes han emprendido pequeñas luchas ante todo eso. Jaime Alberto Jaramillo es uno. Tiene 46 años y viste de sombrero. Lleva las patillas largas, la cara afeitada a ras, un trapo húmedo en un bolsillo de su pantalón. Pese a que su familia es una de las productoras de café más tradicionales de Sevilla, él permanece en una esquina del parque, bajo una carpa de lona, vendiendo tazas de café gourmet.El suyo se llama Café de Origen La Nubia y, de acuerdo con una medición avalada por la Sociedad Americana de Cafés Especiales, tiene un perfil de taza limpia de 84 puntos. Si lo que Jaime hiciera fuera champaña, la suya tendría la calidad de una botella de Cristal.Pero eso, en un pueblo donde el viento huele a café, donde en el polvo de la calle hay café molido, no es una novedad rentable. Mucho menos, cuando llegar hasta ahí, al punto de un café especial, ha requerido años de esfuerzo, inversiones que no son fáciles de explicar. Solo para hacer un cálculo hay que tener en cuenta lo siguiente: Jaime vivió diez años en España y parte de lo que trabajó en ese tiempo está invertido en ese proyecto con el que espera encontrar un salvavidas a la crisis. Esa dice él, es la única esperanza posible, hacer de la calidad de su café un valor agregado por el que la gente empiece a pagar, no sólo aquí, sino fuera del país. Pero para eso falta tiempo. Meses. Ojalá no años, vendiendo uno de los capuccinos más suaves del mundo, en dos mil pesos la taza. Esfuerzos como el de Jaime, en todo caso, son pocos. Detrás de la crisis cafetera que se registra en la prensa con imágenes de huelgas, llantas quemadas, pancartas, carreteras cerradas, hay una violencia de la que poco se sabe. Una violencia que está naciendo otra vez en las montañas del norte del Valle, en el Cauca. Violencia del hambre: aunque nadie sabe cuántos van, en ambas regiones ya se han registrado casos de campesinos, antiguos recolectores, que al quedarse sin trabajo han empezado a saquear fincas, robar gallinas, llevarse ganado. Hace cinco años un recolector ganaba $20.000 el día, sin incluir la comida que el dueño de la finca le daba. Hoy el jornal se paga a $14.000. En algunos casos a $10.000. Un recolector trabaja cinco días a la semana. ¿Puede una familia vivir con 200.000 pesos? Rafael Duque Naranjo es el secretario de la Unión de Cafeteros Independientes de Sevilla. Por estos días el hombre anda de un lado a otro, escuchando quejas y lamentos como una suerte de cura sin confesionario. Rafael, como ahora casi todos en el pueblo, en esos pueblos, se ha convertido en un matemático de la necesidad. El tipo hace cuentas todo el día, sobre la bolsa del pan, al respaldo de un libro, en una servilleta. De acuerdo con sus cálculos, Sevilla produce 670.00 arrobas de café al año; el Valle, cinco millones. El 80% de los caficultores de esta región, sin embargo, son pequeños productores, como Jaime Alberto Jaramillo, Jesús Espinoza, como Eduardo Arce Murillo. La mayoría de los caficultores, entonces, están endeudados. El país entero, dice Duque, les ha dado la espalda. El mismo país donde hace años, los años de bonanza cafetera, se celebró una telenovela que se convirtió en fenómeno. El argumento sobre el que se basaba la trama, era el amor ciego de una recolectora y el abandono de un dueño de finca. En el fondo, se trataba de una historia de olvido. Con el tiempo esa historia sería una metáfora de la realidad. La novela se llamaba Café.Parte II: males que aquejan a la caficultura en ColombiaParte III: cafeteros colombianos, con más de $2 billones en deudas

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