Escenas de un paro cafetero que algunos llamaron necesario pero injusto

Marzo 08, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País
Escenas de un paro cafetero que algunos llamaron necesario pero injusto

Así, con árboles derribados, son las barricadas que pusieron los indígenas a lo largo de la Panamericana, durante las protestas del paro cafetero.

Crónica de un viaje por la carretera Panamericana, bloqueada por indígenas del norte del Cauca que apoyaron la huelga cafetera.

Existían hombres especialistas en el aburrimiento. Eran, mal contados, 80. Se encontraban en el peaje del municipio de Villa Rica, Cauca, (carretera Panamericana, sentido Cali – Popayán). La mayoría de ellos durmió en hamacas o sobre pedazos de cartón. Se la pasaron viéndose las caras, escuchando radio, bostezando, mirando unos cañaduzales o el cielo azul en días que pasaron tan despacio que parecieron tener 48 horas. Fue tanto su aburrimiento, tan expertos en eso del tedio, que a algunos les dio pereza levantarse de los cartones y concedieron las entrevistas acostados.Los especialistas en el aburrimiento fueron en realidad camioneros afectados por el paro de cafeteros que ya por fin anoche se levantó. En ese punto de la carretera, el peaje de Villa Rica, sumaron once días esperando a que los indígenas de 19 cabildos del norte del Cauca que apoyaron el paro, porque también dicen ser caficultores, despejaran la vía.La Guardia Indígena dispuso tres retenes entre los corregimientos de Mendivá y Mondomo. Para evitar el paso de los carros ubicaron rocas a lado y lado de la carretera que quizá solo la fuerza de dos hombres pueden mover. También pusieron árboles, ramas y hasta tumbaron dos postes de luz. Solo las ambulancias pasaron. También periodistas que quisieron entrevistar a sus gobernadores reunidos en la vereda Mondomito, exactamente en la finca Villa Clarita. De Mondomo hacia Popayán estuvo prohibido el paso, incluso para los medios. La única manera de llegar era a pie, lo que quiere decir que se debía caminar durante, por lo menos, siete horas. Los camioneros, entonces, esperaron, bostezaban mientras perdían plata. En diez días hacen entre cuatro y seis viajes. Esta vez apenas hicieron la mitad de uno. Algunos, por fortuna, transportan colchones, trigo, tejas, mercancías que no se dañan. Jairo Suárez, en cambio, transporta flores. Viene de Fusagasugá, Cundinamarca, y su meta es Popayán. Diez días sin agua mataron las rosas. Su carga costaba siete millones de pesos y a nadie en este país, se quejan los camioneros, parece importarle.Jairo y todos los demás permanecieron en sus hamacas, en sus cartones puestos debajo de los camiones para evadir el sol, atentos a las noticias sobre el paro caficultor, pero solo escuchaban ‘Chávez’, ‘Venezuela’. Aquí, volvieron a quejarse, al Gobierno y a los noticieros les importa más lo que pasa allá que los problemas propios.Lo dijeron mientras se notaban sus brazos llenos de picaduras. Aunque las ciudades están desabastecidas, el paro ha servido de alimento para mosquitos. También para volver a la Edad Media. Apenas hace un día la Alcaldía de Villa Rica les instaló un baño público. El resto de la semana hicieron sus necesidades en los cañaduzales, el monte pleno. En Mondomito está Feliciano Valencia. Es el líder de los indígenas. El único que habla. Los nativos son tímidos. Ellos, dice Feliciano, son en total 11.400 familias cafeteras, tienen 14.400 hectáreas sembradas con el grano. Son, también, caficultores que como el resto trabajan a pérdida. Por eso se unieron al paro, apoyaron las exigencias para levantarlo: precio por carga sostenido en $800.000; subsidios para los fertilizantes; rebajas en los intereses de los créditos; programas de capacitación. La protesta, sigue Feliciano, era pacífica. El Gobierno, sin embargo, los amenazaba. Por un lado hubo sobrevuelos de helicópteros día y noche y amagos de desalojo de la carretera a la fuerza. Por otro, el Gobierno aseguraba que el paro está infiltrado por la guerrilla. Y eso, según Feliciano, no es cierto. Lo que pasa es que en Colombia todo el que proteste es tildado de guerrillero, dice. En el país está mal visto que alguien haga respetar sus derechos. Además, mire: aquí nadie anduvo encapuchado, escondido. Y a los camioneros que esperaban en Villa Rica, les pidió paciencia. A la gente de Popayán, una ciudad en donde ya no se consigue ni frutas ni huevos ni combustible debido al cierre de la Panamericana, también. Exigieron, asegura, por el bien de todos. La economía del país gira alrededor del café. Si el café está mal, el país también. Feliciano se despide, se sube a su camioneta de vidrios oscuros y aire acondicionado. Es una Toyota Fortuner.Pero la paciencia de la gente no daba más. Los habitantes de Mondomo dijeron que efectivamente el paro era justo, que lo apoyaban, pero nada compadecía que estuvieran en su tierra sin poder salir. Todos los días de la última semana los indígenas y el Esmad se enfrentaban a la entrada del pueblo. Sucedía después de las 3:00 p.m. La gente de Mondomo estaba tensionada. Hubo gases, piedras, palo y hay quien dice que hasta flechas. Algunos nativos invadieron casas en los enfrentamientos. Las ventanas de algunas viviendas sobre la vía están rotas. Los techos también. Y por los gases la gente que se encerraba en su hogar para protegerse, se ahogaba. No quedaba dónde meterse. Entonces era justo el paro, era justo que reclamaran, dijeron los habitantes de Mondomo, pero no era justo que ellos tuvieran que pagar las consecuencias de un asunto en el que no tenían velas en el entierro.

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