Y llegaron corriendo desde lejos al Mundial de Atletismo de Menores

Y llegaron corriendo desde lejos al Mundial de Atletismo de Menores

Julio 11, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros - Reportera de El País
Y llegaron corriendo desde lejos al Mundial de Atletismo de Menores

Mahjoub Saed compitió en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. Lleva 50 años de vida deportiva. Hoy es mánager de atletas de Arabia Saudita, su país natal.

Un atleta olímpico que recuerda la masacre de Múnich; un corredor checo que aprendió español para competir en Colombia; un polaco que en Cali probó las frutas más dulces del mundo. Historia de una pista que se convirtió en Torre de Babel.

Mahjoub Saed tenía para entonces 22 años y una larga figura que desafiaba sobre la pista los cinco mil metros planos. Era 1972 y era Múnich, una ciudad del sur de la entonces Alemania Occidental. 

Los juegos olímpicos completaban ya su segunda semana de competencias. Y ni Mahjoub, que buscaba una nueva marca antes de su retiro, ni los otros siete mil atletas que perseguían el mismo sueño, intuyeron que a cambio de eso se llevarían a casa el recuerdo más amargo de sus carreras deportivas.    

El jueves pasado, sentado en una de las barras que separa al público de la pista del estadio caleño Pedro Grajales, al sur de la ciudad, Mahjoub intentó ponerse a salvo de la tristeza que aún le produce ese episodio y comenzó a recordar: “mi delegación se hospedaba en el edificio que quedaba justo enfrente del edificio donde dormían los israelíes. A varios de ellos los saludé ese día, durante el desayuno, sin imaginar que sería la última vez que los vería con vida”.

Esa fecha que quedaría escrita con sangre en la memoria de este veterano atleta árabe y en la historia de los olímpicos fue el 4 de septiembre de 1972. Esa noche, once miembros del equipo olímpico de Israel fueron tomados rehenes y asesinados con fusiles AK47 por un comando del grupo terrorista Septiembre Negro, una facción de la Organización para la Liberación de Palestina, liderada entonces por Yaser Arafat.

Qué ironía, reflexiona hoy Mahjoub:  la muerte  entrando a “un lugar donde tanta gente practicaba  deporte, una actividad que representa la paz en sí misma. Creo que ni cuando perdí una carrera me había sentido tan triste y derrotado. Es difícil olvidar el sonido de las ráfagas  en medio de la noche. En Múnich fue la violencia la que se llevó una medalla”.     

El hombre, hoy de 70 años y con un PhD  en deportes, aterrizó en Cali después 18 horas de vuelo. Y como luego de su retiro entendió que también era necesario aprender a correr fuera la pista, hoy trabaja como mánager de los atletas de Arabia Saudita que competirán en el XIX Mundial de Atletismo de Menores de la IAAF que se inicia este miércoles. 

De Colombia había escuchado que era la tierra de un jovencito que es actual figura en el Real Madrid y de un futbolista que fue asesinado por la mafia después de meter un autogol en un Mundial. Solo eso. Y, claro, que por esa razón cargaba la fama ingrata de ser “uno de los países más violentos. Pero yo no hice caso de esas referencias negativas. Y creo que después de este Mundial, cuando llegue de regreso a Riyahh (capital saudí), voy a contar que no entiendo cómo puede suceder eso en un país donde la gente siempre está sonriendo. Un país donde la felicidad es como un estado de ánimo colectivo”.

Algunos de esos titulares  de mala prensa los había escuchado también Jan Kisiala, un chico de 17 años que llegó a estas justas para competir por República Checa en decatlón. Aún con el cuerpo sudoroso por una mañana de entrenamiento fuerte bajo un sol de 35 grados, cuenta que esta es la primera vez que visita Suramérica y que, unos meses atrás, le costó ubicar sobre el mapa esta esquina del mundo bañada por dos mares donde se encuentra ahora tras un recorrido que, desde  Praga, lo dejó en la pista roja de cuatro carriles del Pedro Grajales.   

En Cali probó “un fruto amarillo y extraño que te deja unos hilos en los dientes”: el mango. Comió “una ensalada de frutas a la que le echan hielo en trocitos y tintas de colores”: el cholado. Y se siente frustrado de no darse a entender, como anhelaba, con las pocas expresiones que aprendió en el curso rápido de español que se obligó tomar antes de su viaje: 

—Hola. Me llamo Juan. Tengo 17 años. Vivo en Praga... ¿Lo dije bien?

Es que desde el pasado martes, este escenario deportivo se ha ido de a poco convirtiendo en lo más parecido a una gran Torre de Babel. Este jueves, alrededor de los 400 metros de la pista, una veintena de entrenadores levantan sus voces para dar instrucciones en polaco, en francés, en árabe, en checo, en ruso. “Más rápido’, gritan unos. “Inclina más el cuerpo”, se les escucha decir a otros.

La mayoría habla un inglés a medio camino, que los 550 traductores voluntarios que trabajan para estas justas se esfuerzan por entender para poder guiarlos en sus actividades diarias dentro del estadio, en sus entrevistas con la prensa, en su trato con la gente.

 Y eso que el trabajo apenas empieza. Para este domingo, cuando se completarán las 159 delegaciones convocadas a estas justas, les aguarda la labor de hacer lo propio con deportistas y entrenadores que llegarán de países tan apartados como Etiopía, Corea del Sur, Guinea-Bissau, Omán, San Marino, Malta, Serbia y Kazajistán. 

No siempre será fácil. Les ha sucedido por ejemplo con Giorgi Mujaritdze, un atleta con cuerpo de gladiador, el único que llegó desde Georgia, una lejana nación que parece extraviarse  en la geografía de los límites que separan a Europa de Asia, en el Cáucaso.

El joven —que persigue en nuestra ciudad el sueño de mejorar su registro personal de impulsión de bala (20.17 metros) y subirse al podio mundialista— solo habla en el idioma que le enseñaron en ese país bañado por las aguas del Mar Negro: el georgeano.  

Así que para algo tan necesario como pedir una botella de agua, Giorgi Mujaritdze debe primero decírselo a su entrenador, un hombre de mirada severa y disciplina de hierro, David Manjitdze. El hombre  solo habla ruso. Y entonces lo que ocurre es lo más parecido al juego del teléfono roto: el traductor de ruso se lo comenta a un traductor de inglés. Solo después de eso, Giorgi logra, por fin, satisfacer sus necesidades.

Ana Victoria Cucalón, una de las traductoras del área de prensa del Mundial, consiguió arrebatarle a su entrenador la explicación de ese ceño adusto que siempre lo acompaña: “Es que estos chicos deben aprender que la disciplina y la dedicación están por encima de todo. Después ya tendremos tiempo de conocer Cali, una ciudad muy linda a la que por ahora solo conocemos por las imágenes de internet”.

De lejos, con su morral azul al hombro, y tras varias horas de entrenamiento para su disciplina, los 400 metros planos, lo observa Tymoteusz Zimmy, polaco de 16 años que desde su natal Varsovia voló primero a Ámsterdam y luego a Bogotá para, al final de 18 horas de camino, aterrizar en Cali.

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De esta ciudad, dice, se llevará el recuerdo de las frutas “más dulces del mundo”. Ya había probado la papaya, el banano y el melón en su país, siempre enlatados. “Pero cuando te las comes en Polonia, en medio del invierno, te saben muy distinto. No las disfrutas igual. Aquí te las comes en medio del calor y es una delicia; además, me sorprende que son mucho más baratas, te las comes por menos de un dólar”.  

Piere Cottin también habla del calor. De ese sol que recuesta su pesada barriga por estos días en la ciudad. “Me imagino que ese será el mayor rival que debemos vencer acá, más que a los otros atletas”, asegura este chico francés que desde niño practica el salto con pértiga en París.  

A pocos pasos suyos, saliendo de la pista, Sarah Lagger, una bellísima y esbelta atleta austriaca  con rostro de muñeca, dice que por ahora, más que conocer la ciudad, tiene su mente concentrada en las pruebas de heptatlón (disciplina que consta de siete pruebas diferentes de atletismo) que deberá enfrentar durante el Mundial.

En su celular guarda por ahora las pocas fotos de Cali que ha logrado tomar cada vez que sale del hotel de Ciudad Jardín donde se hospeda, rumbo a las Canchas Panamericanas. “Ojalá la próxima vez que las tome pueda posar, pero con una medalla en el pecho”.

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