Racismo: urge la tarjeta roja

Mayo 18, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos- Reportero de El País
Racismo: urge  la tarjeta roja

Carlos Darwin Quintero, figura del fútbol mexicano.

Los casos Balotelli, Darwin Quintero y Flavio Córdoba recordaron una certeza: expulsar los ataques discriminatorios del fútbol es también una manera de eliminarlos de la sociedad.

Sucedía, sobre todo, cuando el balón lo tomaba Jaír Benítez, el  ‘Chigüiro’.  Se escuchaba el grito: ¡uh, uh, uh, uh, uh! Como en alegoría al sonido de un simio. En el estadio Pascual Guerrero se imitaba un simio. Si ‘Chigüiro’ se acercaba por la banda sobre el arco del equipo local, siempre pasaba que alguno de los hinchas se ponía de pie,  ubicaba sus manos alrededor de la boca para que todo se escuchara con nitidez y le gritaba al defensa más cercano: ¡písale la cola! Enseguida otros aficionados reían, aplaudían, celebraban la gracia.Y aquello no era por el remoquete de Jaír —‘Chigüiro’—  que se lo ganó por no ser muy agraciado físicamente. No era por eso, sino por negro. A los negros, en los estadios, les dicen micos, les desconocen su condición de humanos. Como en la Conquista.El ataque racista cesaba solo cuando Benítez le pasaba el balón a un compañero. Viéndolo de lejos, parecía blindado ante los insultos. Se reía o simplemente daba la espalda a la tribuna, ignoraba, trotaba. Hasta que el balón volvía a sus pies y con él, el peso de la discriminación histórica. Eso era a inicios de 2000, pleno Siglo XXI. Trece años después sigue sucediendo.  Tantos años y sigue sucediendo. En el tercer piso de la tribuna occidental del estadio Pascual Guerrero un aficionado con aspecto de abuelo amargado aún lanza un grito brutal cada que América la pasa mal en el torneo de ascenso y un jugador negro desperdicia una opción de gol: “a ese negro hijueputa”, grita el viejo con la cara enrojecida, “que lo derritan”. El fútbol, dice el escritor   Juan Esteban Constain,  es la metáfora perfecta de la vida. En la cancha se contiene la naturaleza humana. Están el tramposo y el honrado. El genio y el burdo. El éxito y el fracaso. El que persiste y el intermitente. También una de  las tantas bajezas del hombre: el racismo.Apenas la semana pasada, en Italia se suspendió un partido durante dos minutos por ello. Es la primera vez en la historia del Calcio que sucede. Hinchas de la Roma corearon insultos racistas contra Mario Balotelli y Kevin Prince Boateng, del Milán. Hasta que no se callaron, el juego no se reanudó. La Roma fue multada con una cifra risible: 50 mil euros. Es decir que ese racismo que afecta a millones de personas en el mundo sigue siendo visto como un delito menor.  Basta tener unos cuantos dólares en el bolsillo para tener la libertad de ejecutarlo.En enero, el mismo Boateng decidió salirse del campo durante un partido de exhibición ante un equipo italiano de cuarta división después de que los hinchas lo insultaran por ser negro. Sus compañeros lo siguieron. Continuar jugando era tolerar a los victimarios, suponer que la dignidad de un hombre y un pueblo puede ser pisoteada sin mayores consecuencias. Seguir jugando era, también, agredirse a sí mismo. El racismo ha hecho que los negros no se reconozcan como tal, se anulen. En los censos prefieren llamarse mulatos con tal de no sentirse objetivo de ataques. Faustino Asprilla, uno de los mejores jugadores colombianos de la historia, después de haber sido insultado por negro mientras jugaba en Europa, dijo que a veces pensaba en lo bueno que sería ser blanco.  El racismo destruye el Yo, la esencia de las personas, y eso los verdugos, en todo el mundo,  nunca lo advierten. A los ataques contra Balotelli le siguieron, en los últimos días, insultos contra Flavio Córdoba, defensa colombiano del River Plate de Uruguay. Lo mismo sucedió en México. El delantero ecuatoriano del América Christian Benítez y el colombiano Carlos Darwin Quintero del Santos fueron víctimas de ataques racistas. Carlos Darwin advirtió: los insultos no terminarán hasta que no se castiguen con firmeza. Samuel Eto’o, delantero camerunés, siete años antes, había dicho lo mismo. Quizá eso explica por qué en Colombia el racismo sigue tan campante en las tribunas. No se castiga. Tal vez los aficionados no se ensañen contra un solo jugador durante minutos como sucede en Europa —aunque pasó con ‘Chigüiro’ y también con Mauricio Casierra—,  pero en todo caso las manifestaciones racistas como las del abuelo aquel del tercer piso del Pascual Guerrero son reiterativas.  Y pareciera que se volvió un asunto normal. Que el racismo se convirtió en parte del juego. Como el balón. Como las porristas. Como los fuera de lugar. Nadie se sorprende. Los insultos racistas se aceptan dentro del show, incluso por algunas de las mismas víctimas.El profesor Jorge Cruz dice que mientras fue técnico del Deportivo Cali jamás se sintió agredido en un estadio de Colombia por racismo; el delantero Édinson Toloza asegura que ni en Colombia, ni en México donde también jugó, fue atacado; lo mismo exponen Germán Mera, Iván Vélez. Todos son negros. Toloza y Vélez también jugaron en América y quizá también fueron insultados por el abuelo, pero ellos no lo recuerdan, o lo desconocen, o quizá lo ignoran como forma de defensa. El mismo Presidente de la Dimayor, Ramón Jesurún, piensa que en el fútbol colombiano no existe el grado de racismo que se evidencia en otros países.   Ray Charrupí, líder de la campaña nacional Chao Racismo y miembro de la Junta Directiva del América de Cali, tiene una teoría para explicar aquello que parece tan extraño. Lo que pasa, dice, es que en el fútbol nacional algunos jugadores se habituaron a que sus rasgos  fenotípicos  sean juzgados negativamente. Se habituaron a escuchar los insultos: negro hijueputa; negro de mierda; negro bruto; Uh, Uh, Uh, Uh. Como les parece normal, como a todos se nos hace normal escucharlo, entonces no se protesta, suponemos que estamos exentos del problema. Jesús Agualimpia, director del periódico Pacífico Siglo XXI y estudioso de la historia afro, agrega otro detalle: muchos negros en Colombia  desconocen sus derechos, permiten que los vulneren. En la historia del fútbol colombiano, por cierto,  apenas se registra una sanción a un equipo por insultos racistas de sus hinchas: el Deportivo Pasto. Fue multado con $11'334.000 después de que el domingo 18 de marzo de 2012, en el juego Pasto-Equidad, los jugadores  Dahwling Leudo y Carmelo Valencia fueran llamados micos en el estadio La Libertad. Los mismos jugadores, ellos sí protestaron, reportaron los insultos al árbitro Juan Carlos Gamarra, quien registró el hecho en su informe sobre el juego. Pasto no solo pagó la multa, sino que también programó una gran jornada contra la discriminación en su estadio.  En la única ciudad de Colombia  que une  a negros y a blancos en un carnaval, dijo el gobernador de Nariño Raúl Delgado Guerrero, no se acepta ningún tipo de  discriminación.Ray Charrupí dice que en Cali se está haciendo algo parecido. La campaña Chao Racismo está trabajando con la barra Barón Rojo Sur, quizá la más grande de Colombia, para que se convierta en la primera barra que erradique de sus expresiones los ataques discriminatorios. Si el fútbol es la metáfora perfecta de la vida, expulsar el racismo de él es una manera de expulsarlo de la sociedad, piensa.

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