Óscar Figueroa, un héroe que vivió a las carreras sus primeras horas como campeón olímpico

Agosto 09, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Alberto Galvis, director de comunicaciones del COC - especial para El País
Óscar Figueroa, un héroe que vivió a las carreras sus primeras horas como campeón olímpico

El pesista colombiano fue el más buscado en la Villa Deportiva. Todos querían hablar con él y tomarse una foto.

Óscar Figueroa sabía qué se estaba jugando esa noche del lunes en el Coliseo Riocentro de Río de Janeiro. Sabía que de ganar la medalla de oro, los honores iban a ser superiores a los recibidos después de Londres, gracias a una medalla de plata.

También sabía que se podía convertir en el mejor deportista olímpico colombiano de todos los tiempos, porque superaría las dos platas de Helmut Bellingrodt, conquistadas en Munich 1972 y en Los Ángeles 1984, y los dos bronces de Jackeline Rentería, logrados en Beijing 2008 y Londres 2012.

De paso era consciente de los alcances personales que tendría esa consagración, reflejados en un mayor respeto en nuestra sociedad y en mejores dividendos económicos para su presente y futuro.

También que esa sería su despedida -así lo había anunciado- porque quería dedicarse a terminar sus estudios de administración de empresas y una maestría, para contribuir con ese crecimiento que acerca a nuestro país a convertirse en potencia deportiva continental.

Al mediodía del domingo 7 de agosto llegó, nos saludó a Estewil Quesada (periodista barranquillero) y a mí con frialdad, pero con cortesía y sin detenerse ingresó a su habitación y cerró la puerta. Durmió toda la tarde. Hacia las 6:00 salió, de nuevo saludó y se fue para hacerse pesar y saber si estaba dentro de los 62 kilogramos de su categoría. Regresó tarde y contó que había estado en el sauna, y de inmediato entró a su habitación, cerró la puerta y se acostó.

Y sus horas previas, las de lunes 8 de agosto, fueron terriblemente estresantes. Todo el día estuvo metido en su mundo. Lo pudimos constatar quienes tenemos el privilegio de compartir con él, el apartamento 603 del edificio 29, llamado Pedra de Gávea, en donde está alojado Colombia. Sin decir una palabra, Oscar clamaba por paz, tranquilidad, calma, es decir, porque se le respetara su espacio y su angustia, frente al reto que se acercaba, como un gigante amenazante. 

Tal vez pensaría en su mamá, la misma que los sacó a él y a sus hermanos corriendo de Zaragoza, Antioquia, hace muchos años, para huir de la violencia. A lo mejor esos arrestos que ella le enseñó, también lo sacarían de este aprieto. Pensó, quizás, en los 22 años invertidos en las pesas, que podrían terminar en un podio olímpico o en una fuerte frustración.

Pensó, con seguridad, en Gancho, el técnico búlgaro que pretendió volverlo héroe a punta de insultos y humillaciones, y del cual huyó tan rápido como su mamá le había enseñado de niño, en Zaragoza. Pero también en Jáiber Manjarrés, el entrenador que escogió para seguir su ruta mundial, de quien vive agradecido.

Y, desde luego, en Oswaldo Pinilla, el estricto, pero humano orientador de hoy, con quien ha establecido unas estrechas relaciones, más allá de lo deportivo. Y, estamos seguros, en Ana Edurne Camacho, presidente de la Federación Colombiana de Levantamiento de Pesas, de quien cree que en poco tiempo le dio un nuevo aire a las pesas colombianas, que le otorgan, según su opinión, un antes y un después a este deporte bajo su égida.

No nos dimos cuenta en qué momento partió rumbo a Riocentro. Sólo lo volvimos a ver convertido en un furioso titán, que esa noche del 8 de agosto no quería otra cosa que levantar y levantar el peso que le pusieran, hasta dejar atrás a todos.

Después transcurrirían esos momentos variopintos que el mundo vivió antes, durante y después de su actuación: concentración, jocosidad, esfuerzo, tensión, explosión y júbilo, cuando fue declarado campeón olímpico. A partir de ahí apareció otro Óscar Figueroa, tan humano, para combinar la risa con el llanto; tan señor, para tomarse fotos con todo el mundo; tan accesible y paciente, para hablar con los periodistas; tan grato para mencionar nombres a quienes les debe todo.

En ese momento lo dejamos para que cumpliera con los protocolos de la Zona Mixta, con los periodistas del mundo; de la rueda de prensa, y de la toma de la muestra de orina, para la prueba antidopaje.

El siguiente reencuentro ocurrió en la sala del apartamento 603, hacia las 2:00 de la mañana de este martes 9 de agosto, cuando llegó el mismo Figueroa que horas antes había atravesado la misma puerta con una montaña como las que vigilan a Río sobre sus espaldas por la tensión, ahora relajado y feliz, ungido por los dioses del olimpo, reflejados en su cara feliz y en la medalla colgada al cuello.

Los abrazos fueron muy estrechos, lo mismo que los minutos compartidos en la amplia sala del apartamento, hasta las 3:00 de la mañana. Le dijimos que como muchos colombianos habíamos llorado su victoria, porque sabíamos el significado que tenía para Colombia y para él. Le dijimos, a él y a su técnico Oswaldo Pinilla, que habían hecho una tarea única para forjar esa medalla y que los sacrificios habían valido la pena. 

El nuevo reencuentro ocurrió hacia las 5:00 a.m. hora colombiana, cuando se armó una extraña red con todos los celulares que estaban cerca del héroe, que sonaban al mismo tiempo. Y muy contrario a lo que había sido su reticencia a dar declaraciones antes de la competencia atendió a todos, hasta a las emisoras pequeñas de Colombia, que querían transmitir su voz y sus conceptos.

Hacia el mediodía partimos con él rumbo a Casa Colombia, a una hora de distancia, para la rueda de prensa. Durante el largo viaje a excepción de unos minutos, que dedicó al sueño, tuvo tiempo para invitar al deleite visual por los paisajes que pasaban velozmente por las ventanas del vehículo, con imágenes de garotas que jugaban en las playas de Copacabana. Inclusive, muerto de sed, nos invitó a compartir en un estadero, agua de coco envasada en una gigantesca copa natural.

En Casa Colombia llegó, estuvo y se fue como héroe. Fue recibido con el Himno Nacional de Colombia y una salva de aplausos por las decenas de colombianos que concurrieron a la invitación del COC.

Durante una hora disfrutó de la reunión, respondió toda clase de preguntas de los periodistas presentes, compartió con colombianos llegados hasta él, en busca de autógrafos y fotografías y partió para cumplir con otros compromisos.

Uno de ellos estaba en el mismo Riocentro que lo vio consagrar menos de 24 horas antes, al lado de sus compañeros Mercedes Pérez y Luis Javier Mosquera, y de los demás integrantes del equipo de pesas de Colombia, que sabían que habían recibido un Oscar a la mejor actuación de Colombia, hasta ahora.

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