Luis Fernando Montoya, 10 años de gloria y de lucha

Luis Fernando Montoya, 10 años de gloria y de lucha

Diciembre 21, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina | Reportero de El País
Luis Fernando Montoya, 10 años de gloria y de lucha

Luis Fernando Montoya vive en una finca a las afueras del municipio de Caldas, Antioquia.

Una década después de ganar la Libertadores con el Once Caldas y del atentado que lo dejó cuadripléjico, el profesor habló de su empeño por recuperarse, de los duros años de inmovilidad y del deseo de abrazar de nuevo a su hijo José Fernando.

Los ojos se alargan y se cierran, dejando apenas una línea entreabierta. Los pómulos se levantan y aparece una sucesión de dientes, blanquísimos, exhibidos por unos segundos. Toda esa sonrisa tiene una cualidad infantil y conmovedora, una inocencia, como la risa involuntaria de un niño. Le pregunto: “Profe, ¿qué es lo que más recuerda usted en navidad?”El rostro se hace reflexivo, serio. De repente vuelve a reír: otra vez los ojos pequeños de pestañas largas y los pómulos algo hinchados por el alargamiento de los labios. Responde: “recuerdo mucho las novenas, cuando era niño. Yo solo iba por los dulces que nos daban. Corría por todas esas calles para llegar a todas las casas y que nos dieran confites, arroz con leche, galletas...”.La respuesta es algo desconcertante, inesperada: su mayor recuerdo de la navidad no reside en 22 de diciembre de 2004, hace diez años, cuando dos hombres a bordo de una moto robaron a su esposa y le dispararon a él. Su mayor recuerdo no es esa navidad frustrada luego de que la bala perforara la zona izquierda del cuello y destruyera la tercera vértebra de su columna dejándolo varios días en coma, dejándolo cuadripléjico, inmóvil; no es aquella navidad en que intentaron destruir en unos pocos segundos toda la alegría y dignidad construida en el curso entero de una vida.No. Su mayor recuerdo son las novenas, la infancia en el pequeño pueblo de Caldas, Antioquia; el recuerdo de las calles diminutas llenas de sus gritos, de los otros niños, de las luces, de la pandereta hecha con tapas de gaseosa aplastadas y atravesadas por un alambre, de las pequeñas pelotas de plástico llenas de piedras que hacían como maracas, del sabor dulce de los confites, la natilla de maíz... Su mayor recuerdo, la vida. El hombreLa vida de Luis Fernando Montoya es incomprensible sin el fútbol. Pero no solo por lo evidente, por las historias que registran los libros o la televisión, como que dirigió las divisiones inferiores del Atlético Nacional en Medellín, dirigió selecciones menores de Colombia, dirigió al Bucaramanga, al Nacional y al Once Caldas. Su vida es incomprensible sin el fútbol, pero no como un recorrido, sino como una pasión. Como un romance. Luis Fernando nació 2 de mayo de 1957 en Medellín. Es el séptimo de los ocho hermanos nacidos en el matrimonio de Jaime y Lucía, ella, ama de casa y él, conductor de volqueta. En su vida el fútbol no fue una herencia. Luis Fernando no dibuja la historia de aquellos que de niños eran llevados al estadio por sus padres, no tiene la fotografía del trofeo que su padre levantaba mientras él aún tenía un chupo en su boca, no recuerda domingos oyendo en el radio los goles o lamentando las pérdidas junto a su papá. El fútbol para él fue un encuentro, al que sucedió un enamoramiento brutal y una sublevación. Durante su infancia mezcló el trompo, la golosa, el escondite con la pelota, y en su adolescencia lo abandonó todo al fútbol. Incluso, la relación con su padre. Don Jaime se había empeñado en que Luis Fernando se dedicara como él a conducir volquetas. Para evitarlo, él decidió no aprender a conducir y, una vez graduado del bachillerato, se inscribió en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid de Medellín para estudiar Licenciatura en Educación Física.Aquella decisión le costó un distanciamiento con su padre, indiferente y acaso odioso del fútbol, quien se negó a darle el dinero para financiar la carrera. ¿Pero podía importar aquello? ¿Qué puede alejar a un hombre del hecho, de la pasión, sobre la que se construye su vida? Nada. Luis Fernando empezó a trabajar en un depósito de materiales de construcción cerca a su casa para pagar sus estudios. Su oficio era descargar las decenas de bultos de cemento que a diario llegaban. Con el tiempo obtuvo un mejor trabajo, hizo de empacador en un almacén de cadena de Medellín y durante varios años se dio a la tarea de conformar un club de fútbol en Caldas y empezó a incubar una idea: iba a ser un director de fútbol profesional, uno de los mejores. Robin Bedoya fue alumno de Luis Fernando cuando dirigió la Selección Caldas, Antioquia. Y de él, más allá de las imágenes, de la figura del hombre recio, alto, de voz gruesa y bigote abundante, Robin recuerda su determinación, su voluntad. “El ‘profe’ era exigente, fuerte. Jamás se le vía flaquear en nada. Yo recuerdo que él nos decía: yo voy a llegar muy lejos muchachos, van a ver. Y vea todo lo que hizo”. Entre 1988 y el 2002, Luis Fernando pasó por el Bucaramanga, dirigió una selección Colombia Sub 23 y llegó a la Primera División del Atlético Nacional. Durante esos años, exactamente en 1991, también conoció a Adriana Herrera: un día, luego de la muerte de su padre Jaime, Luis Fernando llegó hasta una oficina del Banco Conavi en Medellín para preguntar sobre las deudas o el dinero que su padre había dejado. Una vez la señorita que lo atendió le dio la información, le preguntó si quería abrir una cuenta con el banco. “No, una cuenta bancaria no, pero sí quiero abrir una cuenta del amor”, respondió. Tres años después, Adriana era su esposa. El símboloHay ciertas formas de ilustrar un aspecto del símbolo que es Luis Fernando. Se puede pensar en los últimos tres rivales que enfrentó el Once Caldas en el 2004 para ser campeón de la Copa Libertadores. El Santos de Brasil había sido elegido por periodistas de la revista Magazine World de la Fifa como el mejor club de América en el Siglo XX; el Sao Paulo había ganado tres copas libertadores, dos copas intercontinentales y un Mundial de Clubes, y el Boca Juniors era el último campeón de la Libertadores que un año antes había vencido al A.C. Milán en la Copa Intercontinental. Esos equipos tenían jugadores como Carlos Tévez, Robinho, Rogerio Cena, Diego da Silva, Luis Fabiano. El Once Caldas tenía como figuras a los jovencitos Dayro Moreno, que tenía 19 años, y Elkin Soto, que tenía 23, junto a Valentierra y Henao. ¿Cuál fue la obra de Montoya? Haberle enseñado a cada uno de esos jugadores que su nombre no era inferior al de ninguno de los contrarios, que su dignidad era igual a la de ellos. Ese es un aspecto del símbolo: la voluntad, la determinación, el rigor de un hombre que convenció a once muchachos de ser mejores que los mejores de América. La voluntad de un hombre que le mostró a todo un país que la resolución honesta, la disciplina, el esfuerzo implacable son el origen de la grandeza, son la grandeza misma. Hay otro aspecto del símbolo, más conmovedor y humano. Según el primer dictamen médico luego de que recibiera el disparo en su cuello, Luis Fernando había perdido el habla y lo más probable era que muriera en los siguientes dos años durante los cuales no iba a poder respirar sin la ayuda mecánica. Cinco años después del ataque, Luis Fernando aún estaba vivo, y hablaba y respiraba por sí mismo. Además, había empezado a mover los hombros y a sentir parte de la mano y la pierna derechas. Cuando habla, su voz es algo lenta y suave, pero hay en ella una fortaleza como de mar dormido. Dice que aquella lucha ha sido indescriptiblemente dura, que hay momentos en los que llora, de nuevo como un niño, en los que siente que sería mejor que todo terminara de una vez. Mientras habla con sus manos quietas sobre el regazo, con sus piernas inmóviles en la silla, se puede leer una claridad intimidante. Es un hombre completamente franco, que no se ofrece a sí mismo ninguna caridad, pero que tampoco consiente ninguna derrota. En los momentos oscuros, dice, aparece la imagen de su hijo José Fernando y de su esposa. Son su luz. Cada uno de ellos le hace el efecto de un arco iris cuando una tormenta se anuncia: la debilita, la consume, lo sosiega todo. Mientras hablamos, le pregunto cuál es su mayor esperanza. Dice que está decidido a volver a caminar, pero lo que más desea es poder abrazar algún día a José Fernando, sentirlo con sus manos, acariciar su cabeza, su cabello. El ‘profe’ ríe, su rostro, todo expresión, adquiere de nuevo las líneas infantiles de un rostro de niño, los ojos pequeños, los pómulos levantados. Atrás de él, en las montañas, se había anunciado la lluvia. Pronto apareció un arcoiris.

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