Los extremos en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro

Agosto 16, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Por Mónica Ospino, reportera de El País, invitada por Nissan a Río
Los extremos en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro

Los hinchas brasileros han apoyado finalmente a sus Juegos Olímpicos.

El calor, la humedad y la típica música brasilera hacen parte de la fiesta olímpica.

Con cuarenta grados de temperatura y caminando distancias que a veces superan los dos o tres kilómetros desde el punto de ingreso, hasta cualquier escenario olímpico, los aficionados que en masa llenan las graderías viven su propia maratón en Río 2016.

Esta ciudad que hoy alberga a lo mejor del deporte mundial también sufre el gigantismo del país, y parque olímpico no es la excepción. Enormes explanadas, graderías interminables y una humedad que supera el 70% hacen que la experiencia del hincha, local o turista sea extrema. 

Pero no solo por el calor, pues la temperatura de Río en los últimos días cae cuando la tarde se va apagando y de los 40 grados se llega a 18 o 20 acompañada de un viento marino que obliga a buscar abrigo.

Y aunque dentro de los escenarios la climatización modere la temperatura, el ardor viene de la hinchada que no para de alentar, generalmente al más débil y, claro, sólo en caso de que no esté algún deportista brasileño en competencia. 

La típica ola, las batucadas virtuales, las exhibiciones de capoeira y zamba ponen la nota de color a las competencias.Octavio García, un reportero brasileño que ha cubierto las dos Olimpiadas precedentes en Beijing 2008 y Londres 2012, asegura que estas están siendo sin duda más ruidosas y festivas.

"Porque en este lado de mundo todo nos hace vibrar, la música nos levanta de los asientos, el amor patrio nos enloquece y el deporte nos ayuda a olvidar", dice García.

El plan Río 2016 es familiar,  medio país parece de vacaciones y grupos enormes de padres e hijos llenan los escenarios, en los que la camiseta canarinha hace brillar la gradería. 

Los extremos cariocas en las primeras Olimpiadas que se hacen en Suramérica, son iguales a los del resto del continente, en donde la opulencia habita al lado de la pobreza, pero la alegría vive en cada esquina.

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