Historia de seis campeones anónimos de los Juegos Mundiales Cali 2013

Historia de seis campeones anónimos de los Juegos Mundiales Cali 2013

Agosto 04, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País

¿Quiénes son los hombres y mujeres que lejos de podios, medallas y micrófonos, hicieron de los Juegos Mundiales una fiesta inolvidable? Perfiles de ‘atletas’ anónimos.

Detrás de las luces blancas de los reflectores, de los aplausos reproducidos en sonido estéreo, de las pantallitas incandescentes de los celulares que grabaron aquella realidad pixelada, hubo un brillo desapercibido durante las dos últimas semanas. Mientras los Juegos Mundiales transcurrían en las canchas, las tribunas, los podios, las fotos del recuerdo, otro campeonato sucedía lejos de todo eso.En muchos sentidos el deporte es un reflejo de la vida. Y como en la vida, a veces suele pasar que la historia solo es contada desde el lado más visible. Como en la vida, entonces, las historias detrás de las historias quedan a veces ocultas aunque estén apenas allí a la vuelta, como la luna a espaldas del sol. En el universo de los récords, el sudor y las medallas, ¿de qué color es el cielo de los desconocidos?Los mosqueterosFelipe Sánchez tiene 37 años y desde hace 19 trabaja en la organización de eventos y conciertos. Si alguien nombra alguna de las presentaciones artísticas más grandes que se han realizado en la ciudad, él habrá tenido algo que ver. Sobre sus hombros, por ejemplo, estuvo la coordinación del Mundial Juvenil Sub-20 en Cali. Felipe es alto y robusto, como una montaña. Tiene las manos grandes, como manoplas de béisbol, y unas ojeras tornasoleadas que delatan sus días sin noches.Felipe, pocos lo saben cuando lo ven caminar a un costado del estadio, fue el encargado de llevar a cabo el montaje de todos los escenarios deportivos de los Juegos Mundiales. Cualquier cosa que se haya necesitado en esos doce días, él tuvo que resolverla: carpas con aire acondicionado para los gimnastas, la arena fina sobre el dohyo de sumo, las haches de rugby que debían ir clavadas tres metros bajo el césped del Pascual Guerrero. Sin su trabajo, probablemente, nada de eso habría resultado. Felipe viste jeans y tenis; también lleva una gorra y un chaleco de bolsillos como el que usan los pescadores para guardar anzuelos y carnadas. Si en vez de radios y celulares, sacara de uno de esos compartimientos una navaja suiza, el tipo sería una suerte de MacGiver. No es exageración.Cuando armaron la superficie donde se realizarían las competencias de baile deportivo, Felipe se dio cuenta de que el piso de la Plaza de Toros tenía un desnivel; la plataforma de baile montada allí, había quedado entonces con una inclinación suficiente como para convertir la polka en una danza suicida. Así que un día antes de entregar el escenario, Felipe y su equipo levantaron todo para volver a armar la pista sobre una superficie de regulación que consiguieron en Bogotá y que ellos ajustaron manualmente, y metro a metro, de acuerdo con las imperfecciones del terreno. El oro que la pareja colombiana ganó en la categoría de salsa, de alguna manera, también le pertenece a ese hombre que lleva meses sin bailar. Mientras el resto de la ciudad dormía, Felipe trabajaba: el 90 % de los escenarios se armó por las noches; muchos de ellos, con apenas un día de antelación al inicio de las competencias, como sucedió con rugby que se jugó en la misma cancha donde unas horas antes había terminado ultimate. Felipe, hasta el pasado viernes, tuvo noches de dos o tres horas; para alcanzar a dormir un poco más, casi todos los días terminó metido en el motel que encontrara en el camino.Por las noches, el cielo de ese campeón en la sombra, tenía luces de color neón y espejos gigantes que reflejaban su cansancio anónimo.Durante las dos semanas que duraron los juegos y los días de ensayos y preparativos, Mauricio Palacio fue el guardián del tesoro. Nacido en Cartago hace 39 años, Mauricio, de manos pequeñas y ojos verdes, administró las tres bodegas donde se almacenó cada cosa que luego iba a ser necesaria: desde silbatos para los árbitros, hasta la cancha de hockey que llegó desde República Checa. En esas bodegas fueron descargados 31 contenedores que atravesaron el Pacífico con asuntos tan curiosos como el tawara, la soga de arroz que delimitaba la circunferencia donde se realizaban los combates de sumo.Mauricio, sin embargo, no solo era responsable de que todo estuviera guardado, sino de coordinar que a su debido momento las cosas llegaran a los escenarios y de recogerlas cuando dejaran de ser utilizadas. Y además de eso, tenía a su cargo los uniformes de las delegaciones, los folletos informativos, los mapas de Cali, los carnets de la prensa, el líquido con el que se hidrataban los voluntarios, los trajes del Bichofué. Antes, Mauricio trabajaba en una operadora portuaria en Buenaventura y sus días eran distintos: en las noches veía televisión junto a su esposa, jugaba con sus niños, dormía como si no tuviera preocupaciones. Aceptar el trabajo de los Juegos cambió su vida. Pese a la revolución, él lo cuenta sonriente. Dice que estar detrás de todo lo que ha pasado en Cali es una de esas cosas que no se pueden pagar con dinero. En medio del agite de los últimos días, de la gente que corre de un lado a otro, de teléfonos que timbran con afán de sirenas de ambulancia, sus palabras suenan al slogan de una tarjeta de crédito que pondera el valor de los detalles intangibles: el olor del pasto recién cortado, el golpe de la lluvia en la ventana del cuarto, conservar el primer oso de peluche regalado por los papás. Mientras habla en su oficina, en la pantalla de su computador hay desplegado un cuadro de inventario lleno de casillas en rojo, amarillo, blanco. A tres días de acabarse los Juegos, su trabajo todavía está a mitad de camino; todo lo que aún hoy se ve por ahí, sobre las canchas, al fondo de las piscinas, tendrá que ser recogido, limpiado, embalado y vuelto a poner en las bodegas para ser enviado de vuelta. Mauricio lleva un mes sin poder ir a Buenaventura. Por estos días, su cielo ha sido el de un cuarto solitario donde sueña todos las noches con volver a ver televisión al lado de su mujer.Karen Perdomo es estudiante de sicología. Si las voces tuvieran textura, la suya sería de terciopelo. Al escucharla dan ganas de acostarse en un diván a contarle los problemas; en sicología, ella debe tener un futuro promisorio. Pero nada como resolviendo rompecabezas: si de eso existiera un campeonato, esta chica sería campeona mundial. Karen fue la encargada de coordinar los 2.700 voluntarios que durante los Juegos colaboraron en cosas tan elementales, pero a la vez tan definitivas, como recoger a las delegaciones de deportistas en el aeropuerto, guiarlos en la ciudad, servirles de traductores, ayudar en la acomodación del público en las graderías. En el día más calmado, Karen contestó cien correos electrónicos y atendió trescientas llamadas telefónicas. Conversar con ella, aún a las once de la noche, es como intentar charlar con la operadora de una empresa de taxis un 31 de diciembre.Karen dice que desde que era niña ha tenido vocación de servicio. Que no es algo que le hayan inculcado sus papás, sino una de esas cosas que se llevan dentro porque sí, como la inclinación por el color rojo o el gusto por el pastel de chocolate. Y por eso, explica, cuando se dio cuenta de que hubo una especie de pre-Juegos donde la organización empezó a buscar la gente que iba a necesitar, ella se ofreció como voluntaria. Su trabajo fue tan destacado que cuando necesitaron un coordinador para todos esos chicos, alguien que estudiara sus perfiles, les hiciera la prueba de inglés, definiera la manera en que mejor podía ayudar cada uno de ellos, su nombre estaba allí, brillando como medalla de oro. Estar a cargo de 2.700 personas que hace poco dejaron la adolescencia puede terminar enloqueciendo a cualquiera. Que Karen sea sicóloga tal vez no haya sido coincidencia. La chica cuenta, por ejemplo, que hubo días en que varios voluntarios no aparecieron: enfermedades, noviazgos rotos, calamidades domésticas; razones imposibles de conjurar. Karen, entonces, tenía que suplir las ausencias en cuestión de minutos, conseguir el transporte para que un chico atravesara la ciudad en menos de media hora, resolver problemas de traducción por teléfono. Su celular, como si fuera cotidianidad, podía reventar en timbres a las tres de la mañana. Karen es alta y rubia. Sus ojos son cafés y sus dientes, blanquísimos, parecen hechos para un comercial de enjuage bucal. En su cielo, sin embargo, no hay corazones flechados ni cupidos revoloteando. Karen no tiene novio. Por estos días, dice, allí no hay espacio para el amor.En el podio invisibleAlexandra Vidal fue una de las voluntarias estrella de los Juegos. De mamá caleña y papá chileno, Alexandra nació hace 16 años en Londres y solo hace tres años y medio que llegó a la ciudad. Con inglés perfecto, cuando fueron a su colegio en busca de chicos que pudieran servir de traductores para los deportistas ella, pensó, no se podía negar. Alexandra entonces fue asignada como la traductora oficial del equipo de hockey de los Estados Unidos que el pasado miércoles ganó la medalla de oro. Esa noche, cuando el equipo celebraba en la pista, mientras palos y guantes y cascos se elevaban en señal de victoria, los jugadores invitaron a la chica para que posara con ellos en las fotos que congelarían para siempre su felicidad. Alexandra es bajita, de pelo negro, trigueña. Nadie sin embargo en la tribuna cuestionó que estuviera allí. Nadie se preguntó quién era esa chica; junto a los entrenadores y jugadores estadounidenses, vistiendo una gorra del equipo y marcando la V de la victoria con su mano derecha, ella parecía una mas. Un día después de todo aquello ella dice que de alguna manera así se sintió, como una más. Que los cuatro días que estuvo con el equipo así la hicieron sentir. Con ellos pasó una tarde en Chipichape y en todos los partidos que disputaron estuvo sentada en el banco. Cada que hablaban, alguno de los jugadores le decía algo de Cali: mencionaban el cariño de la gente, el calor, le preguntaban por el sabor del lulo. Alexandra fue, también, una traductora de sabores. La chica ahora, acomodada en el lobby de un hotel donde espera una nueva asignación para servir como traductora de otros deportistas, tiene los ojos tristes. Alexandra dice que entre el equipo de hockey dejó amigos y que está segura pronto se empezarán a cruzar correos. No por nada, la bautizaron como su mascota caleña.No todos los campeones en la sombra tenían vínculos con esta ciudad. Andrea Trujillo, de 30 años es una paisa que brilló en la cabina de audio del Pascual Guerrero. Su historia viene de un despecho deportivo: jugadora de ultimate desde hace 11 años, hizo parte del proceso de preselección nacional para representar al país en estos Juegos; pero diez días antes de que dieran la lista definitiva, un esguince de tobillo borró su nombre del papel. Andrea sin embargo viajó con la delegación. El último día, cuando Colombia tenía que enfrentar a Canadá para disputar bronce, ella subió a la cabina para leer el nombre de los jugadores por los altoparlantes y en algún momento la voz de la jugadora experimentada traicionó a la locutora principiante: Andrea se convirtió en una suerte de porrista con micrófono que logró hacer cantar coros a todo el estadio para animar al equipo. Y en cierto punto, cuando alguien chifló una demora para reanudar el juego, habló para recordar que el ultimate es un deporte donde prevalece la concertación entre las partes, sin importar el tiempo que eso tarde. Aunque Colombia no ganó la medalla, Andrea dijo al final sentirse feliz por la reacción de la gente, los aplausos, el apoyo, el cariño. En su cielo, hoy limpio de platos voladores por culpa de la lesión de tobillo, tal vez ahora empiecen a aparecer más micrófonos. Andrea es comunicadora de la Universidad de Antioquia.A sus 47 años, Camilo Torres decidió vestirse como Bichofué solo con un pretexto: estar cerca de su hijo de crianza, Bryan Campiño, único vallecaucano que hizo parte de la selección Colombia de rugby. Camilo, entonces, soportó los pellizcos de los niños, las jaladas de cola, el calor de infierno que adentro del pájaro sentía, con tal de poder estar cerca de ese muchachito, sobrino de su esposa, que desde que era un niño a él le dice papá. Solo por eso Camilo aguantó que le pidieran una foto en cada esquina, caminar cubierto de peluche bajo ese sol que caía como llovizna de alfileres, bailar cada que se lo pedían así él se sintiera cerca del desmayo. Quería estar cerca de ese chico y conseguir lo de la boleta para que su familia al fin pudiera verlo jugar como un profesional.El viernes pasado, cuando su ‘hijo’ se iba a enfrentar a Sudáfrica a las 12:30, Camilo caminó hacia el estadio vestido como Bichofué. Salió a las 12:00 desde San Fernando, pero la gente, los niños, los turistas, convirtieron lo que sería un recorrido de 15 minutos en una procesión de una hora. Camilo se perdió el partido de Bryan. Pero su familia, gracias al trabajo de Bichofué, estuvo en la gradería. Bajo la máscara del pájaro sonriente, Camilo, seguro, imitaba el gesto. En su cielo, alguien estaba aplaudiendo su sudor, el del ese e otro campeón.

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