Denis Khmel, el ruso que recorre el mundo en bicicleta

Abril 22, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Daniela Jiménez Sánchez - Especial para El País
Denis Khmel, el ruso que recorre el mundo en bicicleta

Denis Khmel, deportista aficionado ruso.

Denis Khmel es un ruso de 32 años que dejó Moscú para viajar alrededor del mundo en Frankenstein, su bicicleta.

Llegó cinco minutos antes de lo acordado con una tranquilidad que transmitía en cada pedaleada, como si el trajín del esfuerzo físico de tantos viajes no hubiera hecho mella en él. Denis Khmel es un ruso de 32 años que dejó su vida en Moscú para dedicarse a vivir  la vida viajando, una decisión nada fácil, pero que cuenta con muchos fanáticos por estos días.    

Nació en Noyabrsk, una pequeña ciudad siberiana a tres horas de Moscú. Allí vivió con sus padres hasta los 18 años, cuando decidieron que debían mudarse a la capital rusa para acceder a mejores oportunidades laborales. En ese periodo logró trabajar como agente de finca raíz, fotógrafo de bodas y mensajero.

 Al siguiente año decidió viajar a dedo (también conocido como autostop) en Europa durante tres meses. Con tan solo 100 euros logró visitar Finlandia, Noruega, Suiza, Dinamarca y Francia, aun sin su bicicleta a bordo, pero con las sensaciones de un viajero a flor de piel, habitando en el asombro y el presente.    

En esa época tocaba la guitarra en las calles para recoger dinero, pero no era suficiente. En un momento de crisis económica acudió a la embajada de su país para solicitar ayuda, pero la respuesta de recurrir a sus padres aminoraría su grito de independencia momentáneo. Así que decidió jugársela a llegar a Rusia por sus propios medios. 

Fue en ese primer viaje cuando cultivó la primera semilla de su actual aventura. Donde nació el  viajero, se enamoró de la aventura de querer recorrer el mundo,  y la convirtió en su sueño más preciado. De ahí que, en su regreso a casa, no parara de pensar en las maneras en que conseguiría viajar nuevamente.

Regresó a casa y tomaba viajes ocasionales por determinado tiempo a países asiáticos, en los cuales abordaba buses, taxis y motos para su desplazamiento, de la manera convencional. 

En su radar de destinos por conocer aún figuraban los países latinoamericanos. Así que tomó un vuelo de 14 horas hasta México. En medio de las visitas habituales a lugares emblemáticos se encontró con un pequeño ciclista que había atravesado Canadá, Estados Unidos, México y se preparaba para continuar bajando por todo el continente. Pero no se trataba de un ciclista profesional, sino de alguien que había visto la bicicleta con otros ojos, con los ojos de quien ve este vehículo tanto como un  medio para transportarse como para vivir, pues de ella colgaban bolsas con todos los implementos necesarios para ello.  

Fascinado por la historia de aquel hombre, y así como quien pide revelar el secreto más sagrado, Denis quiso saber  la fórmula  para convencerse de que semejante locura funcionaba, mientras se disponía a escuchar y retener en su memoria cada uno de sus consejos.

Tiempo después se devolvió a Rusia, pero no precisamente para sentar cabeza, sino para establecer su plan de acción. Terminó por decidir alquilar su apartamento para mantener unos ingresos fijos que le brindaran cierto grado de estabilidad financiera en su travesía.

Dejó de lado toda clase de pensamientos y dudas que lo alejaran de su objetivo, aludiendo a que “es difícil salir de un desierto si se tienen los pies enterrados en la arena”. Con esta metáfora y sus pies ejemplificando el  movimiento, recordó  que   se propuso  emprender su camino como viajero profesional, lo cual, según él, implicaría  que ahora no se disponía a viajar, sino a que su vida transcurriera a través del viaje, una posición muy diferente a pasear de cuando en vez.

Recordando aquella revelación, en noviembre del 2014 construyó con diferentes partes de bicicletas usadas a la que se convertiría en su fiel acompañante y la bautizó como Frankenstein. Se trata de una bicicleta mediana, ligera y de  barra pelada, que permite alejar a los ladrones, hacer deporte, llevar todos los elementos de supervivencia e invocarle hoy a Denis las huellas del viaje titánico que realizan juntos.  

Antes de viajar nuevamente a México para darle inicio formal a su proyecto, Denis desbarató su bicicleta y guardó todas sus partes en su equipaje, la misma forma en que ha logrado llevarla de país en país cuando el paso por tierra no es posible.

A lo largo de su vida ya ha recorrido más de 30 países, y sostiene que lo mejor que le ha ocurrido fue encontrarse con esta  idea de la bicicleta, porque los buses, lejos de acoplarse a su personalidad, solo limitan su asombro y su capacidad de interactuar con el espacio público, mientras de la otra forma “se puede acceder a todos los detalles de los paisajes en tiempo real, se aprecia de forma diferente la arquitectura conforme vas avanzando y definitivamente nada pasa inadvertido porque puedes observar colores, percibir olores e imaginar  sabores”, dice este ruso sobre su andar en bicicleta.

Recorre aproximadamente 100 kilómetros por día, pero a un ritmo pausado, sin afanes, esperando el momento y ángulo perfectos para una fotografía.

Considera que todas las personas que deseen viajar como él pueden hacerlo, porque se ha encontrado a pares desde los 10 hasta los 65 años con propósitos similares. 

Ha atravesado México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y ahora se encuentra descubriendo “esta tierra hermosa y de gente amable”. Colombia es el país latinoamericano número 8 que visita, o  en horizontal también es el número infinito, dice él. Este último le resulta más adecuado, porque ha extendido su visita más de lo previsto y hasta ahora piensa que es la tierra ideal para los ciclistas, por su topografía y la unión de los “compadres ciclistas”.

En las fronteras de cada país latinoamericano, los oficiales le adviertan del peligro al que se expone, pero dice que también olvidan mencionarle las maravillas que sus ojos se perderían.

Con sus ojos azules puestos en el vacío, reconoce que no todo ha sido color rosa, porque realmente sí ha sentido su vida en riesgo. En una zona fronteriza ladrones asaltaron su carpa  llevándose todo su dinero y pertenencias. De ello dice que solo le quedó una cicatriz en su brazo, la comprensión del verdadero valor que tiene la vida y la nostalgia de ver su sueño doblegado por instantes. Pero se repuso, aceptando que el trayecto siempre será de sube y baja, mientras que aventurarse a nuevos caminos era la oportunidad que cada día se le presentaba en cuanto despertaba, y  aún había mucho por recorrer con Frankenstein.

Han sido pocas las ocasiones en las que se ha enfermado, y  ni siquiera superar el zika de hace unas semanas se ha convertido en su mayor desafío. Pero aprender español sí ha sido una ardua tarea y reconoce sus avances tímidamente, así que prefiere el inglés.    

Ahora, a 11.000 kilómetros de su casa natal, con un tatuaje  de las muñecas matrioshkas, que le recuerda su origen, sonríe con los atardeceres del Valle. Por el momento espera llegar hasta Argentina, luego adentrarse en América del Norte y desde Alaska tomar un bote hasta Rusia para ver a su mamá, a la que le agradece por darle la vida. 

Planea solo viajar con su bicicleta porque “cada pedaleo me hace sentir vivo y plenamente feliz”.

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